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Me pregunto qué tanto se prioriza la filosofía en Nicaragua. Más puntualmente, en los colegios y las universidades nicaragüenses, donde se debería de pensar y debatir más, para sacar el país adelante. Tengo la impresión de que la filosofía no es muy tomada en cuenta, sobre todo por la recurrente y necia idea de que Nicaragua es un país donde no hay tiempo para pensar.


A pesar de ello, se nos considera un país de intelectuales, o por lo menos, de personas críticas. Pero me da la impresión cada vez más palpable, de que los que aquí piensan o se dedican a pensar o viven de sus pensamientos, son de verdad una minoría, pues solamente una minoría es la que tiene un acceso a educación de calidad donde también se imparte la filosofía como ciencia pilar para edificar al ser humano, como arte y como un recurso que, por medio de la retórica y el diálogo, alcanza la comprensión y el común acuerdo entre dos partes confrontadas.


Pero Nicaragua resalta por un oficio menos plausible, o mejor dicho, por un oficio que se ha venido ensuciando cada vez más por quienes lo ejercen diariamente: me refiero a la política (no era muy difícil de adivinar). Un oficio bastante despreciable, por lo demás, y muy poco efectivo para solucionar los problemas complejos de la población  que más lo necesita, cuando debería de ser todo lo contrario.


Sin embargo, por los altos niveles de corrupción que nos sitúan en el podio de la pobreza latinoamericana, como el segundo país más pobre del hemisferio, creo que aquí se podrían entregar cartones, diplomas y doctorados en corrupción, manoseo del erario y estrategias innovadoras para el desarrollo silencioso del robo electoral y el saqueo de los bolsillos de la ciudadanía. Todo un doctorado en mecanismos para promover el desempleo y la negligencia política, a punta de autodidactas que practican en sus cargos públicos, el ejercicio del cinismo y la mentira, con especialidad en banca y finanzas.


La política en Nicaragua se parece a la escena donde dos señoras de la tercera edad se sientan a platicar en las mecedoras que decoran sus patios coloniales, y desde allí chismean sobre las flatulencias de la vecina.


Y no es que la política, en sí, tenga la culpa, sino más bien la forma en que se ejerce la misma en Nicaragua, partiendo de los políticos mismos, cuyos orígenes datan de los Chorotegas y Nicaraguas, quienes luego se convirtieron en timbucos y calandracas, pasando más tarde a ser liberales contra conservadores y terminando por representar a sandinistas contra liberales. Aparente metamorfosis de un pueblo cuyos líderes siguen siendo los mismos arribistas: corruptos contra corruptos, a ver quien roba más.
En fin, basta con repasar los canales nacionales para darnos cuenta que lo único que hacen los dueños de medios es recetarle chismografía a sus audiencias. Poca cultura o ninguna. Mucha sangre, además. La sangre de las calles de Managua que circula en los accidentes diarios, porque las calles tienen más agujeros que líneas amarillas, y más delincuentes que vehículos.


Por eso siempre que veo una camionetona último modelo surcando los riachuelos de asfalto de la ciudad, me da la impresión de estar cerca de un político, y eso me espanta. Salga usted a la calle cualquier día de la semana, y se encontrará con el contraste apabullante de un vehículo chatarra del setenta y cinco, cundido de plátanos verdes que va para el Mercado Oriental, ante una camionetona que circula como un crucero en nuestras narices.


Claro está que en dichos automóviles no andaría un filósofo, mucho menos una persona que le tenga respeto al setenta por ciento de la población que vive con menos de un dólar al día. En efecto, la filosofía no tiene mucho que ver con camionetonas, pero sí es un oficio marginado en Nicaragua. Es un oficio que si se practicara, y se le diera el espacio de interés correspondiente, formaría personas dispuestas a edificar una mejor sociedad para no seguir viendo a los mismos funcionarios cuyas carrozas ruedan sobre sus rines de lujo para luego desembocar en alguna residencial recién construida, algún castillo medieval muy parecido al de los narcos o un feudo con perros bravos de esos que ladran más fuerte que los mismos políticos cuando intentan defenderse.


En la lucha por sobrevivir diariamente, a los jóvenes se nos priva de los conocimientos elementales para proponer alternativas que dirijan un cambio en el país, y tanto la filosofía como la matemática, la biología o la química, así como muchas otras ciencias universales y necesarias, se sacrifican en nombre de la política. En vez de eso está el Derecho, cuya violación a sus normas todavía no sale en las páginas de sucesos.

*grigsbyvergara@yahoo.com