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Realmente, no se qué pensar ni decir cuando me encuentro con ellas en los pasillos del súper. En estas cosas, me gustaría ser como esas personas que parecen tener una idea clara para cada situación; unos principios morales o unos juicios sólidos, sin porosidades. De esas que expresan su opinión de manera tajante, hasta que sentís pena de no haber llegado tú también a la misma conclusión. Yo les busco en la mirada algún brillo, algún temblor de las pupilas, los signos inequívocos de una duda. Pero nada. Permanecen seguros, inalterables. Qué envidia.

Hubo un fenómeno social durante los años noventa (si es que se permite el término fenómeno). Empezaron a verse con más frecuencia, como surgidas de la nada, hasta que ya se convirtió en parte cotidiana de los supermercados de toda América Latina, y cómo no, de Managua. Hoy se miran menos, quizá se esconden un poco más. Pero todavía están ahí. Señoras vestidas de señoras, por delante de  empleadas vestidas de empleadas que arrojan sobre la cesta de la compra los productos que le indican las señores con el dedo índice.

Lo de los uniformes de las empleadas llegó a tal punto, que incluso se vistieron así a las  mujeres que servían en las casas de barrios humildes, afortunadas por el pequeño boom económico de los noventa, y que construyeron un segundo piso cubierto de láminas de cinc, bajo el peso de antenas parabólicas. En algunos casos, se colocaron balcones ostentosos con una balaustrada que imitaba al mármol y leoncillos u otras esculturas lustrosas de animales salvajes sobre la barandilla. Y las empleadas domésticas se vistieron de uniforme.

Amigos, a derecha e “izquierda del corazón”, me dirían que este tipo de reflexiones  proviene de alguien “de clase media burguesa con mala conciencia y disquisiciones pseudomorales estériles y de tipo jesuítico teológico liberalizador o de cursillista de cristiandad”. Así le pueden insultar a uno, lo prometo, en esos términos, lo cual le facilita a uno la opción de no darse por aludido.
Otros amigos, a derecha e izquierda del corazón, dicen que hay que verlo como algo  práctico. Eso, precisamente, lo escuché de una diputada sandinista a cuyas empleadas les dio alguna vez la opción de no llevar uniforme, y ellas se opusieron porque si no lo llevaban se sentían discriminadas ante sus colegas de las casas vecinas. “¿Tu patrona (algunas así las llaman todavía), todavía no te pone uniforme?” La razón práctica de que con el uniforme se gasta menos ropa es la causa de todo esto, claro. Pero…

Volviendo a lo del paseo en el supermercado. Se las ve entrar haciendo sonar las alhajas  (me refiero a las jefas, las señoras). Y dicen: “Mire doña Yasmina, hoy agarre mejor la cesta, que no nos llevaremos mucha cosa”. Lo dicen en plural. Pero también he oído a doña Yasmina, murmurar: “Sólo ella sabe, siempre termino hasta donde no es, con la manía de no agarrar el carrito”. La señora, delante, levanta el brazo y con un dedo indica la botella, las latas, las bolsas de galletas. A veces, se concede la duda, y le pregunta a la empleada qué opina de tal o cual producto. Y al llegar a las estanterías de los productos de limpieza, la jefa se detiene como haciéndole un favor: “¿Dígame pues, qué va a necesitar ahorita?”

En ocasiones, les acompañan los niños, correteando entre las dos mujeres, pero si están de necios, se muestran más obedientes con las empleadas. En la fila, frente a las cajas, las jefas se saludan entre ellas cuando se reconocen. Utilizan esa voz medio ronca de tono campechano, con júbilo pero dejando entrever cierta urgencia, múltiples ocupaciones, aunque eso sí, se dicen sus nombres casi a gritos, alargando la última sílaba: ¿Y entonces Yamileeeeeth, Marcelaaaaa, Jimenaaaaa? ¡Cuánto tiempo! Y paf, “¡Te miro más hermosa! ¿Qué te hiciste?” Y de inmediato se ponen al día y caen a los hijos, a los colegios en los que estudian (El Lincoln, el Alemán, alguno de esos). Y se dan besos sonoros (porque dicen “un beso, amiga”) pero no ponen los labios, sino que se rozan suavemente mejilla con mejilla. Y se marchan corriendo a pagar a la cajera, abriendo la billetera, y eligiendo al vuelo tarjetas de crédito de varios colores. A veces, las empleadas también se reconocen. Se saludan con un breve sonrisa, que a veces ni llega a eso, quizá un movimiento de cabeza, o unos labios arrugados apuntando a la jefa, como diciendo muchas cosas al mismo tiempo en gestos cómplices, una especie de argot silencioso del gremio.  

Sé que no estoy siendo justo al describirlo así. Que no siempre es así. Lo que les acabo de contar podría ser una invención. Pero pasa en la vida real, ocurre todavía hoy. Y yo no lo critico, ni siquiera me atrevo a formular una opinión al respecto. Sólo comienzo a preguntarme qué puedo opinar, si yo no soy la señora ni la empleada, sólo uno que va detrás asistiendo a la escena. “¿Qué querés?- me dirá algún amigo -. Que las empleadas no vistan de uniforme para que tu conciencia esté más tranquila. Clase hipocresía, ¿no te parece?”

Y la verdad es que no sé si tendrá razón. Pero de lo que no dudo es que esta exhibición es una especie de cruz, un gran problema social y educativo que arrastran desigualdades muy hondas. Y que mientras se continúe observando como algo normal, tan cotidiano como un súper en una gran ciudad, nunca nos preguntaremos nada. Dicen que las transformaciones más importantes se hacen atacando la causa, empezando por la raíz. Pero también he visto cómo algunas cosas empiezan a cambiar por dentro sólo cuando lo de afuera nos da pena. Y por eso, a veces, creo que los grandes cambios suceden porque alguien sintió vergüenza.