•  |
  •  |

Nunca podrás ser feliz
mientras el ángel
de la destrucción esté
sobre ti vigilando
cada paso. Vendré del
infierno a joderlos.
Letra de música rock

Un señor, de apellido Fonseca, admirador solitario…, más bien, único, del tirano Gadafi (que con fuerzas del ejército ataca militarmente a su propio pueblo), en la edición del 8 de marzo de EL NUEVO DIARIO ha publicado un artículo con el título: “El asedio contrarrevolucionario e imperialista a Libia”.

Para redactar este artículo, Fonseca, o bien cubre sus ojos y oídos frente al avance de la historia y, en busca de algún reconocimiento miserable, se solidariza ofuscado con una causa perdida y, peor aún, universalmente condenable por el dolor y sufrimiento del pueblo libio; o bien, sube sobre una pirámide de ciudadanos sacrificados en las calles, y rinde culto a la personalidad sanguinaria de un déspota cualquiera, por vocación consciente de su alma.

Con estas líneas --más que polemizar con un sujeto que comparte el genocidio que ejecuta Gadafi-- busco poner en claro el rol progresivo que en la lucha democrática desempeña la movilización de las masas libias en el sistema globalizado. No tanto, porque la lucha apunte a un objetivo democrático conceptual, cuanto por la conciencia y la fuerza política relativa que los trabajadores organizados adquieren, al luchar directamente por sus derechos. El proceso libertario en el norte de África, sin partidos ni conductores, es un síntoma de la crisis objetiva de un sistema económico financiero globalizado, que con la inversión de capitales especulativos responde, aún, a la visión colonialista de apropiarse del bienestar, fomentando la desigualdad económica y, por lo tanto, la desigualdad social y política (aún en sus propios países). Sistema inestable en sí mismo, que requiere el auxilio de las armas, de regímenes de derecha en las metrópolis, y de regímenes dictatoriales en el mundo subdesarrollado.

Fonseca, repetidamente, dice que le llama la atención la coincidencia entre la ultraizquierda, ciertos sectores de la izquierda altermundista, los Estados Unidos, el reformismo y los gobiernos de derecha, en atacar a Gadafi en el mismo momento.

Es obvio que en toda situación de crisis las clases sociales intervienen al mismo tiempo, ya que luchan entre sí para hacer prevalecer sus propios intereses en el resultado de la crisis.

Lo que procede, seriamente, para entender el desarrollo de la situación actual es hacer una caracterización política del régimen de Gadafi, y prever la tendencia de la lucha de clases. Baste recordar, de pasada, que desde hace casi diez años el gobernante de Libia es un aliado subalterno de la política norteamericana en Medio Oriente, de modo que, como eslabón más débil, se encuentra en la primera fila del derrumbe histórico.

La economía de Libia depende exclusivamente de la renta petrolera (que genera el 95 % de los ingresos en moneda convertible). El país goza de cierta prosperidad, pero, sin mérito alguno de parte de la dirección económica, por lo que carece de capacidad industrial o productiva para darle valor agregado a los recursos primarios. De ahí, que  el 47 % de la población joven no tenga empleo. En Libia no hay ni carreteras ni ferrocarriles, visto que estas infraestructuras no las requieren las compañías extranjeras, para la producción petrolera.

En contraste, la familia Gadafi compra palacetes en España, Inglaterra e Italia, autos de diseño exclusivo, equipos de futbol en Milán, empresas europeas, etc. La suma total de inversiones de Gadafi en el extranjero, por medio de la Autoridad de Inversiones de Libia (LIA), alcanza los 100 mil millones de dólares (que vienen muy bien al déficit fiscal de Occidente); con los cuales, por el contrario, se pudo generar un cambio tecnológico sostenible, invirtiéndolos en Libia en bienes de capital.
Esta suma inmensa, amasada en 41 años de robo al pueblo libio, actualmente ha sido confiscada a nivel mundial, dado el carácter oscuro de su registro jurídico de parte de la familia Gadafi.

En Libia, Gadafi se ha enquistado en el poder, por 41 años, sin transformar la sociedad semi-feudal heredada del enclave colonial. Mantiene reprimidas las fuertes tendencias a la separación tribal que, a la vez, exacerba, objetivamente, por la falta de integración económica, tanto por el nulo comercio interno (ya que Gadafi ha fracasado en la diversificación económica), como por la falta de infraestructura de comunicación y transporte, y por las trabas burocráticas insuperables para la formación de pequeñas empresas independientes.

