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En su libro Crónicas diplomáticas (2004), Carlos de Reparaz (como afirmé en mi anterior colaboración sabatina de END) dedicó un hermoso capítulo a Nicaragua, resumen de su experiencia como Agregado Cultural de España de 1964 a 1966. Pues bien, el diplomático español cuenta una anécdota de su futuro suegro, el general G.N. Francisco Rodríguez Somoza, entonces comandante del departamento de León. Gloria Rodríguez de Reparaz, hija del alto militar, la refiere.

En 1965 llegó a visitar en León a Rodríguez Somoza el Consejo de Ancianos de Sutiaba para exponerle que llevaban meses intentando, sin conseguirlo, que el Ministerio de Educación Pública les financiara el pago de una escuelita con maestros locales que enseñaran a los niños, entre otras cosas, sus costumbres y tradiciones ancestrales. El comandante, conociendo las reticencias del gobierno en este terreno, decidió financiar por su cuenta el pago de los maestros. Fue tal el agradecimiento de los sutiabas que bautizaron a la escuelita con su nombre.

Meses después, el Jefe Director de la G.N, Anastasio Somoza Debayle, asistía a la celebración de las fiestas patrias en la ciudad. Y continúa Gloria: “Desfiló ante la tribuna un grupo de estudiantes con la pancarta ‘Escuela General Francisco Rodríguez Somoza’. Se destacó entonces del grupo su portavoz que largó un inflamado discurso en el que, tras poner a parir a las autoridades por su indiferencia ante los problemas de las indígenas, resaltó que ‘si no fuera por la sensibilidad, la generosidad y la gran humanidad del general Rodríguez Somoza, Sutiaba no tendría ni escuela ni muchas otras cosas y que por lo tanto, el pueblo pedía que lo dejaran de Comandante de León durante muchos años más’.

A medida que el joven hablaba, Tacho iba enrojeciendo de ira y, al acabar el acto, agarró furioso a mi padre por un brazo y, delante de todo el mundo, le dijo:

—Mirá Chico, lo primero de todo, me vas a meter en la cárcel, sin más trámites, a ese hijo de puta por comunista y, lo segundo, me vas a explicar ya quien te autorizó a pagarle los maestros a esos subversivos. A lo que mi padre contestó:

—Para comenzar, se trata de una escuelita de niños y no de unos conspiradores. Y, en cuanto a los profesores, los pago yo de mi bolsillo, para lo que no necesito de ninguna autorización.

Tacho dio un respingo y le gritó: —¡Ah no, jodido! ¡No te me hagás el gallito y te olvidés de que yo te he puesto donde estás y que, así como te encumbré, mañana te puedo hacer mierda, si se me antoja! —Mi padre se arrancó entonces las insignias y estrellas de su uniforme de general y se las tiró, diciéndole: —No hace falta que esperés a mañana porque en este momento te presento mi baja.

—Y, como es de suponer, se largó echando humo.
Horas después, se presentó en nuestra casa un ordenanza, pidiéndole que por favor le acompañara que el General quería hablar con él. A regañadientes, consintió en ir a la casa donde estaba alojado Tacho. Éste le recibe como si nada hubiera pasado y, con una gran sonrisa y los brazos abiertos, le dice: —¡Caramba! Hay que ver lo susceptible y picajoso que sos. Es verdad que me arrechó el discursito del fulano ese pero contra vos no tengo nada, ya sabés lo que te aprecio.

A lo que mi padre respondió: —Si eso es verdad, así como me insultaste en público, exijo te disculpes de igual manera— y se largó. Esa noche, en el banquete de gala que le daba la ciudad y ante un grupito de los suyos, Tacho, con la boca pequeña, le reiteró su aprecio… lo más que cabía esperar de un personaje como él.”

