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Como todo un pueblerino, como me calificó la Primera Dama, tomé un taxi en la capital, con temor, siendo de Bluefields no es extraño.


Rótulos coloridos, frases victoriosas, iluminaciones deslumbrantes… Pero, qué dolor me causó un niño malabarista en medio de la calle.  Tres pelotas iban y venían a sus manos: Hambre, dolor, pobreza. Unos córdobas lastimeros son necesarios. Le parece Señor Miguel Obando y Bravo. Príncipe de la Iglesia.
Luces, flores, banderas, elegancia pomposa, es la cuna de la nueva burguesía.  La casa del pueblo presidente. Espectacular celebración de sus 85 años, cristianos, socialistas y solidarios. Buen espectáculo del canal oficialista y buen uso propagandista electoral. ¡Felicidades!


Ahí estaba la flor y nata de la nueva revolución, la de la Paz y Reconciliación y Usted resplandeciente, peculiar sonrisa, mirada beatificante, impecable vestidura, abrigado por curas curiosos, monjitas inocentes.  El Poder y la Cruz en hermosa “unidad”.


Pintoresca celebración, un Presidente cristianísimo, una Primera Dama religiosísima, ambos predicadores de la “histórica revolución, bendecida por su Excelencia”.


Renuncie, Señor Miguel Obando y Bravo, a sus 85 años me imagino que debe de tener una exquisita delicadeza cristiana, un olfato para las santificaciones de las almas y un peculiar abandono a los honores del mundo.


Pintoresco espectáculo, un Magistrado Presidente y representante del fraude electoral y otras cosillas de Procosa que Usted conoce perfectamente.  Ahí estaba el engaño y la corrupción, Diputados comprados, dirigentes electorales que preparan el nuevo fraude electoral, Magistrados que bendicen la reelección, que con sus conjueces pisotean la Constitución, Autoridades de la Corte Suprema de Justicia, distantes y ajenos a toda justicia.


Ilustrísimo y Reverendísimo Señor, Usted invoca a Dios, es testigo de los atropellos a la Patria, no puede seguir haciéndose de la vista gorda de todo cuanto le rodea y conoce a plenitud.  Ahí estaba la farsa religiosa, el juego hipócrita de una fe cristiana, monosílabo pre-electoral… en medio de todo ello estaba Usted.


Me duele la Patria, me duele el pueblo, me duele una Iglesia de los pobres, que desde su vestidura impecable, magia de la liturgia, les recuerda a ellos la imagen de un Dios.  Por aquello de Príncipe de la Iglesia… ¡Qué lejos del Santo y Mártir Monseñor Romero!


Cuando todo está perdido en Nicaragua, cuando la calidad humana no existe, cuando se juega a gusto y antojo la Constitución y se ha llegado al desprecio por el Gobierno, al manoseo religioso y a la pobre carencia de una oposición prevendría; es decir Señor Obando y Bravo, al desprecio de los principios éticos y morales, ya se está destruyendo la base y fundamento de las futura generación de Nicaragua.


Lo peor que nos puede suceder humanamente, es acostumbrarnos a no ver la cotidianidad desde lo profundamente humano y divino y Usted es Príncipe de la Iglesia.  El daño a Nicaragua ya está hecho, la sociedad ya está consumado, el daño a la moral y ética política ya está pisoteado.  Ya no nos queda más que el verbo, la palabra.


Por amor a Dios y a esa María de Nicaragua que tanto pregona, le ruego que ore ante San Romero de América, Nicaragua lo urge, lo pide y los cristianos lo reclamamos.  Renuncie con toda humildad se lo pido; desde el corazón de un hombre de vocación laical, se lo ruego.  Eche una mirada ante el Santísimo y recuerde esa majestuosa celebración de sus 85 años. ¿Algo tendrá que decirle?
Por el bien de todos y desde un Gobierno cristiano, socialista y solidario, donde Usted desempeña, según la nueva revolución, la Paz y la Reconciliación, y acompaña las almas del Señor Presidente y su Primera Dama, (no todo es válido para ganar unas elecciones), Por amor a Dios … renuncie.


De Usted, sin rencor, sin odio y desde mi compromiso cristiano, desde la fe laical que es compromiso de servicio, atentamente.


P.D. Por vergüenza ajena, por vergüenza de su iglesia, por vergüenza ante la nación, junto a su hijo espiritual, Roberto Rivas: renuncien los dos- Dios se lo agradecerá.