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Cada vez que he ido al Sahara, me ha impresionado saberlo una inmensa extensión de  agua, con bosques y con toda clase de animales. Las cuevas rupestres, en el Tasili, nos  han conservado escenas inimaginables para quienes no hubieran vivido en contacto con  un mar lleno de vida. Pero, sobre todo, me emociona la suerte del río Igharghar que  hace 6.000 años discurría con un profundo caudal y se fue ahogando en las arenas del  desierto.

A la puerta de las kasbahs cuentan los ancianos la historia de un río caudaloso que  recorría centenares de kilómetros aportando vida, abriendo gargantas y alimentando  valles. Nada parecía detener su curso hasta que llegó al desierto y se espantó al ver que  no podía continuar para desembocar en otro río más caudaloso que lo condujera hasta el  mar. ¿No habría manera de cruzar el desierto sin que las arenas se lo tragasen?  Entonces, oyó una voz en su corazón:
- Si el viento cruza el desierto, tú también puedes hacerlo.
- Pero, ¿cómo va a ser eso posible?, - preguntó el río aterrorizado.
- Basta con que creas que puedes.
- Es imposible, - se lamentó obcecado.
- Deja que el viento te absorba, te transformarás en nubes y te lloverás copioso más allá  de dónde la vista alcanza, hasta formar otro río que desemboque en el mar que anhelas.
- ¿Y cómo me garantizas que voy a seguir siendo yo?, -preguntó perdiendo un tiempo  precioso.
- Serás tú y no serás tú. Serás el agua que llueva, pero el río será otro y otro, - respondió  dulce la voz.
- ¡Ah, no! Eso sí que no. No quiero dejar de ser yo, - respondió lleno de su razón.
Y las aguas del caudaloso río desaparecieron en las tórridas arenas del desierto.
El ego nos suele jugar malas pasadas. El agua es lo esencial, gota o torrente. La forma  es accidental. Nunca se pierde nada, todo se transforma.