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Luego que Gaddafi terminara su exaltado discurso, el martes 22 de febrero, los oyentes libios tiraron zapatos contra su imagen en televisión. Es éste un signo de desprecio en el mundo árabe, que se hizo célebre en Bagdad, cuando el periodista Muntadar al-Zeidi lanzara dos zapatos a Bush.


Gaddafi, con turbante y túnica beduina verde, al dar su discurso en cadena de televisión, apareció en uno de los balcones del palacio Bad el Ezeia, bombardeado con misiles por los aviones de Reagan, en abril de 1986.


En su discurso del martes, Gaddafi dijo que tenía controlada la situación, y que morirá como un mártir. Indicó que quienes protestan están al servicio del demonio, son personas jóvenes, de 16 y 17 años que están bajo el efecto de la droga, y están manipulados por los agentes de los servicios secretos extranjeros y de Bin Laden. Instó a sus seguidores a luchar en las calles hasta que el alma del país sea liberada. “Quienes me aman –dijo- pueden hacer uso de las fuerza, de acuerdo con la Constitución de este país (el libro verde escrito por Gaddafi, que leía frente a las cámaras). Ustedes son una roca en la que se han estrellado las potencias extranjeras. Salgan, lleven a sus hijos y atrapen a esas ratas en sus madrigueras. Los que protestan merecen la pena de muerte, y en esta ocasión no habrá perdón aunque lo pidan sus familias y las autoridades pudieran proceder a su reeducación. Deben aplastar las protestas, limpiar el país casa por casa. Los manifestantes armados deben ser ejecutados. Hay que librar una guerra contra las ratas.


Continuó Gaddafi: “Soy un guerrero beduino que trajo la gloria a los libios. Estoy por encima de los jefes de Estado. Mi autoridad es sólo moral, soy  el líder de la revolución hasta el final y por todo esto no tengo ninguna responsabilidad, ni soy un presidente que derrocar. No soy un presidente, sino, un dirigente de la revolución. Si yo fuera presidente les tiraría mi dimisión a la cara, pero yo soy el líder de la revolución, cogeré mi fusil, permaneceré en Libia y derramaré hasta la última gota de mi sangre. Soy un revolucionario, soy un beduino. Moriré aquí como un mártir. ¿Querían hacer una revolución? Les mostraremos qué es una revolución popular: retomaremos el control sea como sea. Les mostraremos qué es una revolución”.


Y amenazó con repartir armas del enorme arsenal disponible, a sus seguidores leales. Gaddafi llamó a una operación limpieza, casa por casa, frente a las cámaras de televisión, mientras indirectamente confesaba que ha perdido el control, y que lo retomará sea como sea.


Su hijo, Saif el Islam el Gaddafi, asegura: “Esto va a ser peor que Yugoslavia e Irak, ya lo verán. El caos o nosotros. Ríos de sangre pueden correr por el país si no se detiene la sedición”. Explicó luego que los aviones de las fuerzas armadas han bombardeado depósitos de armas situados lejos de las zonas urbanas, y negó que hayan lanzado bombas sobre la población.


Por su parte, uno de los jefes de los Comités Revolucionarios, Fayez Bo Juwary, expresó la determinación asesina del régimen: “No somos como los tunecinos ni como los egipcios; no empleamos balas de goma, ni bombas lacrimógenas y cañones de agua; solo utilizamos balas reales”.


Si Gaddafi en lugar de jefe de un clan familiar, con miles de millones de dólares en cuentas extranjeras (en Dubai y en países del Golfo), con compras de palacios y con inversiones en empresas en Europa, fuese en verdad un líder moral, no podría ni perder, ni conquistar su influencia espiritual por medio de las armas. La guía moral es subjetiva, no puede compararse a un objetivo militar.
Si de verdad fuese el líder de una revolución, y no de una camarilla corrupta en el poder, lo que estaría a la base del conflicto no sería el poder dictatorial de un tirano, sino una transformación social en marcha. La lucha tendría carácter de clase, no de mercenarios y de seguidores leales que aman a Gadafi y que se arman contra el pueblo. El ejército no desertaría de la jerarquía militar, si no es que se le ordena disparar contra su pueblo. De ahí que Gaddafi, al margen de toda legalidad, se vea obligado a confiar su suerte a asesinos mercenarios.
En todo el mundo no hay quien no condene a Gadafi, en estas circunstancias concretas, como a un genocida. Salvo Daniel Ortega y, de forma vacilante y condicional, Hugo Chávez.


