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La gente piensa, y no siempre piensa mal, que la publicidad le interesa más al mal producto, pues es el que necesita ofrecer al público cualidades imaginarias. Esta percepción puede ser exagerada, pero no por eso deja de ser cierta.


Existe una diferencia esencial entre el aviso y la publicidad. El primero es necesario para la relación y la comunicación entre las instituciones y el público, por cuanto, a través suyo, se orienta sobre las características de los productos, los precios, los centros de distribución y en especial sobre los servicios públicos. La publicidad también anuncia, pero su función principal es interesar al público por los productos y excitarle a que los compre.  


De las características de la publicidad comercial se apropia la propaganda política. “Vende” cualidades y méritos personales de un candidato --de los cuales ni él mismo está enterado, porque no los tiene--, o él se las sugiere a sus propagandistas, según cómo quiera que lo vea el público elector. En nuestro país y durante los últimos cuatro años, el orteguismo con su propaganda, ha estado tejiendo una red pescadora de votos como nadie lo había practicado nadie. Y esto, aparte de que con su maquinaria electoral (el CSE), los votos no les son tan necesarios. Es difícil que el en futuro pueda alguien hacer algo parecido a la propaganda de Ortega, en cuanto a cantidad y costos.


En la exageración de cualidades imaginadas para Ortega, la profusión y la variedad de la propaganda, más sus incalculables costos económicos, tampoco hay precedentes, pero el contenido de la propaganda no es nada original. La mentira es tan vieja como la humanidad misma. Pero hay ciertas formas y consignas que sí, pueden ser originales del momento histórico, pero no significa que tengan que ser buenas y acordes con la realidad, tal es el falso y cínico pregón de que este gobierno es “cristiano, socialista y solidario”.


¿Gobierno ”cristiano”?  El gobierno orteguista debería aclarar qué clase de “cristianismo” es el suyo. Es necesario que lo haga, pues –aparte de que la Inquisición también lo fue—, en el mundo, y en Nicaragua, por supuesto, hay tantas iglesias y sectas “cristianas” como se le antoja a cada quien interesado en montar su propia empresa religiosa. Y lo “cristiano” en su gobierno es sólo una marca comercial; o “patente de Corso” para la delincuencia politica. Tampoco su “cristianismo” es del agrado de la iglesia católica ni de todas las otras iglesias, por lo tanto, no puede arrogarse el título sin caer en la usurpación. Sobre todo, es una flagrante violación constitucional.


Sólo queda pensar en que lo suyo es una empresa o secta “cristiana-política”, porque Ortega le define sus actividades, que no son  diferentes a sus actividades políticas partidarias ni tiene más fin que promover su reelección entre creyentes. Una estafa.  El único aval que ha conseguido es el del Cardenal Miguel Obando Bravo, lo suficientemente bien cuestionado porque no es una amistad “cristiana”, sino compromiso de origen delincuencial. Tampoco su lealtad hacia Ortega le confiere legitimidad a lo que dice y hace. No es aventurado decir que ese su “cristianismo”, le nace de la conciencia que tiene de su ilegitimidad.
¿”Socialista”?  La identidad socialista es heterogénea, de tal forma que Ortega –o la creadora de sus consignas—, debería aclarar cuál socialismo es el suyo. Necesario es hacerlo, porque si fuera el socialismo clásico de Marx, le falta socializar la propiedad de los medios fundamentales de producción. Y lo que aquí funciona es la propiedad privada, de la cual el señor Ortega, su familia y secuaces son fervientes practicantes, como los gobernantes de cualquier país donde opera el “capitalismo salvaje”.
Tampoco es ”socialismo real”, ni socialismo democrático o socialdemócrata, porque al Estado le han privatizado áreas fundamentales de la economía nacional, como la energía y las comunicaciones. Y el mismo Ortega, se hizo socio de la transnacional española Unión Fenosa o como se llame ahora, en vez de rescatarlas.  A sus víctimas, los consumidores populares, les ha puesto de tábano a sus CPC.


A menos que le llamen “socialismo” a los proyectos sociales que apenas tienen una parcial ejecución, casi siempre sólo entre sus partidarios. Pero aun cuando fueran tan amplios como lo pregonan, iguales y mejores proyectos sociales han conquistado los trabajadores en países con  gobiernos capitalistas. Y en cuanto a las libertades políticas y los derechos humanos, los orteguistas más bien se gastan cierto parecido al “nacional socialismo”.


¿”Solidario”?  La solidaridad tiene varias formas; de persona a persona, de pueblo a pueblo, y de gobierno a gobierno, entre otras. La solidaridad que practica Ortega es clara: la recibe de Venezuela, y cuyo destino y utilidad, cantidad y calidad, sólo él la conoce. Ni todos los del gobierno lo saben, mucho menos la ciudadanía, porque ni la asoma al Presupuesto General. La solidaridad suya hacia Venezuela, más bien hacia Chávez, es lírica; discursos en foros internacionales y declaraciones diplomáticas ocasionales.


Lo que falsamente los orteguistas llaman solidaridad, es hacia pocos sectores populares, y está limitada –aunque bien publicitada— a los programas sociales. Pero aun cuando fueran tan importantes y para todos, como dicen, no puede ser solidaridad, sino cumplimiento de obligaciones del gobierno con el pueblo. El gobierno no tiene derecho a evadir sus responsabilidades con el pueblo en materia de atención social, porque es administrador no benefactor, para eso se elige o se tolera, aunque no sea resultado de una elección limpia y mayoritaria. Y cuando las cumple, tampoco tiene derecho a decir a presentarla como solidaridad personal del gobernante.


A propósito de la descomunal propaganda electorera de Ortega –y más que descomunal, violatoria, dado que la Constitución le tiene prohibida la reelección—, es oportuno repetir una anécdota de un publicista sobre lo falaz que puede ser la publicidad política. Lo hago, porque, además de aleccionadora, quien la leyó la habrá olvidado y quien nunca la conoció, merece conocerla. Es la siguiente:


El publicista Jerry Della Femina afirmó que podía “escribir la mejor campaña política del mundo, pero que se abstiene porque no tiene confianza en el producto.”  Para demostrarlo, creó esta campaña:


“Primer comercial: un niño juega a la pelota contra una pared. Un niño rubio y hermoso. La voz en off dice: Este niño es amenazado por la gente. Sólo un hombre puede hacer algo contra esa amenaza. Sólo un hombre puede salvarnos a nosotros y a este niño de ese peligro terrible. Segundo comercial: una ciudad destruida por la guerra. La voz en off: sólo un hombre odia tanto a la guerra como para detenerla. Fue herido en la guerra y sabe lo terrible que puede ser.


“Una vez terminada la historia, Della Femina preguntó a su auditorio: ¿votarían ustedes por este hombre? Todos aprobaron. Bueno, no bajen sus manos hasta que les diga el nombre de mi candidato: Adolfo Hitler,”  


En nuestro país, al candidato más publicitado le está prohibido serlo. De modo que la pregunta de si votarían por él… no cabe.