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Nicaragua ha entrado a un nuevo año electoral, en el cual  nuestro pueblo decidirá a través del voto, cuál es el rumbo que quiere para el país en los próximos 5 años. La contienda se desarrollará en un marco regional caracterizado por la conflictividad, que  tiene en Nicaragua, por razones históricas y actuales, uno de sus actores: El no reconocimiento político del gobierno de Honduras, el diferendo limítrofe con Costa Rica, que sólo podrá declararse superado con el fallo sobre los aspectos de fondo de la CIJ y el problema migratorio con Panamá, que tiende por intereses binacionales, económicos concretos, a superarse, todo ello ha restado impulso al proceso de unidad e integración centroamericana.

A nivel internacional, un mundo, paradójicamente el desarrollado, que no termina de salir de la crisis económica-financiera que irrumpe en 2008, aunada ahora, la sombra de una nueva alza de precios del petróleo y su impacto en el conjunto de la economía mundial y la propia crisis política en países del Medio Oriente y norte de África. Todo ello, unido a nuestra propia conflictividad interna, hacen del valor del elegir, un desafío crucial para cada ciudadano nicaragüense.

Las revoluciones en los países árabes aparecen con banderas y énfasis diferentes, pero también denominadores comunes. En algunos, el cuestionamiento social apunta a reivindicaciones económicas y sociales, allí en donde la inequidad en la distribución de la riqueza fue generando amplios sectores con carencia de empleo, salud, vivienda, educación, etc.,  mientras las elites del poder dictatorial y familiar, amasaban fortunas incalculables en el extranjero (7 mil  millones Mubarak, 3 mil millones Ben Alí)  enajenados en la orgía y francachela del poder.

En otros países, el movimiento social levanta reivindicaciones políticas y de valores, cuestionando regímenes autoritarios y represivos, que por su naturaleza vinieron cerrando cada vez más, los espacios de participación, libre organización, opinión, confesión religiosa, etc. Sus reclamos han sido la libertad, la dignidad, el respeto, el reconocimiento, la verdad… ¿Por qué luchan ustedes?, preguntó en Egipto un periodista a un joven en medio de la muchedumbre. ¡Para que no nos mientan nunca más!, contestó. El primer mártir que se autoinmoló en Túnez fue en respuesta a un acto de humillación sufrido a manos de un policía, como humilde y sencillo vendedor ambulante, contaba como única riqueza su dignidad. Luchar por la dignidad, dice Galeano, es luchar también por la independencia.

Un elemento que vale la pena relevar es la juventud como actor principal en todo este movimiento, este fantasma de la democracia que recorre desde Yemén hasta Libia, desde Egipto hasta Túnez. Mientras la juventud de occidente no logra todavía salir de su ensimismamiento, crisis de certezas,  ausencia de ideales movilizadores, luego del derrumbe de los paradigmas que la movilizaron en década pasadas, la juventud de los países árabes, apropiada de las nuevas tecnologías de la comunicación, las han sabido aprovechar para informar, comunicar, entusiasmar y movilizar a sociedades enteras. Sin plataformas programáticas, sin ideologías totalizadoras, o estandartes religiosos, han convocado a millones, tras las reivindicaciones más sentidas de sus pueblos, los partidos políticos se han visto obligados en ir a la saga, incluso para su propia sobrevivencia.

La juventud en Occidente tuvo su tiempo de fulgor, desde el Mayo francés del 68, hasta la insurgencia guerrillera en América Latina, los movimientos estudiantiles en Norteamérica contra la guerra de Vietnam y en Europa, codo a codo con las mujeres, contra la amenaza nuclear.
Las mujeres, con su larga historia de lucha por sus derechos, encarnadas en figuras símbolos como Flora Tristán, Micaela Bastidas, Rosa Luxemburgo, también tuvieron una de sus más altas expresiones en las grandes jornadas que precedieron y precipitaron la caída de algunos regímenes estalinistas de algunos países de la Europa Oriental.

Denominador común en la rebelión de los pueblos árabes, es que su movimiento se ha venido dando en contra de regímenes que han pretendido entronizarse a perpetuidad en el poder. Sólo comparables a las dictaduras caudillistas de la primera mitad del siglo pasado en América Latina: Odría, Gómez, Somoza, Trujillo, Duvalier, Batista, etc., varios de estos gobiernos autoritarios autócratas, incluso, lograron importantes logros en el campo educativo y el desarrollo humano de sus países, pero eso no basta, podrían haber sido “cárceles de pan”, pero cárceles al fin.
De allí, la grandeza de Nelson Mandela y Julios Nyerere. Este último fue el forjador de la Tanzania independiente, promovió importantes transformaciones sociales, forjó junto a otros líderes del mundo, el Movimiento de Países No Alineados, pero llegado el momento fue capaz de retirarse del gobierno y del propio partido, para dar paso a la sabia de las nuevas generaciones, ha vivido siempre en condiciones modestas, pero queda en la historia como el Maestro, como cariñosamente le llama su pueblo.

