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Hace algún tiempo el autor de Expulsados de la Globalización escribió sobre un colega suyo esta idea, fácil de arrebatarle como excelente cuña del mismo palo: “Siempre he pensado que todo libro vale por lo que tiene de prolongación de la experiencia vital. Los libros no sustituyen a la vida. La prolongan y la profundizan”. En línea con el pensamiento de José Luis Rocha sobre obras trascendentes, puedo ahora invitarles a festejar su proyecto de defensa de derechos humanos, exaltación escrita y sellada por los senderos de una praxis consecuente.


Nada que ver, por ejemplo, con el arsenal de publicaciones enciclopédicas de otrora académicos devenidos magistrados que exhibiendo siniestras e invisibles togas en sus estrenadas comodidades hacen todo lo contrario de lo que alguna vez enseñaron en cátedras o estiradas ceremonias. He aquí la abismal diferencia entre el valor de la palabra encarnada en vida y el falso testimonio o travestismo cotidiano que reniega de lo que alguna vez pretendió ser letra y compromiso.
Opinar sobre un libro es cuchillo de múltiples filos; el más común y temerario ocasiona peligrosas incisiones cuando se opta por la fácil tentación de acariciar lisonjas y complicidades, hasta convertirse el propio comentarista en autor postizo que llega incluso a tomar por asalto el crédito ajeno. Pero no viene por ahí el asunto, se hará justicia al autor en la medida que haya sido fiel a los protagonistas esenciales de la obra.


La principal característica latente en Expulsados de la globalización es su naturaleza profética, ardorosa y valiente denuncia de un sistema que se transforma en multiplicación de vida desde el vientre de sueños desgarrados. Cuando Rocha explica con lujo de filigranas el paso a paso de las políticas migratorias bañadas en sangre, deja escapar con todo el desparpajo del mundo una incendiaria declaración sobre las razones de su iniciativa. A confesión de parte, no interesan pruebas: “Lo hago para provocar horror en las conciencias tranquilas que desconocen estas prácticas degradantes, para estremecimiento de quienes las observan con indiferencia, para escarnio de quienes las diseñan y aplican, y para reivindicación de quienes las sufren”. Este Rocha de una sola pieza sólo me recuerda a Octavio Paz, rebelde e impetuoso, reclamando en su Itinerario cómo “las almas y los cuerpos, los libros y las ideas, los cuadros y las canciones se han convertido en mercancías”. Porque sólo aborreciendo y confinando el “chato conformismo” saldremos a flote honrando causas bajo la sombra del poder de la palabra.


Pero el profeta camina y se guarece en todo momento bajo el blindaje y los aleros de la verdad. Es aquí donde saltan a la palestra vocación y profundidad, segunda gran característica de nuestra obra, porque las conclusiones celosamente entretejidas por Rocha no son amigas de subjetivas percepciones cuanto de la articulación perfecta de teoría y práctica. Entonces, ¿por qué tenerle miedo en situaciones como ésta a la palabra perfección?


Trescientas trece páginas descargan brotes silenciosos de dolores y esperanzas, misericordia y compasión, que José Luis vino rescatando e interpretando a lo largo de por lo menos quince años de obsesivo apostolado; pacientes y abnegadas constataciones empíricas in situ que hacen brillar en sus justas dimensiones a los hijos de la libertad cuyos nombres de pila sufren millones de veces el bautismo de ignominia y xenofobia: deportados, vagabundos, ilegales, expulsados, desechos, indocumentados, bárbaros. Total, ¡parias en la tierra de promisión! Es aquí donde el filósofo, sociólogo y frenético investigador, transfigura abstracciones y teorías para revestirlas con la información actualizada y el dato responsable, certero e inobjetable, siempre “desde una óptica emancipadora” como lo anuncia en cada una de las páginas de su criatura. El tiempo apremia, cada dos horas –el mismo lapso que podría demandar la lectura de esta obra– treinta y tres hermanos centroamericanos son deportados de México y Estados Unidos como autores materiales del delito de añorar trabajo y dignidad “en la tierra donde no nacieron”.


