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La Alcaldía Municipal de Granada y los descendientes de Pedro J[oaquín] Cuadra Ch[amorro] (28 de agosto, 1887-22 de diciembre, 1955) organizaron un homenaje a este olvidado periodista e intelectual nicaragüense. En el bulevar de la Calle Real Jalteva fue develizado ayer su busto, en reconocimiento a su brillante labor y a sus virtudes de caballero cívico y tenaz defensor de sus creencias. Yo, como Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, participé en dicho acto, trazando su semblanza, ya que él había ingresado a la misma el 19 de julio de 1933.


Habría que comenzar diciendo que su proyección pública estuvo ligada a la tercera etapa de la primera publicación periódica de carácter diario en el país: El Diario Nicaragüense, fundado en Granada, julio de 1884, por Anselmo H. Rivas (1826-1904) y Rigoberto Cabezas (1860-1896). Interrumpido durante la autocracia del general J. Santos Zelaya, reapareció bajo la dirección de un hijo de don Anselmo y, a principios de los años veinte, estaba bajo la tutela de nuestro homenajeado.


En efecto, don Pedrito —como se le llamaba cariñosamente— se mantuvo al frente de ese diario de provincia, al cual infundió prestigio como editorialista de fuste y fama. Más de dos mil piezas conservan sus familiares, en concreto su nieto —el filósofo y heredero de su trayectoria ejemplar— Juan Bosco Cuadra García. Ya en el primer aniversario de su fallecimiento, en 1956, un diario capitalino sugería la elaboración de un libro compilatorio y antológico de esos editoriales; sin duda constituiría “una breve enciclopedia para la orientación de nuestras élites y de nuestro pueblo, pues este hombre sabio escribió sobre temas trascendentes y siempre actuales: ética, política, historia, economía, sociología, literatura, etcétera”.


Un coetáneo suyo, el liberal Juan Ramón Avilés —fundador y director del diario La Noticia desde 1915— admiró la cátedra de sus editoriales con estas palabras: “No era un orientador de masas, sino de minorías. Su criterio era de estadista y por lo regular elevaba los asuntos, para contemplarlos, en altura de gabinete. Por eso sus editoriales eran buscados por propios y adversarios. Él era conservador, pero su opinión rebasaba a su propio partido, y los liberales de ideas gustábamos de leerlos, porque casi siempre era franco y certero en la crítica constructiva; y, cuando así lo quería, su valor moral lo enfrentaba sin miedo ni jactancia al gobierno”. De ahí que su modesta “Imprenta de El Centro-Americano”, donde editaba El Diario Nicaragüense, fue destruida por los poderosos de turno en dos ocasiones: el 30 de mayo de 1936 (como lo refiere don Pedrito en su poema “Imprenta empastalada por la canalla”) y en 1944 debido a la impresión de un pequeño libro sobre la Guardia Nacional de Ildefonso Solórzano Ocón.


Asimismo, en su diaria y duradera tarea editorialista, se le advirtió un señorío: el de la humildad; característica que acrecentaba su dimensión de generador de opinión pública. Por algo había teorizado sobre la comunicación escrita o la misión del periodismo impreso. “El periódico —señaló— abarca en su seno las ocurrencias diarias de la vida. Debe abarcarlas todas o no es nada, lo que el hombre piensa y obra, no sólo en el terruño, sino en el mundo. El periódico, por naturaleza, es universal, y ha venido a ser la universidad en que adquiere el pueblo sus conocimientos sobre todas las cosas. No sólo debe informar sobre el acontecimiento pasajero, sino también sobre sus problemas fundamentales, su verdadera esencia. Por eso el periódico no debe ser informativo, noticioso, sino también orientador, cultural; debe mostrar, bajo la espuma, el vino sustancioso de la filosofía de las cosas. Todo debe caber en periódico. Debe ser alimento intelectual del pueblo, y por consiguiente, pan, incluyendo su significado griego: todo”.


Y continúa Cuadra Ch.: “El periódico habla de todo; para todos tiene algo de interés, para el hombre y la mujer, para el anciano y el niño, para el sabio y el ignorante, para el serio y el guasón. El periódico presenta, en su tendencia de abarcarlo todo, todas las formas del pensamiento literario, la descriptiva, la narrativa, la oratoria, la dramática, y aún, para acabar el cuadro, la mímica, con la historia caricaturesca con que suelen adornar sus páginas para divertimento de lectores”. Estos conceptos, casi durante cuarenta años procuró llevarlos a la práctica en El Diario Nicaragüense, cuyo último número correspondió al domingo 25 de diciembre de 1955.


