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El apoyo moral que brindara EU a los levantamientos sociales en Túnez y Egipto ha desvelado interrogantes como: ¿Por qué EU no intentó evitar la deposición de sus aliados estratégicos en dichos países? La respuesta es una cuidadosa valoración de costo político y sentido común. A pesar de que EU había sostenido alianzas estables por varios años con los regímenes de Zine El Abidine Ben Alí y Hosni Mubarak, las sostenidas violaciones a los Derechos Humanos, la falta de apertura política y la corrupción de las autoridades a todos los todos niveles fueron siempre temas pendientes que minaban la credibilidad global de EU.

Entonces, ¿Por qué EU no presionaba abiertamente estos regímenes para tratar los asuntos antes mencionados? Una vez más la exquisitez del sentido común con conocimiento de causa arroja luz sobre una generalización de la política exterior estadounidense, y es que es preferible establecer una relación estratégica pragmática con un régimen autoritario presto a los intereses occidentales que un régimen más o menos democrático que rechace los mismos.

Siendo esto así, ¿por qué EU apoyó a los protestantes en la consecución de su causa? La respuesta a esta pregunta requiere un poco más de ampliación y detenimiento. No era ajeno al conocimiento de la Administración Obama que al menos en Túnez –inicialmente- existían condiciones de volatilidad social que podían escalar hasta desembocar en los resultados conocidos por todos, por lo que apegarse a una posición de contingencia fue lo deseable tanto en Túnez, como en Egipto y Libia.

Esto nos lleva a otra generalización sobre la política exterior de EU, siendo que  existen  condiciones inminentes para la caída de un régimen a través de la revuelta social, el costo político de tratar de conservar el statu quo es demasiado elevado –lección aprendida durante la caída del último Sha de Irán, Mohammad Reza Pahlevi-. Por lo tanto, para mejorar su credibilidad internacional EU se coloca del lado ganador de la Historia; primero, apoyando las reformas exigidas por los manifestantes, y posteriormente pidiendo la dimisión tanto de Ben Alí como de Mubarak.

En este punto se logra la consecución de dos objetivos altamente deseables para EU, como son la supresión de dos regímenes autoritarios y el mejoramiento de su prestigio global a través de la promoción de reformas democráticas.

El caso de las protestas masivas en Libia, dicha situación adquiere una dimensión  significativamente más compleja que en los casos antes mencionados. Inicialmente, las posiciones de EUA y la UE al unísono fueron de un aletargado rechazo a la creciente violencia -podemos afirmar en este caso que la razón de ello fue la presencia de ciudadanos estadounidenses y europeos en Libia que podían quedar a merced de posibles represalias de las autoridades, así como la valoración profunda de las repercusiones que la situación de inestabilidad podían ejercer sobre los precios internacionales del petróleo y la posible interrupción del abastecimiento de crudo a Europa (aproximadamente 1.5 millones de barriles por día).

Aprovechando el impulso e intensificación de las protestas desde Benghazi hasta el resto del país, EU y la UE decidieron escalar su posición crítica ante la presunta utilización de las fuerzas armadas contra la población civil por parte del Coronel Gadafi.

Posteriormente, a esta posición se suman sanciones tanto de EU y la UE, así como de Rusia y el Consejo de Seguridad de la ONU.

Observemos ahora el reposicionamiento de la sexta flota estadounidense hacia el Mar Mediterráneo atravesando el Canal de Suez, cerca de la costa libia. A pesar que el Departamento de Estado de EU y la OTAN declararon que “ninguna opción esta fuera de la mesa”, considero que las probabilidades de una intervención militar en Libia son limitadas. Tomando en cuenta que la OTAN asegura tomaría acciones solamente si así lo recomienda el CS-ONU, así como el rechazo expresado tanto por Rusia como por China a una intervención armada en la crisis o al establecimiento de una zona de exclusión aérea, con el argumento de que tales medidas no harían más que recrudecer la crisis interna con repercusiones como: el éxodo masivo hacia el sur de Europa; el resquebrajamiento de la organización política nacional de Libia; un escenario prolongado de guerra civil –con posibles efectos multiplicadores sobre la militancia radical islámica-; y la pérdida de control sobre los yacimientos petrolíferos libios.