Por su parte, Mandela, Premio Nóbel de la Paz, habiendo sido el símbolo de resistencia, lucha y desmontaje del Apartheid, aún después de 27 años de cautiverio, fue también arquitecto de la ejemplar tarea de reconciliación de Sudáfrica, evitando el baño de sangre que muchos advertían. Renunció a la posibilidad, más que justificada, de un segundo período de gobierno, pero también a su cargo de jefe del Partido Congreso Nacional Africano, las naciones del mundo lo han declarado Ciudadano del Milenio.
Un tercer punto, que distingue esta gran rebelión de otras, es su carácter masivo y fundamentalmente no violento, el costo humano hasta ahora es el que han cobrado la represión de las satrapías gobernantes. La fuerza transformadora de la no violencia activa ha sido demostrada una vez más. Por su dimensión, carácter y contenido de estos movimientos, es evidente su legitimidad, no cabe la afirmación de que sean manipulados tras bastidores. Varios gobiernos de esas regiones, al primer asomo de protestas, se han apresurado a implementar reformas: cambios en el aparato gubernamental, diálogos como la oposición, tímidas e insuficientes aperturas democráticas.
Sin embargo, es inobjetable también el hecho de que las potencias imperiales tienen intereses claros, de carácter económico, de recursos y estratégicos en el acontecer que viven los países árabes y del norte de África. Su comportamiento ante la crisis es perverso, de abandono a sus propias criaturas que sostuvieron durante décadas, manifestándose en nombre de sus propias democracias envejecidas y desgastadas. Esperamos no estar ante el caso que plantea Queimada.

Dice el profesor Federico Mayor Zaragoza sobre el comportamiento de las potencias occidentales ante la crisis: “Es triste que lo único que se les haya ocurrido sea reforzar la capacidad defensiva de la ribera norte del Mediterráneo para contener las movilizaciones sociales del sur. ¿De verdad no se dan cuenta de que lo que está sucediendo es una gran participación ciudadana favorecida por el ciberespacio? ¿De verdad no se dan cuenta de que lo que expresan los ciudadanos de estos países es que desean, precisamente, un cambio de sistema y de “colonización” por parte de quienes hasta ahora se han atribuido funciones de gobernación a escala mundial? ¿De verdad no se dan cuenta en Bruselas y en Washington que lo que existe en esos países son ganas de libertad, de participación democrática, de justicia social y de calidad de vida para todos?”
El problema, entonces, es el después, qué carácter y profundidad tendrán los cambios que se desarrollarán tras la caída de los regímenes cuestionados, por lo pronto,  es alentador la actitud vigilante del movimiento sobre el desarrollo de los procesos, causa de sus luchas, han continuado las movilizaciones de este movimiento, que parece no ha luchado por la toma del poder, pero sí por el cambio de poder.
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha propuesto la creación de una Comisión Internacional que promueva el diálogo y la reconciliación en Libia. Es una iniciativa de buena voluntad, ¿quién más que nosotros que promovimos que la Asamblea General de la ONU declarara el año 2009 Año Internacional de la Reconciliación, valoraría esta propuesta?, pero, ¿cuál sería su contenido, estructura, legitimidad, funciones o fuerza vinculante la acepta la oposición insurgente? Esto no está claro.

El Instituto “Martin Luther King”, de la Upoli, propone que sea el Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones, organismo creado por las Naciones

Unidas a propuesta de España y Turquía, quien asuma tareas de avenimiento, pacificación, diálogo, conocimiento, comprensión y respeto para el desarrollo de procesos de reconciliación. Todo ello dependiendo del desarrollo de los acontecimientos que viven los países árabes del Medio Oriente y del norte de África. El Grupo de Alto Nivel no es una llave mágica para la solución de problemas extremadamente complejos que se hunden en el tiempo de esas civilizaciones, pero está llamado a brindar en el cortísimo, mediano y largo plazo una contribución.

Es en este marco que se desarrolla el proceso electoral el próximo noviembre, la crisis en el mundo árabe se constituye en experiencias que desde una perspectiva histórica hemos conocido pero que también podríamos volver a reeditar. De ahí que las alternativas adecuadas para el futuro de nuestro pueblo y país deberán encontrarse en las propuestas reales y legítimas en torno del crecimiento económico con desarrollo humano, la defensa del medio ambiente, estabilidad interna, la soberanía alimentaria, la seguridad ciudadana, el desarrollo estratégico de nuevas matrices energéticas, el desarrollo democrático, los derechos de la mujer, la juventud y las poblaciones originarias, la defensa de nuestra soberanía nacional y de nuestros recursos y una política exterior que promueva la paz, el derecho internacional y la reconciliación.

*Director Instituto “Martin Luther King”-Upoli

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