Naturalmente, en este número fue registrada la apoteósica manifestación de duelo que se le tributó. Allí se lee: “Millares de personas rodearon al féretro acompañándolo hasta la última morada. Los oradores, con acierto y marcado sentimiento, reconocieron las virtudes del ilustre desaparecido”. El responso lo cantó en catedral el obispo Marco Antonio García y Suárez, secundado por los sacerdotes revestidos Manuel Ignacio Paguaga Núñez y Rafael A. Obregón. Seis oradores tomaron la palabra. Uno de ellos se refirió a don Pedrito como “el pensador que vivió lo que practicaba”. Otro destacó su catolicismo practicante y combatiente. “Comulgó durante sesenta años consecutivos sin perder un solo día y, con la bizarría del guerrero, rindió a sus pies cuanto no estuvo dentro del cauce de la fe de Cristo”. Agregó un tercero: “Tuvo la obsesión de la santa pobreza”. Y otro dijo que había muerto “con la pluma en la mano”, pues mientras muchos granadinos leían por la noche su último editorial, “él le entregaba a Dios su último suspiro”. Tenía Cuadra Ch., al morir, 68 años, 3 meses y 21 días de edad.


Pero la obra de Pedro J. Cuadra Ch. es desconocida, pese a la vigencia de no pocos de sus escritos. En uno de ellos afirmó esta verdad indiscutible: “La intranquilidad social, el desasosiego político impera en Nicaragua, cuando el despotismo personal, de familia o de partido, empieza a levantar sus tiendas. Reina la paz y el orden cuando todas las aspiraciones legítimas no encuentran más obstáculos que su propia impotencia en el desarrollo de sus posibilidades”. En la Nicaraguan National Bibliography (1986) se registran 27 títulos: colecciones de artículos polémicos, ensayos, discursos, monografías históricas, textos de economía política, poemarios e intentos de novela. Además dejó cuatro libros inéditos: Civilización y Cultura, Páginas literarias, Lecciones de literatura con aplicaciones a Nicaragua y “Bosquejo de filosofía de la historia en la Ciudad de Dios de San Agustín”, premiado con accesit en el Certamen del XV centenario del Padre de la iglesia, convocado por los padres agustinos en España el año de 1931.


De niño vivió en El Salvador y Guatemala, donde tuvieron que exiliarse sus padres: Pedro Rafael Cuadra —guía de su formación autodidacta— y Carmela Chamorro de Cuadra. Se inició en el periodismo en 1919. Para entonces ya era propietario de su tipografía “El Centro-Americano”. En 1925 se le nombró subsecretario de Instrucción Pública. En 1932 cuestionó los principios estéticos de los vanguardistas granadinos en el folleto Puntos de Literatura (Rappel al’ordre). Ese mismo año comenzó a editar una serie de folletos bajo el nombre de “Ediciones de El Diario Nicaragüense”. En 1939 colabora en la revista Centro y especialmente en sus Cuadernos de El Diario Nicaragüense, que dirige mientras éste se hallaba suspendido por orden presidencial. En 1941 su ensayo “Rubén Darío y la cultura nicaragüense” obtuvo mención honorífica en el certamen convocado ese año para celebrar el 25 aniversario de la muerte del poeta. También desarrolló el tema: “Rubén Darío, nexo espiritual del continente americano”, el cual figura en su libro Rubén Darío (1943).


Cuadra Ch. fue heredero, en la primera mitad del siglo XX, del editorialista Anselmo H. Rivas. Durante más de cinco décadas desarrolló un consistente y renovado pensamiento conservador. Sus convicciones en este último aspecto eran ortodoxas y llegó a profundizarlas tanto o más que un sacerdote. Inscritas en la línea pastoral de la acción católica, asimilaban a pensadores del siglo XIX como Juan Donoso Cortés, pero también se embebía en fuentes modernas como las de Jacques y Raissa Maritain, a quienes tradujo. Aficionado al estudio de las finanzas, fue acaso el primer autor nicaragüense de obras en esa materia, como lo revelan sus primeros títulos de los años diez: La conversión monetaria de Nicaragua (1914), El problema rentístico de Nicaragua (1916) y en los años cuarenta sus Lecciones de economía política, con aplicaciones a Nicaragua (1948).


Cabe citar también sus publicaciones de carácter ideológico: El liberalismo (1920), Ensayo sobre el socialismo y su remedio (1935), El comunismo imperante en México (1937), Economía política y social de León XIII (1938); y de contenido religioso: El Miserere (1939), La interpretación privada de la Biblia (1940), Charla con un joven aspirante a masón (1943), entre otras.


Como historiador, defendió las causas del conservatismo tradicional o genuino, aunque siempre rechazaría el caudillismo de Emiliano Chamorro. En esa dirección deben citarse sus mejores trabajos: La posición histórica de don Fruto Chamorro en Nicaragua (1938), La reincorporación de la Mosquitia (1944 y 1964), Motivos sobre el tratado Chamorro-Bryan (1950) y La nacionalidad centroamericana y la guerra del 63 (1950 y 1964). Sólo como narrador y versificador, pese a sus buenas intenciones y reiterados esfuerzos, no tuvo fortuna.


En el recordatorio que sus nietos publicaron en 2005, con motivo del cincuenta aniversario de su fallecimiento, se lee: “No fue doctor, pero si docto. Así, estudiando solo y con verdadero ahínco, llegó a ser uno de los más ilustrados hombres de Nicaragua y Centroamérica, pues además del castellano dominaba el latín, el italiano, el francés, el inglés y el portugués. Tenía un culto, un altar, su esposa y sus hijos, no escatimando darles una educación esmerada para formar una familia de raíces inconmovibles.”