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Una vez más sonaron las campanas de alarma. La introducción de un inciso sobre violencia mediática contra las mujeres, movilizó a diversos sectores nacionales e internacionales. La amplitud de su contenido y la reiteración de conductas tipificadas en el Código Penal, provocó reacciones de rechazo. Lo único que agregaba como nuevo el anteproyecto de Ley Integral Contra la Violencia hacia las Mujeres, presentado ante la Asamblea Nacional por la Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alba Luz Ramos, era considerar como ofensas las sátiras. Dos elementos gravitaron para solicitar el retiro inmediato del inciso de la discordia. El freno que imponía a las puyas y socarronerías de los caricaturistas y las suspicacias de tratarse de una maniobra del gobierno para introducir de manera subrepticia un artículo que legalizara meter sus narices en los medios escritos, a falta de una ley que lo autorice.


En distintos momentos, funcionarios de gobierno y otros poderes del Estado han desaprobado las caricaturas que aparecen en El Alacrán y El Azote. Los humoristas saben poner huraño al poder. Los caricaturizados se enfurruñan y muchas veces no saben reaccionar contra el aguijón que sangra sus costados. Las caricaturas resumen en pocos trazos las vicisitudes que provocan los gobernantes sobre la sociedad. En un solo cuadrito son capaces de sintetizar escenas y situaciones que demandan a un articulista varios párrafos. El humor siempre ha incomodado al poder y a los poderosos. Los políticos han sido históricamente centro de atención de los caricaturistas. En Nicaragua los mejores cultores de la caricatura han encontrado en la clase política su mejor blanco. Chilo Barahona, Toño López, Alberto Mora Olivares, Róger Sánchez, Carlos Sánchez, Manuel Guillén, Pedro Molina y Bismarck Rodríguez han convertido el accionar de la clase política en una vena inagotable.    


En mi memoria rechinaron los ecos de las repercusiones mundiales producidas por la publicación de una docena de caricaturas burlándose de Mahoma. El periódico danés Jyllands Posten fue acusado de sacrilegio. Los alegatos a favor y en contra del periódico, alcanzaron resonancia desde el último trimestre de 2005 hasta comienzos de 2006. Las condenas musulmanas incluyeron actos violentos y quemas de embajadas en Damasco y Líbano. En Pakistán la acción fue más enérgica, bloquearon Facebook. La publicación de las caricaturas en el parisino France Soir, provocó la defenestración de su director, Jacques Lefranc. El principal argumento esgrimido para publicarlas fue que se trataba de un tema vinculado con la libertad de expresión. Las polémicas recordaron las controversias religiosas entre cristianos y musulmanes. No hay que olvidar que el origen de la intolerancia en todas sus manifestaciones tiene raíces religiosas.


Las protestas musulmanas evidenciaron que no se ha podido crear el antídoto para curar los piquetes de los caricaturistas. Son azote y veneno para políticos. La caricatura fue el mejor invento del genio que descubrió su carácter corrosivo. Los caricaturistas son los abanderados de los desarrapados. Se burlan y hacen sorna de los poderosos; desprenden sus caretas y los exhiben como criaturas extrañas poseídas por un apetito irrefrenable. Nada permanece oculto a sus ojos. Se meten en sus aposentos para que conozcamos sus impudicias. Develan pactos y componendas. Cuando ya nadie creía que íbamos a conocer sus gestos más íntimos durante los repartos de poder bajo la mesa, Molina y Guillén se encargan de mostrar sus rostros sonrientes, frotándose las manos y la baba cayendo de su boca. La gula del poderoso provoca hambre entre la pobretería. Los pobres ríen complacidos, quienes esquilman las arcas públicas, son retratados de cuerpo entero en las caricaturas, tal como ellos los imaginan en sus pesadillas.    


Con una clase política, mayoritariamente prebendaria, los caricaturistas tienen un terreno fértil para dar rienda suelta a su creatividad. Sancionar a los caricaturistas por ridiculizar el comportamiento de quienes ejercen poder, equivaldría librarles un cheque en blanco a su favor. La sátira continuará irritando a los políticos hasta la consumación de los siglos. Yo nunca he visto a un caricaturista haciendo mofa de las mujeres pobres. Más bien ocupan un lugar privilegiado en cada una de sus creaciones. Basta pasar revista domingo a domingo sobre las páginas de El Alacrán, para darnos cuenta que Palomo, muestra en El 4º Reich, el gueto donde habitan sus criaturas. Casas de cartón sin agua, ni calles y sin energía eléctrica. Aserrín y Capirucho, en Vida Perra, sueñan comer un día, ¿cuándo será? un buen plato de comida. ¿Acaso esta no es la aspiración de más del 65% de la población nicaragüense que sobrevive con dos dólares al día?


