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Es la primera vez, desde que tengo licencia y manejo en Nicaragua. Ocurrió en el portón del Hospital Militar, un miércoles a las doce de la noche. Unos policías me hicieron la señal de alto y me estacioné a un lado. No había cometido ninguna infracción y llevaba los papeles en regla. Uno de ellos los revisó varias veces. Después se volvió, consultó con los otros y se vino hacia el auto para devolverme los papeles con un gesto de que algo no iba bien.


Sin embargo, me tranquilizó, diciendo que era un control de rutina, que no pasaba nada y me devolvió la licencia. Entonces, el agente me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que era periodista, entre otras cosas. “Ah, periodista”, dijo. Y se quedó pensando un rato con la mano en la barbilla y la vista en el suelo. Yo sólo estaba esperando lo que aquel policía se inventaría para sacar una mordida. Sorprendentemente, me dijo:


-Vea, es que es muy tarde. ¿No tiene que nos regale para un café? Vea, somos tres nosotros.
Cuando miré a los otros dos se dieron la vuelta, como si estuvieran a lo suyo, controlando el tráfico. Por primera vez un policía me pedía dinero de manera directa, sin andarse por las ramas, o inventarse una infracción, sin jugar al “póngame la plata entre los papeles para que mi jefe no lo vea”.


Muchas veces me han multado por dar la famosa “vuelta abierta”. Imposible no darla en muchas calles de Managua donde uno se va en una zanja o un manjol en cuanto pestañea. A veces, se da para esquivar una pelota, o el niño que va siempre detrás, o uno de esos hoyos históricos y legendarios que ponen a prueba la memoria de cualquier conductor o con el despiste de otros como el mío. He discutido con los policías y mientras lo hacía, pasaban a nuestro lado motocicletas sobre las que iban tres tripulantes (hombre con casco, pero no ajustado, sino a modo de sombrero; niño o niña pequeña en medio, y mujer en la punta trasera del sillín, los dos últimos sin casco, es decir, una familia completa y suicida). Los policías ni siquiera los miraban. Y si uno señalaba el riesgo que corrían, empezaban a darme la razón, y a decir que la gente era muy inconsciente. Pero no crean que eso les inmutaba. Lo importante había sido mi vuelta abierta, porque “según el artículo tal y tal….”


Y llegados a este punto, lo confieso. A veces he caído. Qué quieren que les diga. Uno va con prisas, necesita la licencia, y piensa que en realidad la infracción no ha sido grave, y que el policía gana un salario de miseria, y que si te da la opción de que se arreglen allí mismo, ambos se hacen un favor y todo queda en paz. Corrupción es corrupción, sea grande o pequeña, y en esos momentos, ambos la hemos practicado. No hay excusas. Otras veces, también lo confieso, se han llevado la licencia sin ningún intento de mordida.


El caso de los tres policías del Hospital Militar es muy diferente. No suele ser común en  Nicaragua la sinceridad ni la franqueza en estos casos. El que estaba al mando de los tres se pudo haber inventado cualquier otra excusa, y sin embargo habló con franqueza de unos policías que no llegan ni a la quincena, y que a las doce de la noche les apetece un café. Y esa sincera petición, creo que es muchísimo mejor que lo que sucede otras veces cuando les llamás porque están “mal matando” a alguien, o porque te han robado las llantas y las venden en una esquina cerca de tu casa, y la policía te pregunta primero si vas a costear el combustible porque no andan suficiente para ir a socorrerte.


Estas pequeñas corruptelas que se dan en cada rotonda (aunque no todos los policías ni  todos los conductores las cometan) son tan cotidianas como esos policías tristes de las esquinas que cantara Manolo Cuadra. Por eso, si a esos niveles ocurre, y los policías te detienen aunque sólo sea para un cafecito, cómo nos podemos convencer de que a otros niveles, por ejemplo, en la lucha contra el narco, la corrupción no sea incomparablemente mayor.


Soy consciente de los esfuerzos en la Academia de Policía para la formación y el  cambio de algunos hábitos, pero también lo soy de la dureza de la calle, y de la vida de Nicaragua. Acepto haber participado en esa enorme escala corrupta que empieza en el momento en el que alguien juega pedir dinero a cambio de quitar una infracción dudosa y en el que alguien acepta el trato. Admiro y aprecio a quienes nunca han pagado y a los policías que nunca han pedido. Pero creo que el problema de raíz es mucho mayor.


No se trata tan sólo de una distribución de salarios probablemente injusta, sino también  del exceso de policías vigilando el tráfico en Managua, cuyos mayores problemas no evitan, mientras que en los barrios apenas se dejan ver.


Y por último, debe ser tremendamente fácil para el narco negociar su paso por  Nicaragua, ¿no les parece? Y esto no deshonra el esfuerzo de muchas autoridades policiales que se juegan la vida en esa lucha. Pero cómo podemos creer que esta policía enfrente los chantajes y las tentaciones del narco, cómo podemos creer en la supuesta firmeza del cuerpo, cuando esa misma policía detiene a los carros en cualquier lugar de Managua y les pide unos pesos para un café de medianoche.

franciscosancho@hotmail.com