Por obra y gracia de nuestro autor se estremecen pedestales de los padres de una genealogía que exudando discriminaciones desnuda los fantasmas de James Monroe, Thomas Jefferson, Andrew Jackson y de un Abraham Lincoln que en 1862 nombró a Centroamérica vertedero de indeseables afroamericanos. Tampoco se hacen esperar en esta galería Benjamín Franklin y “el Destructor de Poblaciones” –como apodaban los indígenas a George Washington según recuerda el célebre Noam Chomsky, soldado de la paz y ángel de inmigrantes–.


Para cerrar el trébol de ases mencionaré una estrella dorada, salto mortal de José Luis Rocha. Es la condición propositiva que desde múltiples aristas y disciplinas la obra se cuida de preservar y promover mediante opciones de estrategias institucionales y políticas públicas, marcos jurídicos regionales, tratados internacionales y alianzas con organismos no gubernamentales, entre otros. No hay denuncia sin edificaciones porque tampoco hay luchas que a punta de quejas movilicen conciencias y sombríos horizontes. ¡A enfundar la crítica con soluciones!, martilla la consigna. Porque si el malévolo sheriff Joe Arpaio sueña en Arizona con su condado de Maricopa elegido Capital del Averno, y si otros ilusos de igual estirpe sostienen que el muro de Cisjordania y el de Estados Unidos contra México –o el calvario saharaui– purifican sociedades, nuestras propuestas están llamadas a adquirir mayor sentido y las banderas por los migrantes auténtica razón de ser.


Tres pinceladas conclusivas. Una, el acertijo. En las diez últimas páginas del libro descubran la joya de la corona, la consagración de autor y obra, créanme que no estoy abusando de la adjetivación; me refiero a un decálogo de la desobediencia civil que redime a los perseguidos. (Allá ustedes si le ponen atención a esta receta para cocinarla en el terruño). Dos, el regaño. Me asalta un punto de abierta contradicción con el autor que prefiero someter al veredicto popular: dice José Luis que para escribir su libro –tercero sobre el tema, sin mencionar por ahora galardones conquistados a pulso– sencillamente actuó como un simple observador.


Falso. ¿Quién duda que el hombre abrió llagas y derribó puertas para sumergirse entero por las venas e intersticios del cuerpo y del espíritu? Muy a pesar suyo tendrá que aceptar la condición de experto en sueños y promotor de vida que los frutos de su trayectoria le han conferido.


Tres: el consejo. Un par de libros han excitado mis pasiones en los últimos tiempos al extremo que recomiendo a mis alumnos hacerse de ellos, incluso arriesgando incurrir en hurto si el presupuesto no resuelve la emergencia. Hace dos años el primero fue Sacerdote en la Revolución, de Fernando Cardenal. Recuerdo atónito al patriarca de juventudes espiando de soslayo el rostro de la rectora Mayra Luz Pérez, también presente en cierta reunión donde yo lanzaba útiles consejos de asociación para delinquir en materia bibliográfica; y el segundo, Expulsados de la globalización que en alegre comunión nos ha convocado a la mesa del amor al prójimo. (Quien no interprete mi inocente consejillo como una simple metáfora, quédese tranquilo, obedézcame sin miedo y aprópiese ya del libro… a duras penas cometerá delito mundano pero jamás pecado del alma).


Finalmente, el epígrafe más elocuente de un libro que hasta hoy he leído, remata su contraportada en la sentencia de un profesor universitario de California: “La Estatua de la Libertad está llorando: este genial libro explica por qué”. Permítanme agregarle algo de utopía a esa chispa: ¡Porque el diluvio que hoy empapa y golpea a los migrantes no es eterno, sólo consiste en la metástasis de una lágrima!