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El próximo 9 de julio, Sudán del Sur proclamará su independencia, convirtiéndose en el  54º país de África y el 193 del mundo.
Los habitantes de esta región dijeron ‘sí’ por abrumadora mayoría a su secesión del  resto de Sudán en un referéndum, culminando así décadas de conflicto con las  autoridades centrales del país. La lucha por la independencia comenzó poco después de  la descolonización de este país africano, en 1955. Hasta la firma de los acuerdos de paz  de 2005, dejó al menos dos millones de muertos, según Naciones Unidas.
Para muchos expertos y analistas, la independencia de Sudán del Sur responde a la  nueva partida de ajedrez entre Estados Unidos y China en el continente africano.
Washington respaldó abiertamente el proceso de independencia de esta región, que  alberga el 75% de los 6.500 millones de barriles de petróleo que produce Sudán, el  tercer mayor productor de África y el tercer país por extensión del continente.
El Gobierno estadounidense ha mantenido presiones para que se produjera la independencia de Sudán del Sur, pero también ha ofrecido para ello concesiones al  presidente de Sudán, Omar al Bashir, acusado de genocidio y crímenes de lesa  humanidad por la Corte Penal Internacional (CPI).
Además de las enormes riquezas en recursos que posee, Sudán representa un papel muy  importante para los intereses geoestratégicos de China y Estados Unidos. El país es el  centro de operaciones del continente, el lugar con más fronteras y el espacio donde las  dos potencias mundiales han decido desplegar sus piezas.
Una vez dividido, tanto Washington como Pekín tendrán que ganarse los favores del nuevo Gobierno de Sudán del Sur.
China había sido en los últimos años el principal socio comercial y consumidor de  petróleo producido en Sudán. Pekín no solo ha cerrado multimillonarios contratos con Al Bashir, sino que además le ha provisto de armas para protegerse de los ataques  cometidos por rebeldes de Sudán del Sur y de la región occidental de Darfur contra los  centros de extracción de petróleo y refinerías del país.   
Aparentemente, la partición de Sudán supone un tanto para Estados Unidos. Pero que China dejase hacer y no obstaculizase el proceso en sus etapas finales hace pensar a  algunos que el gigante chino podría haber alcanzado un acuerdo secreto con las  autoridades de Sudán del Sur.
De cualquier manera, en este juego de las grandes potencias pierden los habitantes de todo Sudán, que van a ver cómo sus posibilidades de desarrollo como nación se reducen, al quedar los centros de extracción petroleros en Sudán de Sur y las infraestructuras para su refinamiento y gasoductos en el Norte.
Es cierto que las reivindicaciones de independencia de Sudán del Sur llevaban  produciéndose desde los años sesenta, pero no ha sido hasta la fuerte entrada comercial de China en Sudán cuando los independentistas del sur comenzaron a recibir apoyo de la comunidad internacional para alcanzar sus objetivos.
Son varios los ejemplos de movimientos independentistas en regiones africanas ricas en  recursos, como en Cabinda (Angola), en el norte de Malí y Níger o en la Cascamanace  (Senegal).  
Si China y Estados Unidos continuaran su juego estratégico podríamos ver en el futuro  la independencia de alguna de esas regiones, en las que existen petróleo, fostatos e  incluso plutonio.
Pero, ¿y si Pekín apuesta por una agresiva política de acuerdos comerciales y ayudas  económicas hacia América Latina, como la que desarrolló durante la década pasada en África?
Imaginemos que crea unos fuertes lazos con Venezuela o con Bolivia, países con  regiones muy ricas en recursos naturales como Cochabamba o Zulia, en las que existen  élites y oligarquías a las que podría interesar su independencia para explotar en  exclusividad sus riquezas. Países como Estados Unidos conseguirían asfixiar a  gobiernos como el de Hugo Chávez o Evo Morales, hostiles a la inversión de  multinacionales extranjeras.
Crear líneas divisorias y favorecer la independencia de regiones ricas en recursos  siempre suele tener consecuencias similares: unos pocos se enriquecen mucho, mientras  los que poco tienen, con nada se quedan.
La humanidad siempre se ha beneficiado de los intercambios de recursos, de relaciones  comerciales, de lenguas y dialectos, de culturas y tradiciones, del mestizaje y del  multiculturalismo. En definitiva, de la unión de los pueblos y de las personas. Las  divisiones e independencias, por el contrario, generan odios y conflictos.

*Periodista con sede en México
ccs@solidarios.org.es