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¿No crees que estás exagerando? – le dijo al sentarme a su lado, mientras abro las páginas del periódico de par en par, como para no darle importancia al accidente. Mi amiga Luisa sigue llorando en el sofá, con las manos entre las rodillas y dándome la espalda. Se acaba de torcer el tobillo.


Mi amiga no lee estos artículos, así que puedo contar su accidente con un mínimo riesgo, aunque cambie su nombre y la llame “Luisa”. Por supuesto, no sabe que estoy escribiendo de ella. Y ella, cómo les diría: creo que es una de las personas más sensibles que conozco. Pero de verdad, no sólo porque lo sea su propia naturaleza, sino porque hace años hizo una opción: expresarse a punta de sensibilidad. Creyó en que es posible cambiarse por dentro atendiendo a lo que le dictan en gran parte los sentidos. Decidió quitarse corazas, descubrirse, no mentir, hasta el punto de que en entrevistas de trabajo ella empieza imponiendo sus condiciones, y no se sabe muy bien quién solicita y quién otorga el empleo.

 

Dice de sí misma que se considera algo así como “la última mohicana” de los hippies, porque ahora tiene cuarenta años y muchos de sus amigos y compañeros de aventura se han “aburguesado”, por decirlo en esa palabra que tan insultante parecía antes y que ahora ya no dice nada.  

 

Yo sigo con las páginas del periódico abiertas, les decía antes, de par en par, y llenas de noticias sobre la actualidad del mundo. Me pongo a cubierto de algo que no entiendo bien. ¿Qué hacer cuando una mujer de cuarenta años, que lleva a cuestas la naturaleza más expuesta, valiente, y extremadamente sensible que yo haya conocido, de pronto arruga los labios y acaba llorando como una niña a la que le han pegado en el patio del colegio? Le digo otra vez que exagera, se lo digo desde detrás del periódico, para no verla llorar. Sólo la escucho. No se puede llorar tanto por un tobillo, aunque le duela. Acababa de llover. La acera estaba muy húmeda, y se resbaló al subir un bordillo. Ahora, se le ha inflamado el pie entero. -¿Tanto te duele? Y contesta que sí, con la voz de niña de cuarenta años, como reclamándome, como si  hubiera sido yo quien le dio una patada en el patio. De mi amiga, ¿qué les diría? Ha probado todo. Se ha expresado mediante la música, con  una maravillosa voz, hasta en espectáculos de arte con luces y formas acuáticas. En todo lo que ha hecho, desde que tengo uso de razón, ha puesto la mayor pasión que existe: la de creer enteramente en lo que se está haciendo, aunque parezca que no sirva de nada. Ha compartido espacios en comunidad con personas que buscaban una forma de vida “alternativa”, como solía describirse antes a quienes no querían vivir bajo reglas competitivas o injustas. ¿Drogas? También. Dije que lo había probado todo. Y ahora está sola, ha escarbado en la soledad hasta su fondo, hasta el punto de tener miedo por no estar segura de si podría volver a la superficie y saber hablar con el resto de la gente.


¿Cómo les diría? Es difícil explicarlo si no se ha experimentado ese territorio.  Es de esas personas que se entrega con todo a la belleza de una idea, o a la de una intuición. No reserva ni una pizca de sí misma, por si tiene que volver a recogerse. Y eso sorprende a quienes somos un poco como esos amantes de Julio Cortázar que, “al amanecer se vestían y volvían a ser lo que no eran”.  Yo, a veces, tengo miedo de hablar con ella, porque el riesgo de darle un opinión o contarle una historia, significa que ella me crea completamente (y ya saben que a los que escribimos ficción y periodismo, o una de las dos cosas, no hay que creernos al cien por ciento). Tengo miedo porque se trata de un ser que se ha ido construyendo en base a una gran delicadeza. Y uno la piensa frágil. Hasta la voz se le ha vuelto débil, como si le pidiera permiso al viento. Sin embargo, dicen que no hay nada en el mundo más fuerte que la delicadeza.


-¿Por qué lloras tanto? Si te estás quietecita, no te dolerá tanto. Es sólo un tobillo –le digo como exigiéndole. Porque me parece que está exagerando. ¿Cómo les diría? Ella padece eso que llaman “dolor ajeno”. Se trata de una afección real, que les ocurre a quienes están con alguien que sufre y sufren el mismo dolor que ellos. No se trata de hipocondría, sino de un dolor muy hondo que les ocurre a personas con una sensibilidad exacerbada. Hace mucho tiempo, mi amiga trabajó en el área social, y tuvo que renunciar para no sufrir de esa especie de dolor ajeno que le embargaba tantas veces. Se lo prometo. Existen seres así. Ella es así.


Mi amiga necesita un trabajo ahora, y eso del tobillo, le atrasará un par de semanas. Lo necesita con cierta urgencia. Se pueden imaginar que nadie se hace rico siendo como ella.


-Bueno, tampoco es tan grave. Cuando te recuperes, puedes seguir enviando tu currículum - le digo yo, en busca nuevamente de mi periódico.
Ella no llora el dolor del tobillo. Me explica, con más calma, que no aguanta más, que quiere irse, lejos, cualquier sitio, lejos. Con el tobillo se ha torcido todo su mundo. Es tan difícil. Se ha vuelto todo tan complicado, lamenta.
-Eso se llama la “crisis de cumplir cuarenta años” – le digo otra vez, restándole  importancia.


Ella lo niega. Dice que se llama “no hallarse”, no ubicarse en ningún lugar conocido, no entender cómo debe ser tan arriesgado vivir en los sentidos, compartirlos, tratar de acercarse a la vida como ser humano. Ha probado experiencias radicales en todos los sentidos. Y también en el amor, en la compañía, en la amistad. En el amor, o la compañía, no parece haberle ido muy bien. Quizá se trate de eso, que no se puede vivir sin cubrirse, sin protegerse. Y que en la calle no están las cosas para que gente como ella venga a recordarnos que se puede haber tenido fracasos laborales, vocacionales y hasta amorosos, que se puede haber tocado fondo y llegar a esa edad (tan crítica en muchos sentidos) de los cuarenta, y aún así, no renunciar a una intuición que sólo se explica a través de la piel. Y se puede pagar el alto precio, como le ocurre a ella, de sentirse completamente sola, hasta llegar a faltarle un lenguaje que le vuelva a conectar con el mundo. Y que se puede volver a llorar como la niña que aún es.
-¿Sabías que cuando lloramos no es a causa de lo que perdemos, sino del miedo a lo  desconocido? Es un instinto. Lloramos desde chiquitos cuando nos cambian de sitio. Lo he leído por ahí, en alguna parte – le digo. Y me callo lo otro, la intención de animarla con un “la batalla aún no ha terminado todavía”. Pero me tapo con las páginas del periódico, para no verla, porque sigue llorando en postura fetal.   

franciscosancho@hotmail.com