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Logramos sobrevivir a la noche y a nosotros mismos y  nos toca esperar el día, como quien entra a un bar para seleccionar un buen trago o un vaso de vino tinto. La tarea inmediata es  especular y obedecer ciegamente al vértigo del destino. Somos testigos de vos y de nadie, y a la vez, servidores de la causa polémica de los acontecimientos.


La noche (la película insensata) no quiere desprenderse de nuestros huesos, se ríe de nosotros. Se abruma de cómo oímos la vida. Nos señala que estamos frente al abismo. Nos arroja a los cuerpos de la apariencia.  


Y así, entre los preámbulos de querer aprender con los ojos, lo que ocurre a nuestro alrededor y contar la historia como un examen de afortunados y fracasados, el impulso del escepticismo nos conmueve (como un lenguaje sucio) y quizá, sin disponernos nos contaminamos de incomodidades y fantasías. Sólo creemos en nuestra propia ignorancia.


Entre los afanes protagónicos de ciertos personajes de la sociedad (los cínicos y los políticos que no quieren perder el control de su reputación ni el poder del cual se ufanan) están nuestros proyectos de vida: conviviendo entre la crisis de identidad de las profesiones vrs. la crisis de la sociedad. El cronista aporta que a este escenario  se integren los sufrimientos, los sueños y esperanzas, los miedos, el conformismo y el  desinterés, en no querer asumir el rol que a cada quien corresponde. Se impone el mantenerse en alerta y en constante acción, para no ser  rebasados por la inmovilidad (que como afirman  observadores  está ganando algunos adeptos)


En este breve recorrido en busca del día, rompen el piso más dudas que certezas. Más,  silencio que jolgorio. Más  miedo al qué dirán, más miedo a la nada. El miedo de quien nos rodea y amenaza. Nos entusiasma conocernos, pero algunos creen que, en las redes sociales pronto se aprende a ser indiferente, invitados en soledad y desconfiados ante los cambios, porque hace falta mucha información sobre salud, educación y agricultura, los temas básicos, que pueden ayudar a los pueblos más pobres en su desarrollo. En tanto,  el criterio suficiente para ser un buen ciudadano está en el compás de espera. La sociedad nos amenaza. Y en esto prevalece toda una suerte de conjeturas, existe como una orgía de saberes y desconocimientos. Algo así como un polígono sin puntería. El desconcierto por no pensar tranquilo. Todo se etiqueta y se vigila. ¿Sígueme y no sufrirás? Donde el tiempo pone todo en su sitio.


El día o el comienzo del nuevo día,  trae una inmensa escisión entre los que pretenden ocultar la palabra, y los que provocan todo tipo de alarmas que se convierten rápidamente en fechorías.   


Uno se pregunta cómo enderezar el día frente a la disyuntiva de los políticos, los intereses y el bolsillo. ¿Cómo terminar con el monopolio de estos negocios? Carlos Marx dijo: “En la historia como en la naturaleza, la podredumbre es el lado de la vida”.
El cronista señala que es común en  todos los países, que los jóvenes están enfrentados por  la carencia de modelos alternativos, y a esto se agrega una preocupación de orden social,  cultural y sicológica, ya que se afirma que sufrir es una forma de disidencia. Vale la pena preguntarse: ¿Quién o quiénes sustituyen las condiciones para que haya tristeza y alegría?
Intentamos salirnos  de nuestra realidad, pero asumimos inmediatamente toda una  parafernalia del miedo. Tenemos miedo de no poder amar, tenemos miedo a la amenaza de la sociedad. Tenemos miedo a ser viejos. Miedo a ser sustituido. Miedo al relevo. Miedo a no poder contener la tristeza. Miedo a ser utilizado. Miedo a todos los miedos que pudieran sobrevenir. Y  el peor de nuestro miedo, el miedo a nuestra mente. Nos convertimos, sin pensarlo, en la representación del miedo que no descansa. En el miedo que nos utiliza. Somos parte de los miedos que nos esclaviza.


El día no avanza. El día se cierra a la vida. Hoy, queremos ver más  televisión y no lo  que le pasa a nuestra vida. No queremos rectificar, ni analizar cómo anda nuestra brújula a prueba de errores.


Para esperar el día, necesitamos de tolerancia y paciencia. No podemos olvidar que hay divos de la política,  que nos quieren esclavizar a sus corrientes movedizas. Existen porque son impecables y conscientes de la existencia de la mentira y de sus muros cada vez más deshumanizantes.   


El día empieza tibio, porque hay detrás situaciones tibias y mucha indiferencia subordinada a placeres de tristeza y marginación. Es difícil reconocer entre este grupo cada más insistente (porque se lo permitimos) los sujetos entre la falsedad y la verdad. En  ellos, no hay gozo por la vida. También tienen miedo a la violencia.


Esta sociedad que amenaza busca el espectáculo para huir del compromiso y nos impone sufrir la prisa y el ruido. Quieren evitar que entre todos nos escuchemos. Quieren evitar el derecho a la diferencia. El cronista cree que esta democracia tiene un paso atrás y otro adelante o algo así tan desconcertante que no se sabe que es.