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Al Séptimo Festival Internacional de la Poesía en Granada, Nicaragua, fue invitada la escritora Margarita Carrera (Ciudad de Guatemala, 1929), actualmente la más importante mujer de letras en Centroamérica. Profesora de lengua y literatura, desarrolló una profunda obra como poeta y ensayista: doce títulos, entre 1951 y 1998, se ha acreditado en el primer género; y catorce, de 1957 a 1999, en el segundo. Pero también es autora de un drama: El Circo (1975), de la biografía novelada En la mirilla del jaguar (2002) y de la novela Sumario del recuerdo (2006).


Primera mujer graduada en Letras de la Universidad de San Carlos de Guatemala y primera en incorporarse a la Academia de la Lengua de su país “de la que fue también su primera directora”, Margarita ejerció la docencia desde 1957 en su alma máter que le otorgó en el 2000 la Medalla Universitaria. Como periodista, obtuvo el premio Unicef a la comunicación en el mismo año y, por su total obra creadora, el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias” en 1996. Fue miembro del International Writing Program en la Universidad de Iowa, ha participado en varios congresos internacionales y ha recibido diplomas, condecoraciones y premios por su trayectoria intelectual y la calidad de su poesía. Esta merece un estudio aparte y sólo se halla esbozada dentro de la ficha que le corresponde en mi Diccionario de Escritores Centroamericanos (abril, 1997). Ahí se consignan los que habían aparecido hasta entonces. Luego publicó su Antología personal de ensayo, en donde presenta sus mejores páginas como pensadora que desvela los problemas del ser humano, íntima angustia, sentido de la existencia y agonía por sobrevivir.


Dos fuentes alimentan sus reflexiones trazadas con claridad expresiva virtud, decía Ortega y Gasset, que debe ser “la cortesía del filósofo”. Me refiero al vitalismo dionisíaco de Federico Nietzsche y al psicoanálisis de Sigmund Freud. Ambos fueron leídos a fondo y actualizados por Margarita. Cuatro libros suyos versan, por separado, sobre cada uno, y en otro los vincula: El mundo heleno a la luz de Nietzsche y del psicoanálisis (1995).


Dos títulos más valen la pena citarse. El primero es Ánthropos o la nueva filosofía (1982), finalista del XI Premio Anagrama de Ensayo en Barcelona; y el segundo Hacia un nuevo hermanismo (1996). En ellos Margarita orienta al hombre y a la mujer de hoy hacia rumbos menos alienados y con fe en el propio yo, enfatizando en el amor y la libertad. Impugna la misoginia y, por supuesto, el machismo. En busca del verdadero conocimiento, replantea la solidaridad y el respeto entre los humanos e invita a la meditación y a la tolerancia. Ninguna otra mujer centroamericana ha emprendido, como ella, similares tareas epistemológicas.


Una obra más merece destacarse: En la mirilla del Jaguar (Guatemala. Fondo de Cultura Económica, 2002), cuyo subtítulo es Biografía novelada de Monseñor Gerardi. Pero trasciende ese objetivo. Su ejemplar reportaje va, desde su primer párrafo, al grano: a denunciar el sistemático genocidio perpetrado a la población indígena de Guatemala durante las últimas décadas del siglo XX, el cual arrojó esta cifra escalofriante: ¡más de doscientos mil muertos, desaparecidos y torturados!


Aprovechando textualmente la documentación de los cuatro volúmenes del REMHI (Recuperación de la Memoria Histórica), investigación que dirigió con su autoridad moral Monseñor Juan Gerardi, Margarita sintetiza el proceso legal relacionado con el magnicidio del obispo-mártir el 26 de abril de 1980, su pasión evangélica y el entorno histórico de su lucha por los desposeídos que se debatían entre dos fuerzas implacables: la guerrilla y el ejército.


Desde su título, En la mirilla del Jaguar (felino que en Mesoamérica identifica al uniformado represivo) la sorprendente obra de Margarita atrae y se lee de un solo tirón. Yo lo hice en menos de una hora. Su interés no decae, ya que un fulgurante tono de veracidad lo sostiene. Tal vez carece de la perfección estilística de un Gabriel García Márquez, pero su estructura recuerda la novela corta de este: Crónica de una muerte anunciada. En la mirilla del Jaguar, su valiente autora dejó uno de los grandes testimonios ficcionalizados que ha producido la literatura centroamericana; un testimonio representativo y único de una de las tragedias más horrorosas y dolorosas del continente.