¡Nadie puede castrar el sueño de los pobres! Eliminar la sátira porque constituye un llamado de atención y un reclamo permanente a los poderosos, recordando sus tropelías, encierra la pretensión de eliminar un arte subversivo. La sátira nada tiene que ver con la violencia institucional proveniente de los poderes establecidos. En Nicaragua no existen precedentes que señalen a un caricaturista o escritor satírico denostar contra las mujeres. Eso los pondría en mal predicado. Sería corromper el género. Mujeres y hombres son objeto de sus lances por razones sociales, económicas y políticas. La peor violencia mediática contra las mujeres la ejercen los noticieros televisivos no los caricaturistas. Ni Crónica, el noticiero de Canal 8, ni Acción 10, el noticiero de Canal 10, han querido atender los llamados para que rectifiquen su política informativa, atentatoria contra los derechos humanos elementales de las mujeres. Su sordera pareciera congénita.


La desaparición de Telediario 10 en Canal 10 hace seis años, fue para crear un noticiero amarillista, proclive a ensangrentar las pantallas. Eso explica la contratación de Mauricio Madrigal y José Abraham Sánchez, miembros de número del Noticiero Independiente que transmitía Canal 8. Para arrebatarle el primer lugar de audiencia, los dueños de Canal 10 consideraron que el primer paso consistía en atraer a su redil a dos caracterizados periodistas de la nota roja de Canal 8. En un movimiento desacertado Canal 2 cometió el infortunio de crear el Noticiero 22-22. Creyeron que este era el mejor atajo para competir con el Noticiero Independiente y Acción 10. Un error que no cometió María Lili Delgado. Expresó que ella no sabía hacer nota roja, un pecado del que queda liberada. La rectificación de Canal 2 expulsando de sus pantallas el Noticiero 22-22 le permitió volver por sus fueros.


Con el cambio de dueño de Canal 8 y la llegada de Juan Carlos Ortega, un joven comunicador con estudios especializados en televisión, auguré un cambio sustancial. El anuncio de la fundación de un nuevo noticiero generó expectativas. El nacimiento de Crónica sólo ha significado más de lo mismo. Su formato es una réplica de Acción 10. La competencia entre ambos noticieros consiste en ver quién brinda más hechos de sangre. Las mujeres ocupan un lugar central en su condición de víctimas de la violencia intrafamiliar. En un exceso hubo un momento que en la viñeta promocional aparecía una mujer recibiendo golpes en pleno rostro de parte de un sádico. En la televisión son doblemente victimizadas, por sus cónyuges, hermanos y padrastros y por ambos noticieros, al mostrar las tundas recibidas. Un registro brutal cuyo maltrato es expuesto al escarnio público.


Comparto la preocupación de la doctora Alba Luz Ramos. No puede ni debe seguir ejerciéndose violencia mediática contra el sector más desfavorecido de la sociedad nicaragüense. La nota roja es eminentemente discriminatoria. Las mujeres pobres son quienes aparecen en las pantallas de Crónica y Acción 10. La persecución del rating no debe ser la única norma que sirva de presupuesto a los canales televisivos. En su afán por obtener el primer lugar pierden de perspectiva valores humanos trascendentales. En vez propiciar la paz familiar, la nota roja atiza el fuego. Elimina el sentido de compasión y solidaridad. Las energías humanas y recursos financieros que comprometen en la competencia frenética por convertirse en el noticiero más visto, deberían ser recanalizadas en otra dirección. Un equipo de redactores noche a noche sale a cazar sus presas: asesinatos, riñas callejeras, accidentes de tránsito, ebrios escandalosos, delincuentes perseguidos por la policía; para luego servirlos en el desayuno como parte de la dieta diaria de los televidentes.


Los dos únicos noticieros que callaron en relación a las críticas contra el inciso g acerca de la violencia mediática, fueron Acción 10 y Crónica. Su contenido resume el conjunto de violaciones que cometen con la puesta en escena de la nota roja. Sus propuestas carecen  de las sutilezas de los caricaturistas. Constituyen un atropello contra la dignidad de las personas. Una violencia que concentra sus cámaras “en los padecimientos de la mujer asaltada y golpeada; de otra violada; de otra, prostituida y esclavizada”, como clama Roger Caillois en Dossier sobre la novela negra, (Barcelona, 1979). Nunca será igual, ni siquiera equiparable, la violencia mediática de la nota roja, con los juegos cáusticos de los caricaturistas, desencajándole el rostro a los poderosos. En sus propuestas no existe ningún afán por ofender a las mujeres. Vuelve a plantearse con urgencia la necesidad de la autorregulación. Las mujeres merecen un trato más digno y humano. ¿Se logrará esta vez romper su sordera?