Cuba, por el contrario, ha expresado una posición consistente ante el Consejo de Derechos Humanos en las Naciones Unidas sobre la situación en Libia. Ha condenado la muerte de civiles inocentes, en lo cual, ha dicho, comparte la opinión mundial; y se opone, como es correcto, a cualquier intervención militar de la OTAN en Libia. Desde un punto de vista revolucionario, faltó que se pronunciara, de manera clara e inequívoca, por la ayuda urgente en armas y en hombres al pueblo que lucha contra un tirano.
De forma totalmente diversa, Carlos Robelo, embajador de Nicaragua en Ginebra, expresa –a nombre del gobierno de Ortega- su total solidaridad con el líder histórico de Libia, Mohamed Gadafi (!). Y acto seguido, incapaz de expresar una posición que se corresponda a la situación concreta, actual, de violación de derechos humanos en Libia, expresa consideraciones absurdas de tipo general. Señala que la violación a los derechos humanos de parte de otros países, justifica la masacre del pueblo libio a manos de Gaddafi. Y con una visión mercenaria, el embajador de Ortega argumenta que los países que han mantenido vínculos comerciales y financieros con Libia, estarían obligados a solidarizarse permanentemente con Gaddafi, cualquiera que sea su actitud represiva. Leamos esta intervención vergonzosa del representante de Ortega:
“-Nosotros no aceptamos la voz de condena de aquellos países que han sido cómplices de invasiones bárbaras basadas en falsos pretextos, cómplices de bombardeos masivos y de torturas en cárceles ilegales. No aceptamos la voz de condena de aquellos países que se han beneficiado económicamente de Libia, que han estrechado con sus autoridades intereses económicos, comerciales y financieros, países que han celebrado al presidente Gadafi recibiéndolo en sus casas con todos los honores y que hoy le dan las espalda acusándolo de tirano”.
Esta opinión es tan irresponsable como decir que a Somoza debieron apoyarlo durante la insurrección todos aquellos países que antes mantuvieron relaciones comerciales con  él.
En cambio, Chávez, en consejo de ministros, ha afirmado, ambiguamente al respecto: “Yo no puedo decir que apoyo, que estoy a favor o que aplaudo cualquier decisión que tome cualquier amigo mío en cualquier parte del mundo, no, uno está a distancia. Pero sí apoyamos al gobierno de Libia. En Libia se ha iniciado un proceso de guerra civil, compleja, difícil, seguramente pasarán los días y las semanas, y podremos saber a fondo la verdad”.


Chávez abre la posibilidad de separarse de Gaddafi; de condenarlo, incluso, si el panorama pone en evidencia que actúa como un genocida. Es una actitud, al fin de cuentas, mucho más razonable que la de Ortega. Que, políticamente, permanece sólo, a nivel mundial, junto a Gaddafi.


Esa identificación irracional de Ortega con un genocida es preocupante para el futuro de Nicaragua. Con mayor razón, si Ortega carece de partido político, como se puso en evidencia al darle el carácter de Congreso a una simple reunión de simpatizantes personales. Sin tesis programáticas que, desde una perspectiva teórica, principista, definiera las tareas de masas del partido.


Igualmente patético es el razonamiento infinitamente demagogo de Borge, que le lleva a justificar la violación a la Constitución porque la revolución es fuente de derecho. En este contexto, tal afirmación es una falacia lógica que contiene dos errores groseros en el mismo razonamiento.


En primer lugar, tal razonamiento echa por la borda toda la estructura jurídica existente (no sólo pedazos de ella), ya que una revolución consolida un nuevo tipo de Estado. Aquel que le permita a los grupos sociales, marginados por el orden anterior, adelantar directamente transformaciones económicas, sociales y jurídicas de carácter progresivo (es decir, que impulsen el desarrollo de las fuerzas productivas). Con lo cual, junto a la Constitución, el propio gobierno de Ortega y la legitimidad de su elección habrían caducado.


En segundo lugar, una revolución es un fenómeno político fácil de discernir, distinto a una patente de corso que cualquier grupo al margen de la ley podría invocar para darle legitimidad a sus tropelías. La revolución social es la expresión culminante de la lucha de clases, es un cambio decisivo en la correlación de fuerzas, cuya expresión más elemental es la disolución de los órganos represivos profesionales (el ejército y la policía nacional), y su sustitución por fuerzas de autodefensa con carácter social, sometidas políticamente a las clases sociales en el poder.


El irresponsable argumento de Borge es profundamente burocrático y reaccionario. Y nada tiene en común con el pensamiento leninista.