Al mismo tiempo, Margarita Carrera es la única autora del istmo que ha publicado un libro sobre el literato más lúcido de Sudamérica en el siglo XX: Ensayos sobre Borges (1999). Ya conocía algunos divulgados en diarios guatemaltecos desde los años ochenta. Pero ahora conforman un todo unitario: veinte lecturas relacionadas interpretan el vértigo y el asombro borgianos, su mundo filosófico a través de las realidades concretas que para el argentino universal significan los arquetipos platónicos y las prospecciones en grandes escritores como Dante y Quevedo. En efecto, Margarita relee La Divina Comedia desde la óptica de Borges y diserta sobre el severo terrorismo verbal del clásico español que representaba la Edad Media rediviva. Puntualiza afinidades entre Borges y Nietzsche, ambos “inmoralistas”, es decir: que no persiguen, en sus escrituras, fines moralizantes o didácticos. “Según él [Borges], la obra literaria “señala Margarita” no debe hacer concesión alguna a una doctrina, ni estar al servicio de creencias políticas, religiosas o de otra índole.”


Para la literatura guatemalteca, esta frase de Nietzsche podría atribuírsele al autor de “El Aleph” y de “Enma Zunz” (cuentos a los que aplica eficazmente el psicoanálisis freudiano): “Los griegos que sueñan con Homero, y Homero es un griego que sueña”. La idea borgiana de la existencia de un dios detrás de Dios que culmina en el cuento “Las ruinas circulares” y la coincidencia de una prosa de Giovanni Papini (1881-1956) con la idea estructural de ese mismo cuento. Señala la presencia del inconsciente en Borges y Freud y establece paralelos entre las ensayísticas de Borges y Octavio Paz. Entre otros, estos subtemas los desarrolla con espléndida mesura. Nuestra ensayista deslinda la felicidad, el gozo en la palabra paciana; el sufrimiento, la angustia en la palabra borgiana. “Uno nos atrae en su esplendorosa vitalidad —leemos—, la otra nos despierta al infierno (el laberinto) donde la risa y el amor han sido abolidos y en su lugar se agiganta la tragedia de todo destino humano, iluminado por una inteligencia casi diabólica.” Y Margarita “afirmando que, no obstante su grandeza y luminosidad, Paz es aventajado en estatura literaria por Borges”, continúa su interpretación: “Paz es la vida, que acepta sin mayores complicaciones la muerte como parte de ella. Borges es la muerte que se aparta de la vida que no la acepta, que se asusta de ella. Es la sombra de la renuncia de todo lo vital, el dolor infinito que se aferra a una lógica absurda y mortal, que nos abisma con su implacable matemática”.
Por eso el ensayo más personal e interesante de su colección es el titulado: “La mujer en los cuentos de Borges”. Para este, la mujer no toma parte alguna “puntualiza Margarita” ni en su vida (exceptuando su madre) ni en su obra. “Con todo, a través de la simbología que emplea (espejos, laberintos, ríos, tigres, espadas, rosas) notamos (a la luz del psicoanálisis) cuánta sexualidad desmedida, pero oculta, encierran sus escritos”. Ese ocultamiento funciona paralelamente a un despliegue de valores patriarcales: valentía, coraje, lealtad. Para exaltarlos, pone en juego la crueldad, la violencia, el pánico, la frustración y el desamparo. Todo ello lo conduce a una ética primitiva de índole machista, propia de los pueblos de un nivel cultural precario, más que de una ética europea, cristiana y humanista. En este sentido, Borges se aleja de su vasta sumisión a la cultura occidental.


En su referido ensayo, Margarita demuestra la incomprensión de la mujer en la narrativa de Borges. No solo este rechaza a la mujer, sino que la reduce a “cosa”, desconfía de ella y la desprecia. Sus personajes femeninos son borrosos, insignificantes o casuales “excepto Enma Zunz” y tratados como simples objetos o trofeos de guerra. (Recuérdese a la pelirroja de “El muerto”, la Lujanena de “El hombre de la esquina rosada” y a la Juliana en “La intrusa”). Tal vez Margarita no se enteró oportunamente que la actitud misógina de Borges estuvo marcada por la visita que hizo de adolescente a un burdel porteño, obligado y conducido por su padre: origen, acaso, de la autorrepresión sexual que, como es sabido, le caracterizó.


En fin, Margarita Carrera nunca dejó de amar a Borges. Oscuro y tendencioso “nos dice” se burlaba de su creencia idealista al transformar la metafísica en una rama de la literatura fantástica, la cual “de manera insólita” encerraría los símbolos o entes en sí, esto es, los arquetipos o ideas. Y su amor culminó en un encuentro personal con él, minutos antes de recibir el “Premio Cervantes” en abril de 1980. Ella se atrevió a darle la mano en un audaz saludo: “Usted es Homero” le dijo con voz balbuciente, sintiéndose ridícula e infinitamente pequeña. Borges sostuvo su mano entre las suyas con dulzura, mientras le preguntaba: “Y usted ¿quién es?


Para contestar esta pregunta habría que leer la obra creadora de Margarita Carrera, quien clama a la puerta del olvido, pero la abre con su llave maestra para extender sus alas sobre las cosas que le pertenecen: los gritos de la sangre y los trinos del alma, su fugitiva zozobra y saudades cristalinas, su inefable laberinto y flores de otoño, su hermandad soterrada y desgarrante deseo de Infinito. Margarita Carrera de Guatemala.