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Si bien Darío nunca militó oficialmente en ningún partido político, ideológicamente, como hombre de su época, se identificó con el pensamiento liberal de fines del siglo antepasado, que por entonces encarnaba los ideales más progresistas.  En un artículo publicado bajo el título “Unión liberal” y firmado con el seudónimo “Tácito” en el “Diario de Centroamérica” (Guatemala, 11 de junio de 1891), Darío escribe: ...“Como liberal sincero propongo a mis correligionarios: que nuestro partido imite... a los partidos de los países adelantados en prácticas políticas”.  El mismo nos dice que nunca le interesó el activismo político.  Ciertamente, no fue un político, en el sentido criollo de la palabra, lo que no significa que menospreciara la política como preocupación ciudadana por el bien común.


Darío creció y se formó en una atmósfera dominada por el pensamiento liberal centroamericano, una de cuyas características era la vocación unionista, la pasión por reconstruir la gran patria centroamericana. El otro ingrediente, propio del liberalismo nicaragüense de entonces y que lo distinguía del liberalismo de los otros países del istmo, fue la relación ambivalente con el “Coloso del Norte”, los Estados Unidos, visto, a la vez, como modelo de democracia y progreso y como potencia invasora, entrometida en los asuntos internos de Nicaragua. Esta ambivalencia es visible también en la obra de Darío y de otros intelectuales nicaragüenses.


El liberalismo de Rubén, salvo en su etapa juvenil, nunca fue radical ni se contrapuso a sus creencias cristianas.  Darío logró conciliar su fe cristiana con su opción ideológica liberal, algo nada raro entre los intelectuales de su época.  Su liberalismo era la expresión de su fe en el progreso, la justicia, la libertad y la perfectibilidad del hombre.  La otra fuente que alimentó su pensamiento, y que indudablemente matizó su ideología política, fue su nunca desmentido cristianismo, que interpreta la fraternidad liberal como el amor a nuestros semejantes y como el más alto principio inspirador de la conducta humana y social, lo que llevó a Rubén a rechazar el liberalismo económico puro, que se rige por leyes ciegas, y a abrazar un humanismo, a la vez liberal y cristiano, sintetizado en su estupenda frase:  “La mejor conquista del hombre tiene que ser, Dios lo quiera, el hombre mismo”.


Rubén fue un convencido unionista.  Centroamérica fue siempre su Patria Grande y a ella dedicó poemas inspirados en un profundo sentimiento centroamericanista, sentimiento que se manifestó desde sus primeros versos juveniles y le acompañó a lo largo de su vida.  En 1889, al enunciar los propósitos del diario “La Unión”, que él dirigía, Rubén escribe:  “Venimos a ser trabajadores por el bien de la patria; venimos, de buena fe, a poner nuestras ideas al servicio de la gran causa nuestra, de la unidad de la América Central”.  Para Darío, los “separatistas” eran “una raza de Caínes”.


América y el destino de los pueblos hispanoamericanos fue otro de los temas claves de la poesía dariana, particularmente después de los “Cantos de Vida y Esperanza”, que dejó sin fundamentos la rotunda afirmación de José Enrique Rodó, en su estudio crítico sobre “Prosas Profanas”:  “No es el poeta de América”, sin advertir, como bien lo señala Torres Bodet, que “lo americano de Rubén Darío estaba precisamente en ese no querer admitir las cosas que le rodeaban, en esa inconformidad de lo conocido, en ese buscar perpetuo de escenarios distantes y voluptuosos...”  “A Darío le reprocharon, escribe Anderson Imbert que no era el poeta de América porque era afrancesado.  Pero ese afrancesamiento era precisamente, muy americano.  Unamuno fue el primero en observarlo”.


El porvenir de la América hispana fue un tema recurrente en la poesía dariana, desde “Primeras Notas - Epístolas y poemas” (1888), hasta en sus últimas composiciones, pasando por el “Canto a la Argentina” (1914). Darío asumió, con plena conciencia, su alta misión de poeta continental, vate por excelencia de las angustias y esperanzas de los pueblos hispanoamericanos.

 

América, con sus miserias y sus glorias, penetró profundamente en la mente y el corazón del poeta. Pero, además, Darío fue uno de los primeros intelectuales del continente en reconocer la riqueza del aporte indígena a nuestra cultura y fue persistente en el propósito de rescatar ese “otro lado” de nuestro ser. “Porque fue Darío, nos dice Pablo Antonio Cuadra, en su ensayo “Rubén Darío y la aventura literaria del mestizaje, “el primer valor que, en la corriente de nuestra literatura culta, no sólo señala lo indio como fuente de originalidad y de autenticidad literarias sino que proclama en sí mismo  -contra todos los complejos y prejuicios de su tiempo-  el orgullo de ser mestizo”.