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Israel es el que más lamenta públicamente que se abandone a Mubarak. De igual forma, contra la corriente popular, han llamado a Mubarak para expresarle su solidaridad, Il cavaliere Berlusconi (presidente del Consejo de Ministros de Italia, por tercera vez), el rey Abdallah de la monarquía absoluta de Arabia Saudita, Muammar al-Gaddafi (que lleva 41 años gobernando Libia).


Aquí, Ortega, que se apunta a la reelección prohibida por la Constitución, tanto porque ésta no permite más de dos períodos de gobierno, como porque no permite la reelección continua (en dos períodos seguidos), en ocasión de celebrar el 85 cumpleaños del cardenal Obando, expresa un consejo a Estados Unidos sobre la crisis en Egipto, que vale la pena considerar en detalle, si tratamos de darle algún peso político a los discursos de Ortega.


En este caso, no puede venir en auxilio de Ortega una resolución de la Corte (como la que ha cubierto con un harapo de legalidad muy corto las violaciones a la Constitución), para revestir las contradicciones de la visión propia de Ortega, sobre acontecimientos políticos que actualmente sacuden a regímenes dictatoriales en el mundo árabe.

Dice Ortega:
-“Es terrible lo que está aconteciendo en Egipto, una zona altamente volátil, que ha estado bajo el control de Estados Unidos y de Europa, y con gobiernos que ellos han armado, que ellos han financiado”.


¿Qué es terrible para Ortega? ¿Qué causa ese temor intenso en Ortega?
¿Que el pueblo egipcio se insurreccione e intente sacudirse un gobierno armado, financiado y controlado por los Estados Unidos y Europa, y que se disponga a derribar una dictadura que se aferra al poder en Egipto por 30 años? Igualmente terrible ha de ser para el rey Abdallah y para el resto de gobernantes árabes lo que pasa en Egipto.


Para los trabajadores del mundo, en cambio, la movilización popular es una experiencia grandiosa, que corresponde a un auge libertario, de carácter revolucionario, en la medida que surge de una acción directa e independiente de los trabajadores. A diferencia de lo que expresa Ortega, distintas organizaciones obreras a lo largo del mundo manifiestan su solidaridad con las movilizaciones en Egipto. Es más, los gobiernos de Europa se ven obligados a presionar por la salida urgente de Mubarak, en parte, en respuesta a la solidaridad de los trabajadores de sus propios países con las movilizaciones del pueblo egipcio; en parte, porque desean evitar que la insurrección se radicalice y con mayor organización y claridad apunte a un cambio más allá de la caída del régimen de Mubarak, que termine por afectar sus inversiones e intereses en Egipto.


Ortega añade: “El gobierno egipcio ha recibido un financiamiento de más de 1.300 millones de dólares por año solamente para armamento, mientras la población vivía en la pobreza. Si en lugar de entregar esos 1.300 millones para armas en Egipto los hubieran dado para combatir la pobreza, y solamente 300 para armamento, seguramente no estaría la gente en estos momentos reclamando de la forma que está reclamando la caída del régimen de Hosni Mubarak”.


Como vemos, para Ortega no es necesario hacer una caracterización del régimen egipcio; ni comprender el carácter social progresivo de las luchas en su contra. Su mira se concentra, exclusivamente, en impedir o evitar las movilizaciones en contra del gobierno de Mubarak. Se presenta, en este sentido, como asesor norteamericano. No se requieren cambios políticos ni a lo interno ni a lo externo de Egipto (cambios que sólo pueden venir de la movilización “terrible” del pueblo egipcio), para Ortega lo que hace falta, únicamente, es repartir el financiamiento que hace Estados Unidos al gobierno de Mubarak. Trescientos millones para armamento, y mil millones para combatir la pobreza: con láminas de zinc, piñatas, juegos mecánicos, árboles de navidad, mochilas, etc. Y con seguridad la gente no reclamaría en la forma que está reclamando. El régimen de Mubarak –piensa Ortega- seguiría intacto.


Continúa Ortega: -“Ahora, Estados Unidos está queriendo resolver la crisis a control remoto. Los europeos están queriendo resolverla a control remoto. Y no se dan cuenta que esa crisis la van a resolver los pueblos”.


¿Qué quiso decir Ortega con una solución a control remoto? Cuando lo que ha hecho crisis en Egipto es, precisamente, el gobierno dictatorial que los norteamericanos han construido. Ese gobierno –en su esencia- es una parte íntima de la estrategia geopolítica de Estados Unidos, para el cual aún no tienen recambio.


¿Ortega ignora que Egipto es la base inicial en la ruta de suministro logístico a las tropas estadounidenses en Medio Oriente y en Asia (de la cual hacen parte más de 20 países)? ¿Desconoce que por la relevancia estratégica que guarda la logística en el ámbito militar, el ejército egipcio está abastecido, entrenado y dirigido con la mayor ayuda militar del mundo, por el mando del Comando Central de Estados Unidos, conocido como Centcom, bajo la jefatura del general del Ejército de Estados Unidos, David Petraeus? ¿No sabe que el control político que ejerce Margaret Scobey, embajadora de Estados Unidos en Egipto, está orientado directamente –no a control remoto- por el predominio estratégico militar que tiene el Centcom sobre el Departamento de Estado en cuanto a las decisiones que se toman en Egipto? ¿Y que el Jefe del Estado Mayor del ejército egipcio, general Sami Anan, simplemente, sigue instrucciones directas del Centcom? ¿Ignora que el general Suleimán ha sido designado por los Estados Unidos para negociar cambios puramente cosméticos al Estado policiaco militar en Egipto?


Ortega no se da cuenta de que la profundización de la lucha nacionalista del pueblo egipcio por su libertad le lleva a desmantelar las estructuras militares de Mubarak, y a enfrentarse contra los Estados Unidos, que las han diseñado en sus mínimos detalles, y que se disponen a preservarlas a cualquier costo.  


Al contrario de lo que piensa Ortega, la lucha en Egipto no es exclusivamente entre egipcios, sino que es de todas las fuerzas progresistas que, a nivel mundial, deben apoyar al pueblo egipcio contra el dominio estadounidense.   
Para concluir el tema, guiado por el temor subconsciente que aquí se expresen las mismas reivindicaciones que levantan los trabajadores en Egipto, Ortega hace un salto errático, y expresa:


“En Egipto no existe libertad de prensa, aquí (en Nicaragua) sí existe de forma absoluta, porque se trata de un compromiso, pues ya pasaron los momentos que obligaban a restringir a los medios de comunicación”.


¿La libertad de prensa es un compromiso? ¿Con quién? Si ya pasaron los momentos en que era necesario restringir la libertad de prensa, entonces, ésta no es un compromiso, sino, una política que depende de momentos. ¿De cuáles momentos? ¿De qué depende que los momentos de restricción pasen?


En todo caso, lo que Ortega lógicamente quiso decir es que Nicaragua y Egipto viven distintos momentos.
En lugar de hacer un análisis de clase de ambos regímenes, y de la expresión social de sus tendencias de desarrollo político, que es lo fundamental para demostrar que no hay similitudes de fondo entre su régimen y el de Mubarak, y que, entonces, las movilizaciones en Egipto contra un régimen corrupto y represivo, tampoco podrían presagiar una actuación similar de parte de la población nicaragüense, Ortega no alcanza a decir  más que ya pasaron los momentos en que era necesario restringir la libertad de prensa en Nicaragua.


Más seguro es que, como ahora en Egipto, aquí se luche también para que no sea posible que alguien, sin percatarse siquiera de la barbaridad que dice, crea que puede en ciertos momentos restringirle impunemente derechos al pueblo.