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Ante el abismal empobrecimiento de la práctica política que padecemos, donde las identidades ideológicas y éticas se diluyen en las aguas del negocio, de la avaricia, sin nada que ver con principios y menos aún con el servicio a quienes los eligieron.


Ante la generalización de la violencia en el país donde la vida como en Pénjamo, no vale nada.


Ante la participación creciente del narcotráfico en la vida política mediante el financiamiento de campañas, chantajes e infiltración de los grupos gobernantes, policías y ejército. La compra generalizada de jueces, que liberan presos y anulan sentencias sin que haya quien los castigue.


Ante el desencanto generalizado de la población, convertida en carne de urna que ya no sabe porqué o para que irá a votar, mangoneada a golpe de dadivas, laminas de zinc y ciertos entretenimientos. Poco pan y mucho circo. Ante las escuelas públicas convertidas en casas de campaña.


Desde aquí donde todo sirve para tirarlo a la basura y botar la basura es la única votación que tiene sentido.


Ante el pregonado desarrollismo económico oficial que con las mejores intenciones fondomonetarias le cumplen al pie de la letra. Bonanza macroeconómica y angustia creciente de la gente.


Ante las decenas de miles de todas las clases (media, baja e indefinida) que migran y padecen la ausencia del solar nativo. Ante los indígenas y campesinos que aún defienden sus tierras, y a los que ya dejaron de defenderlas.


Ante los jóvenes que viven una juventud sin posibilidad de empleo, digna solo de lástima para un sistema que ignora a las nuevas generaciones, que las ningunea empobreciendo su educación y las guatusea con el 50% de empoderamiento, cuando hay un solo Ali Baba verdadero y muchos 40 ladrones anexos que todo lo deciden.


Ante la clara percepción contagiosa de que estamos atrapados en la descomposición hasta los tuétanos y no hay que hacer olas. Ante la total inutilidad de una Contraloría apañadora que solo sirve para cobrar el sueldo.


Ante esta cadena de calamidades que nos abruma día y noche es que nos impacta el sorpresivo despertar de las poblaciones de Túnez y de Egipto en enero y febrero de este bendito año, que pica y se extiende. Los estudiantes, los trabajadores, los profesionistas, los desempleados, las madres de familia, le ponen fin a treinta años de miedo, inaugurados con el asesinato del traidor Sadat y la implantación en 1981 de un estado de excepción jamás levantado convertido en el modus operandi de un gobierno corrupto, autoritario y represor. Tiranos vinculados a Estados Unidos, Francia e Italia, que les perdonan todo con tal que los alimenten con petróleo.


Cuantas décadas le costó reaccionar a esos pueblos que al igual que el nuestro, no merecen los gobiernos que han padecido. Viven ahora la mayor revuelta regional que la historia recuerda. Las protestas recorren el mundo árabe, van de un país a otro y podrían cambiar seriamente los equilibrios del sistema imperial vigente que cuenta con aparatos bélicos, mediáticos, represivos descomunales, listo a impedir que los pueblos reaccionen a los despojos que sufren en campos y ciudades. El sistema y sus ramificaciones inhiben la conciencia, persiguen la inconformidad, la desprestigian, la quieren confundir con la ilegalidad que precisamente combaten las protestas ciudadanas en favor de la democracia real, la de la gente, no la de los cuentos de hadas y la demagogia política de los farsantes.