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En ninguno de los sucesos actuales del mundo árabe se perfila ni por asomo la posibilidad de un cambio revolucionario, es decir la sustitución de un sistema por otro que sea socialmente más avanzado, en gran medida debido a la inexistencia de organizaciones políticas con la capacidad objetiva de lograrlo y del liderazgo con las condiciones para ello. Está bien que un pueblo se rebele contra un régimen entreguista, opresor y tiránico. Pero también hay que poner bajo sospecha cualquier cosa que cuente con el aparente beneplácito del imperialismo, que parece estarse deshaciendo de sus antiguos aliados dictatoriales en los países árabes al convertirse éstos en un estorbo para su objetivo de contar con el pretexto de la democratización occidentalizante en aras de su intervención en esa región del mundo y el saqueo de sus recursos energéticos.


A Estados Unidos poco le importa sustituir a un monigote por otro en Túnez y Egipto, si esto le da la posibilidad de sustituir también un régimen revolucionario por un gobierno servil en Libia o posiblemente también en Siria. Y todo se está haciendo por la red social facebook; es la contrafacebooklución, nueva variante de la estrategia global norteamericana: la redbelión lumpénica global teledirigida, cuya carne de cañón son lúmpenes exaltados, avanzadilla de la decadencia cultural y civilizatoria occidental. El truquito consiste en revueltas aparentemente angelicales contra regímenes despóticos y absolutistas al servicio de los intereses imperialistas (Túnez, Egipto, Marruecos, Bahrein, Yemen, quizás – y ojalá – Arabia Saudita) a cambio de que ocurra lo mismo con gobiernos hostiles a dichos intereses (Libia, Siria), pero sustituyéndolos a todos con gobiernos igual de subordinados a Estados Unidos que los derrocados en Túnez y Egipto.


Sacar a la calle a una buena parte de quienes adversan a un gobierno es cuestión de método y circunstancia; el método: la increíble facilidad de comunicación en el mundo electrónico de hoy; la circunstancia: una suma de inconformidades por la razón que sea en un momento dado, que casi siempre existe, con democracia o sin ella. Se trata de una circunstancia latente en espera de un método catalizador. Y una gran cantidad de gente en la calle le da legitimidad a cualquier cosa; incluso, si a alguien le sirviera de algo y se propusiera sacar a la calle a todos los ladrones, homicidas y violadores de cualquier país con más de diez millones de habitantes, tendría decenas de miles de personas garantizadas; pero eso evidentemente, no sería representativo de ningún pueblo del mundo.


Sin que se trate del caso de Egipto, por supuesto, el ejemplo anterior tiene que ver con un problema cuantitativo que sí es aplicable a dicho país, donde aún tomando como ciertas las informaciones que daban cuenta de un millón de personas en la plaza Tahrir, esto equivaldría aproximadamente apenas al 1.72% de la población votante en Egipto y al 1.2% de su población total. Si se toma como referencia la cifra según parece más realista de 300,000 personas reunidas en dicha plaza, esto equivaldría al 0.52% de la población votante y el 0.36% de la población total de ese país, cuya población es de 83 millones de habitantes y su población votante, de alrededor de 58,100.000. En cualquier caso, aunque es una minoría muy activa no se le puede necesariamente conferir una representatividad mínimamente aceptable de la voluntad de todo el pueblo egipcio; sin pretender con esto entrar a hacer valoraciones acerca de si las manifestaciones que allí ocurrieron fueron o no auténticamente populares. A fin de cuentas, todos los cambios políticos o sociales que se dan producto de la participación masiva del pueblo tienen la característica de que sus protagonistas siempre constituyen una minoría, pero muy activa. Aquí solamente se pretende alertar en el sentido de que la representatividad popular de acontecimientos de este tipo no es algo objetivamente verificable – como sí lo fueron las elecciones que en Argelia y en Gaza ganaron, en su momento, las fuerzas fundamentalistas islámicas y que sin embargo, fueron moralmente anuladas de forma abusiva y nada democrática por todo el mundo occidental que ahora aplaude lo que sucedió en Túnez y Egipto –, además de que en un país puede tratarse de una auténtica rebelión popular y en otro no, pudiendo ser en cambio, un experimento de manipulación dirigido desde afuera; tal como podría ser el caso de Libia, donde es muy difícil concebir que esto suceda en vista de que el modelo allí vigente es de democracia directa, y donde además el líder principal del país no tiene cargo alguno al cual renunciar como respuesta a las que se pretenden presentar mediáticamente como demandas populares.