Pasando a nuestro título, Carlos de Reparaz narra la visita que en 1983 realizó a Libia el comandante Tomas Borge, entonces Ministro del Interior de la Junta de Gobierno, quien había andado de gira por Europa Occidental. Su objetivo, entre otros, era obtener el apoyo del Líder Gadafi. Textualmente, dice: “Llegó en buen momento. El Congreso de los Estados Unidos, dada la orientación de la Junta de Gobierno, acababa de vetar la ayuda al desarrollo de años anteriores. Éste era el mejor señuelo para que la trucha mordiera: —¿Qué los americanos les niegan sesenta millones? ¡Qué miserables! Pero no se preocupen, porque la Yamahiría les ofrece cien… —Y Gadafi le entregó a Borge un cheque de cien millones de dólares. Es más, todavía le regaló un Mirage, birreactor, para los viajes oficiales.

Me consta esto último ya que nuestra cancillería se ocupó de gestionar los permisos de sobrevuelo.”

Y agrega el diplomático español, relatando cómo su esposa nicaragüense y él obtuvieron del poderoso Ministro un noble favor: el retorno de Francisco Rodríguez Somoza a Nicaragua.

“Al día siguiente, 12 de octubre, nos preparábamos a recibir a la colonia española —unos 400 invitados— cuando me llamó el Embajador de Nicaragua, Guillermo Genie, con quien teníamos buena amistad: —Oye, Carlos. Está conmigo Tomás Borge. Al enterarse de que tu mujer es nicaragüense, me dice que le gustaría pasar a verlos, si es posible... ahora.

Eran las diez de la mañana. Gloria se echó las manos en la cabeza y me dijo que no podía ser, que estaban en pleno alboroto de proveedores, camareros y demás, organizando la fiesta nacional para la tarde. Yo le hice ver que aquélla era la ocasión de conseguir el regreso de su padre —exiliado entonces en Miami— a Managua. Gloria lo pescó al vuelo y, media hora después, Borge estaba en casa. No nos dejaría hasta las tres de la madrugada.

Comenzamos por dar un paseo en un barco que le ofreció la Marina libia, comimos juntos, durmió una siesta en casa, se apuntó al cóctel de nuestro día nacional... y a lo que hubiera; y es que estaba agotado de los equilibrios que había tenido que hacer para no perder el favor de los dirigentes europeos “progres” y porque los tres últimos días, en manos de los libios, le habían dejado exhausto. Llegó hasta enseñarnos el brote de urticaria que le había producido el estrés. Eso sí, aprovechó el cóctel de la colonia para coquetear con todas las jovencitas que pudo y lo pasó “de lo más alegre”, que dicen ellos.

Acabado el multitudinario cóctel, Borge y un grupo de íntimos se quedaron a una improvisada cena. Finalmente, ya en confianza tras el largo día juntos, el ilustre revolucionario mantuvo con mi mujer un diálogo que ella transcribe así:

T.B: —Vamos a ver, ¿por qué tu padre no regresa a Nicaragua?
G.: —Mi comandante, primero de todo, por el terror que tiene a que ustedes lo metan en la cárcel y luego porque la revolución lo arruinó económicamente y no tiene medios para sobrevivir ahí...

T.B. (Sorprendido o aparentándolo): —Nosotros no tenemos nada contra él. Es más, te garantizo que si decide regresar, yo mismo daré las órdenes pertinentes para que respeten su seguridad y, si es necesario, lo protejan. En cuanto al tema económico, eso es una “babosada”; con que le mandés 200 o 300 dólares al mes, cambiados en el mercado negro, podrá vivir como un rey...

G.: —Comandante, le tomo la palabra y confío en usted. Ya le avisaré en cuanto pueda concretar el tema.

T .B. —Me tenés a la orden para lo que sea necesario...
No sabía Gloria los beneficios que, para su familia en general, iba a sacar de esa conversación. Borge cumplió su palabra y, un mes mas tarde, ella pudo recoger a su padre en Miami y dejarlo instalado y feliz en su casa de Managua con el beneplácito de la Junta Sandinista. Previamente, había sacado de allí a un sobrino de quince años, a quien querían enviar al frente y al que logró llevar, sano y salvo, a Estados Unidos.”