Considero que la estrategia de EU en este sentido apunta a un enfoque de tipo soft power con ahogamiento económico y presión enérgica de la comunidad internacional, y en el que la presencia de la sexta flota próxima a la costa libia cumple una función de contingencia en caso de una posible “última movida” de Gadafi, tomando en cuenta su creciente arrinconamiento y aislamiento, a pesar de las contadas voces de empatía a su favor desde América Latina.

A pesar de que algunos, con alarmante simplicidad, aseguran que EU y la OTAN iniciarán una intervención militar en Libia, aprovechando el ímpetu de la crisis interna para hacerse con el control de sus yacimientos petrolíferos, considero que en este particular la geoestrategia estadounidense apunta: primero, hacia el aseguramiento vital mínimo de la zona de interés estratégico en caso de contingencia; y segundo, en el nivel de discurso, reconocer la legitimidad de la causa de los protestantes, y posteriormente –una vez que la situación empiece a estabilizarse tanto en Túnez como Egipto y Libia- iniciar intensivas comunicaciones de alto nivel, así como cooperación con la sociedad civil, para propiciar un cambio conducente favorable a los valores políticos de Occidente y a sus intereses en la zona. Como lo expresara la Secretaria de Estado, Hillary Clinton: “…el proceso de transición debe ser protegido de influencias anti-democráticas, sin importar de donde vengan. La participación política debe ser abierta a todos aquellos que rechacen la violencia y jueguen con las reglas de la democracia” (Departamento de Estado, 2011).

Por ahora no podemos asegurar que el proceso de transformación social y política del Medio Oriente y Norte de África sea propiamente revolucionario (en su acepción clásica), sus resultado dependerán directamente de las nuevas formas de estructura política que surjan de la crisis –de la cual tampoco podemos asegurar ya ha alcanzado a todos los países que debía, tomando en cuenta la situación actual en Bahrain, Omán, Yemen y hasta Irán-. Algo que si podemos concluir es que el mundo árabe no será más sencillo, ni más pacífico, y en caso de tomar un camino más o menos democrático, el mismo no será una emulación de los sistemas democráticos Occidentales, dadas las particularidades sociales, culturales y religiosas de los países que lo conforman.

De este modo, la nueva realidad en el Medio Oriente podría favorecer, en el mediano plazo, la proyección regional de poder de Irán al quedar desarticulado Egipto de la política internacional proactiva, quien ejercía un relativo contrapeso de poder frente a Irán; y al aprovechar la coyuntura regional para ganar influencia en las nuevas élites políticas nacionales.

A pesar que el presente análisis se ocupa de explicar asuntos estratégicos, y no de una reflexión profunda sobre los factores causales de la actual sinergia en el mundo árabe, resulta difícil vencer la tentación de realizar algunas teorizaciones que den sentido histórico y hasta civilizacional a tal fenómeno ya que el contexto actual evoca un proceso que subyace como una especie de ley social y política.

Holísticamente estamos ante una nueva realidad, no exclusiva al Medio Oriente y al Norte de África, la misma incluye factores acelerantes de movilización social como la  utilización de medios de comunicación instantáneos y de redes sociales globales, así como del masivo número de jóvenes con altas expectativas respecto de su propio futuro y de las oportunidades que su entorno debe ofrecerles.

Sin dudas el futuro traerá consigo más transformaciones que impliquen la participación  directa de los jóvenes como protagonistas de su propio futuro y como agentes de profundos cambios a todos los niveles de la sociedad. Los resultados vislumbrables plantean dos escenarios: uno en el que surgen cambios que contemplen más oportunidades para los jóvenes en estructuras políticas y económicas renovadas; y el otro en el que las transformaciones sean dispersas y caóticas, y que incrementen el resentimiento social. Todo dependerá de las metas y los liderazgos que activen y conduzcan el levantamiento social y político de los jóvenes.

*Politólogo especialista en Política Internacional.