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Un nervioso silencio dominaba en el auditorio minutos antes de la conferencia de Muammar Al-Gaddafi el pasado miércoles 23 de febrero. La incertidumbre se reflejaba en los rostros de los asistentes. Todos ellos, leales colaboradores del líder libio que han jurado llegar hasta las últimas consecuencias con tal de defender al régimen. De un lado a otro corrían los periodistas de las agencias de noticia internacionales que buscaban la primicia.  Luego de varios minutos de tensa calma aparecieron los primeros hombres del numeroso séquito que acompaña a Gaddafi, y, cuando éste hizo su entrada en el recinto una ola de aplausos estalló y se convirtió luego en un mar de gritos acompañados de bravas gesticulaciones que buscaban levantar el ánimo del abatido líder que sabe que se está quedando sólo.


Con el trasfondo de la  importante resistencia civil que impulsa la oposición en contra del régimen que gobierna en Libia desde 1969 se empieza a vislumbrar el cambio inevitable que habrá de ocurrir este país y que es una consecuencia del movimiento que está redefiniendo la forma de hacer política en el Medio Oriente.
El fenómeno podría verse desde el punto de vista simplista y atribuir este levantamiento a una insurrección largamente gestada y provocada por un régimen totalitario. Aventurarse en esa dirección sería tan falso como considerar a Gaddafi como un paladín revolucionario.


Libia tiene una capital importancia en el esquema geopolítico mundial. Es un importante exportador de petróleo, entre otros factores que hacen que Estados Unidos y Europa vuelvan su mirada y su interés en esta nación del norte de África.
Lo que sucede en Libia no es para nada un tema de democracia ni mucho menos. Los intereses norteamericanos -que generalmente incluyen al petróleo-  en la zona están muy bien establecidos y la ruta de acción tiende a asegurar el cumplimiento de la estrategia diseñada por el Pentágono y, además, consultada con las contrapartes europeas.


Europa, por su parte, tiene en Libia una fuente de petróleo de altísima calidad y ello constituye, de hecho, un aspecto no menospreciable dentro de la política de seguridad energética de la eurozona.


Para Estados Unidos la crisis en Libia les va a afectar por partida doble al comprometer el aprovisionamiento de petróleo originario de este país y al aumentar la amenaza de que se consolide allí  un bastión pro terrorismo. Podría parecernos algo redundante la ya desgastada excusa del terrorismo islámico que de cuando en cuando esgrime el llamado Imperio Norteamericano para justificar acciones extraterritoriales, pero esta vez, lejos de una simple excusa, es una razón para abordar el problema libio con más energía y mayor interés del que han mostrado en los recientes casos de Egipto y Túnez.


Gaddafi no es en definitiva un héroe revolucionario. Ni siquiera un buen líder. Sin embargo, ha sabido navegar en las no pocas veces turbulentas aguas de la diplomacia de Medio Oriente. Remover a Gaddafi es, sin embargo, una empresa arriesgada y eso lo saben Europa y Estados Unidos.


Una caja de pandora pudiera abrirse y no está claro cómo podría llegar a manejarse esa  situación. ¿Estaría la OTAN en disposición de asegurar la estabilidad política mínima que requiere occidente para usufructuar los recursos petroleros libios sabiendo que se constituiría en una ocupación a largo plazo? ¿Se metería de lleno el ejército americano en una posible misión de ocupación para asegurar la paz, teniendo todavía abierto los expedientes de Irak y Afganistán?


Sea cual fuere el escenario militar que se plantee de cara a la crisis en Libia; ya sea por  el lado de Estados Unidos o de Europa, habrá un enorme costo. No sólo en términos financieros y humanos, sino  también un elevado costo político que habría que ver si lo asumirán  líderes como Barak Obama o Nicolás Sarcozy.
Al finalizar la conferencia Gaddafi salió  envalentonado y decidido a permanecer en el  poder. Sin embargo, en el fondo sabe que a pesar de la multitud delirante, se está quedando  solo.

*El autor es Especialista en Economía Gubernamental.