En Libia la situación parece haberse salido de control en cierto modo por el nivel de respuesta del gobierno (no estando preparadas las fuerzas armadas y de seguridad para este tipo de situaciones, completamente inusuales en ese país debido a su régimen político, donde pueblo y gobierno han sido parte de una misma institucionalidad). Lo que allí se están dando no son manifestaciones, sino motines delincuenciales, saqueos, todo apuntando a la desestabilización.


A diferencia de Túnez y Egipto, en Libia no existe un régimen cuya actuación se subordine a intereses externos, y seguramente ese pueblo revolucionario (que institucionalmente es a la vez gobierno) resistirá hasta las últimas consecuencias, por alto que sea el costo político a pagar. Allí tiene pocas posibilidades el escenario de un derrocamiento del gobierno, y en el peor de los casos es más probable una guerra civil – siempre que la oposición cibernéticamente fabricada por el imperialismo sea provista por éste de la suficiente capacidad bélica – o como ya alertó Fidel Castro, una intervención armada de la OTAN (entiéndase de Estados Unidos). No puede descartarse, sin embargo, que las famosas ciber-“revoluciones” tengan como resultado una mayor cantidad de regímenes de derecha en la región islámica, incluyendo la sustitución de dictaduras militares pronorteamericanas por regímenes civiles y “democráticos” igualmente pronorteamericanos.


Por eso llama la atención que cierta izquierda tradicionalmente escéptica (ahora bien cibernética, por cierto, y no escasa de elementos “ultra”) que siempre ha desconfiado de toda revolución triunfante, ahora se ponga de pronto tan eufórica por el derrocamiento de los gobiernos de Túnez y Egipto que evidentemente no representa cambio social alguno, y clame por el derrocamiento de gobiernos revolucionarios como el de Gaddafi en Libia. Es más, aún aceptándosele en última instancia a esa “izquierda” la hipótesis peregrina de que los modelos venezolano, nicaragüense e incluso, ni siquiera el cubano sean revolucionarios o vayan hacia el socialismo; aún en ese caso extremo estaría fuera de toda discusión que por lo menos, estos modelos tienen más que ofrecer en términos de cambio social, que los regímenes resultantes de los sucesos en Túnez y Egipto; pero mientras esa izquierda de salón cibernético rechaza el modelo socialista cubano y el rumbo bolivariano, sudamericano y sandinista al socialismo, celebra los triunfos “revolucionarios” en los dos países mencionados.


A la par del deber revolucionario de la solidaridad con todo proceso revolucionario que se vea amenazado por cualquier peligro, es importante comenzar a extraer lecciones de la actual crisis libia, en el sentido de que el éxito inicial de la casi evidente maniobra imperialista contra el régimen popular y revolucionario en esta nación árabe constituye una muestra de que tan insuficiente es el partido en el poder político sin un poder ciudadano plenamente desarrollado y asumiendo su rol dentro del modelo de la democracia directa, como un poder ciudadano instaurado y experimentado sin que el proceso cuente con la conducción política que sólo puede ser ejercida eficazmente por una organización cuyo contenido de trabajo esté definido por ese importante rol. Este último, es posiblemente el caso de Libia, donde es de esperarse sin embargo que a pesar de todo, el pueblo sepa defender sus conquistas bajo la conducción de Muammar Gaddafi, único caso en la historia hasta ahora, de alguien que ha renunciado a todos sus cargos manteniendo su liderazgo político intacto. Los revolucionarios libios seguramente no se amilanarán ante la avalancha mediática y la guerra psicológica del imperialismo, y sabrán responder con la efectividad requerida al actual reto que se les ha planteado.