Gadafi ha impuesto a las clases sociales una camarilla burocrática autoritaria en el poder, que restringe la economía con monopolios estatales. Su rol es absolutamente improductivo y parasitario en la sociedad. Por ello, Gadafi requiere un sistema policíaco y de milicias mercenarias que vigilen a la población, restrinjan sus derechos democráticos y, en particular, repriman la libertad de expresión y el acceso a la información.

Fonseca justifica la existencia de la dictadura de Gadafi porque, con base a la coacción militar, logra reprimir las tendencias separatistas de las distintas etnias tribales.

El socialismo, por el contrario, defiende el derecho a la autodeterminación de los pueblos. La unidad de las distintas etnias de Libia debe darse voluntariamente, con un gobierno de luchadores, en torno a un sistema económico que fomente un intercambio más eficiente de productos entre las distintas regiones, y entre la ciudad y el campo. Un sistema, con inversiones tecnológicas, que comparta democráticamente entre la población trabajadora las ventajas de la planificación. Ya hoy las tribus de Libia se unen progresivamente en el combate contra Gadafi, en un embrión del futuro Estado popular.

No llama la atención, en consecuencia, que la incipiente burguesía, los obreros, los empleados públicos, los campesinos, los socios comerciales europeos, el imperialismo, y todos los países del mundo, coincidan en apoyar a la población en su lucha por derribar al régimen de Gadafi. Igual coincidencia hubo cuando cayó Somoza, y cuando cayó el muro de Berlín con los resabios del régimen stalinista en Europa del Este. O, últimamente, contra los regímenes de Ben Alí y de Mubarak. La peculiaridad del aislamiento mundial de todos estos procesos, es que eran regímenes retrógrados, históricamente agotados, de camarillas parasitarias, absolutistas, que se elevaban por encima de la sociedad por intereses propios, contrarios a los intereses de todos los sectores sociales.

Fonseca, en busca de una tabla de salvación ideológica, escribe: “En las manifestaciones contra Gadafi no hay demandas sociales. Los opositores se han alzado en armas contra lo que sería elogiable en el líder libio Bajo el liderazgo de Muammar Gaddafi, Libia cuenta con un sistema de justicia social, promueve la secularización del Estado y la mujer se encuentra en la mejor situación en el mundo islámico.”.

Se le escapa a Fonseca que los salarios están congelados en Libia desde 1981; y que ninguna prebenda (otorgada luego del mal uso de los ingresos petroleros), puede compensar la falta de derechos, o que un líder iluminado se coloque por encima del pueblo y frene el devenir histórico.

Al derribar al régimen opresivo de Gadafi, por efecto de la organización y de la confianza adquirida en su propia fuerza, los trabajadores podrán disponer, planificadamente, de todos los ingresos petroleros y de los miles de millones de dólares que Gadafi ha puesto a su nombre, y podrán construir un país sin privilegios, más próspero e igualitario.

Ningún burócrata es, siquiera, imprescindible. El culto a la personalidad, tan caro a Fonseca, es una manifestación de atraso precapitalista, de ideología stalinista reaccionaria, contraria al más elemental principio de igualdad socialista.
Fonseca, sin comprender un ápice de la lucha de clases, afirma: “No es coherente apoyar a los opositores y estar en contra de la intervención extranjera”.

Dentro del fenómeno de cambio, que Fonseca llama “asedio contra Gadafi”, es lógico que las clases sociales tengan planes confrontativos entre sí, distintos, tanto en la forma como en el contenido, para transformar la sociedad.
Los Estados Unidos y Europa intentan restablecer el control del país bajo el ejército y la policía, para contener la acción de las masas dentro de límites seguros para sus negocios.

Contrariamente, la formación de Comités de luchadores y de soldados en el desarrollo de la guerra civil, crea ya las bases para sustituir al régimen entreguista de Gadafi, por un gobierno de democracia directa, que tomará control de la producción y de los ingresos petroleros para desarrollar las fuerzas productivas en Libia, en contraposición a los planes de la intervención extranjera.

Fonseca, repite la tesis de Gadafi sobre su liderazgo moral: “Gadafi no tiene cargo al cual renunciar”. Pareciera que el déspota se encuentra suspendido entre cielo y tierra, como un ángel guardián. Pues bien, el pueblo libio renuncia al “liderazgo” moral, político, militar… de ese ángel corrupto, aliado del poder extranjero.

Sin más opción a sus espaldas, escribe Fonseca: “En Libia hay una guerra civil. El gobierno libio no tiene más alternativa que aplastar militarmente a quienes se le han enfrentado por esta vía”.

Con lo cual, este sujeto, admirador de Gadafi, no tiene ya otra alternativa lógica, que apuntalar al genocidio.

*Ingeniero eléctrico

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus