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Uno no elige su niñez.
En la que me tocó, los recuerdos
más cálidos están todos ligados
a esos ritos de mi “barrio”

Mario Vargas Llosa
Los jefes

¿Qué fue de aquel niño de mirada ingenua que con habilidad de ardilla se encajaba en los árboles de guayaba y mango a buscar el postre de los fines de semana? ¿Qué fue de aquel menor que con sólo saborear un chocobanano mostraba su alegría a través de las huellas de chocolates en su rostro? ¿Quién se encargó de robarle la esperanza de vivir, apagó la chispa de sus ojos y selló sus camanances? ¿A quién culpar por el estado anémico psicosocial del joven que es ahora?

El diluvio de incógnitas fluye luego de no verlo después de más de 15 años. A penas logro reconocerlo luego que su madre le llama la atención con tono más de apenada que de autoridad: ¡Vos chavalo, anda báñate y te vestís!

Inmediatamente deduje que era él; el mismo con quien compartí parte de mis vacaciones del último grado de primaria en el Sector 17 del barrio Grenada; y quien sin proponérselo era mi lazarillo enseñándome cada rincón de este lugar: ventas, Nintendo, y hasta presentarme a los chavalos para que me aceptaran jugar béisbol.

Mientras desarrollamos el diálogo improvisado, examino cada rincón de su figura. Compruebo que el color rojizo de su cabello mudó a negro, seguramente pintado por los intensos rayos del sol, su fiel acompañante durante días, meses y años que se ha quedado atrapado en este pequeño territorio; su otrora contextura ovalada luce disecada, escondida detrás de una camisa blanca y short azul sucio; su piel desgatada apenas cubre sus huesos; sus pies lucen a tono al color de las calles de tierra, cobrando forma de piedra volcánica por la falta de uso de calzado. En realidad no pareciera la figura de un joven de 23 años, sino la de un anciano prematuro. Este paisaje nos deja sin aliento a Lesbia y Ángela quienes también forman parte del coloquio.

El silencio de nuestras miradas pareciera que estuviéramos caminando sobre viejas huellas cuando en este lugar -donde daba rienda suelta a uno de mis principales placeres de mi niñez: jugar béisbol- no había aguas servidas, el agua potable escaseaba, la arquitectura promedio de las casas eran de maderas de pino usadas, zinc usado, plástico negro, piso de tierra y las más modestas de minifalda y piso de concreto. Tal vez lo más añorable de ese tiempo era que con cinco pelotas de calcetines, cuatro manoplas, y un bate de madera se armaban las “perreras” de béisbol. Independientemente del lugar de donde  provenía el resto de chavalos jugábamos en armonía. El zurdo Joel se destacaba por colocar con habilidad nata de cuadrangular en el cerco de latas retorcidas y sarrosas de la casa ubicada en la loma izquierda de la calle principal, esa misma que ahora tiene un muro perimetral de pared amarrillo. La inseguridad no existía y las sustancias psicotrópicas era un tema impensable en el grupo, al menos los fines de semanas que acostumbra llegar a jugar mi partido de béisbol.

La construcción del nuevo puente eliminó el cuadro de béisbol improvisado donde en el verano las calles arenosa se partían en dos, adornadas con pedazos de vidrios, botellas plásticas y llantas en desuso; en el invierno el cuadro improvisado dejaba de funcionar producto de los charcos sucios; ahora este puente une el Sector 17, con la calle principal de Grenada que va a dar a la entrada del Hospital Manolo Morales, sin duda constituye un símbolo de progreso, permite que sus habitantes por fin puedan llegar hasta sus casas en taxis, motos y caponeras; lo grave es que ese desarrollo vial que tanto soñaron los fundadores de ese sector, no está en consonancia con la salud social de sus habitantes. Niñez, adolescentes y jóvenes viven en una especie de jaula social, y para poder salir hacia otros lugares deben usar el puente peatonal del barrio Olof Palme, porque en caso de cruzar el puente vehicular, corren el riesgo de formar parte de la lista de agredidos que llegan al Hospital Manolo Morales, tal como muestran los noticieros de sucesos.

Sigo consternado al observar cómo los cachorros de Grenada colgaron las manoplas y los bates y se dejaron arrastrar por la corriente de los psicotrópicos. ¿Estos jóvenes al igual que Marlon en qué momento dejaron de creer que la vida iniciaba y se agotaba en este estrecho territorio que hoy se ha convertido en el corazón de las tinieblas? ¿Por qué dejaron de soñar que un día podían ser buenos peloteros como Dennis Martínez o Nemesio Porras, como exclamaban en voz alta?

Este reencuentro borró por completo aquella imagen dulce e inocente del niño Marlon que había guardado en mi memoria. Su autodestrucción sin duda es la expresión de muchos adolescentes y jóvenes desamparados de políticas públicas que sirvan de medio para cambiarle su determinismo social.