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En ningún momento de la historia del capitalismo como modo de producción ha existido un comercio internacional “libre”. La acumulación originaria de capital se dio merced a la vigencia de monopolios, traslado coercitivo de riquezas (incluyendo la mercancía esclavos), y explotación servil o esclava de fuerza de trabajo.


Cuando se consolidó el capitalismo e Inglaterra alcanzó el monopolio de la producción fabril en el mundo (comienzos del s. XIX), comenzó a divulgar la ideología del “libre comercio”. No sin antes haber protegido durante décadas su producción agrícola y haber destruido los telares de la India que le hacían competencia. Todos los países que avanzaron del capitalismo periférico o precapitalismo hacia el capitalismo desarrollado, lo hicieron porque rechazaron el “libre comercio” inglés y protegieron sus mercados internos (USA, Alemania, Japón, etc.). Los latinoamericanos (Nicaragua incluida) que aceptamos la ideología del “libre comercio” inglés nos quedamos en el subdesarrollo.


Como si no existiera memoria histórica, el neoliberalismo de finales del s. XX e inicios del s. XXI ha vuelto a promover, como una novedad, la vieja ideología del “libre comercio” internacional. En un mundo donde el comercio internacional funciona con reglas que son lo más opuesto a una efectiva libertad comercial.

Dominan las estructuras oligopólicas que manipulan los precios del mercado; los tres grandes centros del capitalismo (la llamada tríada: USA, la Unión Europea y Japón), protegen rigurosamente sus mercados mediante elevadas tarifas y fijación de cuotas, gigantescos subsidios a su producción y medidas no tarifarias (sanitarias, fitosanitarias y contra el “bioterrorismo”). Para superar las crecientes resistencias de los países periféricos en el seno de la OMC, Estados Unidos y la Unión Europea han diseñado e imponen esos instrumentos jurídicos que eufemísticamente llaman Tratados de Libre Comercio (TLC, nomenclatura gringa), o Acuerdos de Libre Comercio (ALC, nomenclatura europea), o Acuerdos de Asociación (AdA, en la nomenclatura europea un ingenio más avanzado que los ALC). Estos dispositivos jurídicos están concebidos para profundizar las asimetrías en el intercambio de mercancías, establecer condiciones para proteger inversiones depredadoras, apropiarse de recursos estratégicos, y someter a los Estados a tribunales internacionales que USA y la Unión Europea controlan. Por último, la Unión Europea con sus Acuerdos de Asociación (AdA) ha introducido un nuevo elemento que no estaba presente en los TLC ni en los ALC: el condicionamiento con criterios políticos de las relaciones de cooperación y de las relaciones comerciales.


A esta ideología del “libre comercio” se oponen los llamados países emergentes, el grupo CRIB (China, Rusia, India, Brasil); igualmente la enfrentan los países del MERCOSUR (además de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay); y también la impugnan de una manera más rigurosa los países del ALBA que postulan el concepto de comercio justo para sustituir el fraude ideológico del “libre comercio” internacional. La tesis del requerimiento de un comercio justo no es necesariamente una tesis anticapitalista. Joseph Stiglitz, quien defiende un capitalismo que no conduzca al Apocalipsis de la humanidad, explica de manera sencilla el concepto de comercio justo: un comercio que no esté gobernado por los oligopolios; que desmantele los fabulosos subsidios a la producción de USA, la Unión Europea y Japón; que deje de usar las medidas sanitarias, fitosanitarias y contra el “bioterrorismo”, como barreras no arancelarias; que elimine los capítulos de propiedad intelectual en todas las instancias de negociación comercial; que excluya las condiciones de protección para las inversiones depredadoras; que haga desaparecer el CIADI; que no condicione políticamente las relaciones comerciales y de cooperación.


Bayardo Arce es un representante típico de la neoburguesía “compradora”, a la que le importa un comino la construcción de un mercado interior en Nicaragua. En la actualidad, Bayardo junto con la jerarquía del MIFIC cohesionan la perspectiva neoliberal dentro del gobierno, en una entente ideológica con el COSEP, organismo de nuestro empresariado tradicional que nunca tuvo, no tiene ni tendrá un proyecto nacional de desarrollo, y cuyo pensamiento económico se reduce a la aceptación del recetario neoliberal. Bayardo, el MIFIC y el COSEP coinciden en una tesis que promueven con visos de sensatez: que debemos diversificar nuestros mercados y por ende firmar TLC, o ALC, o AdA, con todos los países, incluso con aquellos que han distanciado su política económica de la ideología del “libre comercio” (caso de China), o la confrontan esgrimiendo propuestas alternativas (caso de Venezuela). En otras palabras, este núcleo neoliberal quiere que imitemos a México, el país que más TLC, ALC y AdA ha firmado en el mundo. Conocemos el resultado de la diversificación neoliberal mexicana: un país de mediana industrialización que se convirtió en país maquilero y devastó su producción agrícola endógena. Y ha llevado su decadencia hasta terminar con una superestructura política de narcoEstado.


Una cosa que es sensata es la necesidad de un país como Nicaragua de diversificar selectivamente sus espacios para intercambiar mercancías y promover inversiones. Selectivamente significa, que estos espacios no profundicen nuestra ubicación periférica en el mercado global y, por el contrario, contribuyan a incrementar encadenamientos productivos internos que nos permitan la construcción de un mercado interior (la única forma de alcanzar el desarrollo). Otra cosa, que no es sensata sino expresión de una mentalidad ideologizada corta de alcances, es pensar que en el mundo actual sólo se puede comerciar y promover inversiones firmando esos instrumentos de dominación que son los TLC, ALC, o AdA. Ejemplos para ilustrar la cortedad de miras: a China que viene de la periferia y que durante 25 años ha mantenido las más altas tasas de crecimiento, nunca se le ocurrió firmar un TLC, ALC o AdA con Estados Unidos o la Unión Europea. Los países del MERCOSUR (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) se han negado a firmar un TLC con Estados Unidos, y un ALC o AdA con la Unión Europea. Venezuela se salió del Pacto Andino para no firmar ni un TLC con Estados Unidos ni un AdA con la Unión Europea. Ecuador y Bolivia rechazaron la firma de un TLC con Estados Unidos, y Bolivia se retiró definitivamente de las negociaciones de un AdA con la Unión Europea. Brasil y Argentina tienen a China como su primer socio comercial y no se les ha ocurrido la estupidez de firmar un TLC con China. Venezuela, Brasil y Ecuador están concertando importantes inversiones con China y no están dispuestos a firmar un TLC con este país.


En esta página, en artículos anteriores he señalado hacia donde nos está llevando la miopía neoliberal con su vocación orgiástica hacia los TLC, ALC y AdA. Se ensancha de manera gigantesca nuestra brecha comercial negativa con el mundo. Se desarticulan nuestros débiles encadenamientos productivos internos. Se incrementa el déficit fiscal impulsando el endeudamiento externo, sometiéndonos a la tutela del FMI y sus políticas para el crecimiento de la pobreza. Y sobre todo, se asfixian los efectos virtuosos de las políticas que se derivan de nuestra pertenencia al ALBA.


¿Qué puede hacer un país como Nicaragua para insertarse selectivamente en el mercado global? Muchas cosas. Y por falta de espacio, este abordaje sería el objeto de un próximo artículo. Pero la primera de todas esas cosas es: no firmar TLC, ALC, o AdA.