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El género de la crónica periodística cumplió un papel importante en el movimiento literario Modernista.  Obligados, buen número de ellos, a ejercer el periodismo como medio de subsistencia, su pasión por el buen estilo y la elegancia formal les hizo llevar a los principales diarios de Hispanoamérica una prosa noblemente enriquecida y ágil. Además, el periodismo les brindaba los ingresos económicos que les permitían destinar el resto de su tiempo al “ejercicio del puro arte y la creación mental”, en palabras del propio Rubén Darío. Y dentro del periodismo, la crónica les resultaba un vehículo muy apropiado para desplegar sus ímpetus de renovación literaria.

La crónica, calificada como género fronterizo, a caballo entre la literatura y el periodismo, pese a que a veces ha sido vista con desdén y estudiada marginalmente por los críticos, era, por sus características, uno de los géneros más idóneos para encauzar las colaboraciones periodísticas de los escritores, gracias, en muy buena medida, al magisterio estético de Darío. Además, el periodismo permitió a los Modernistas empujar a nuestras sociedades hispanoamericanas hacia la modernidad y el cosmopolitismo, otra de sus más caras ambiciones.

Gracias a la relación que durante toda su vida mantuvo con La Nación de Buenos Aires, Rubén Darío fue un periodista profesional, nuestro primer periodista profesional. Sus correspondencias para dicho diario fueron su único medio estable de subsistencia, pues, como se sabe, cuando desempeñó cargos diplomáticos para su patria los salarios nunca fueron adecuados y siempre se le enviaron con gran retraso. Tampoco Darío hubiera podido subsistir con solo el producto de los derechos de autor, pues tuvo la mala suerte de tratar, en general, con editores tacaños. Las dificultades económicas lo llevaron varias veces a mal vender esos derechos.

Pese a que en su obra “Historia de mis libros” Darío afirma que la “carencia de una fortuna básica me obligaba a trabajar periodísticamente”, Rubén tenía un alto concepto del periodismo. “El periodista que escriba con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera”, afirmó en uno de sus escritos. “Hoy y siempre un periodista y un escritor se han de confundir”. No es así extraño que las crónicas y artículos que enviaba a La Nación dieran luego contenido a varios de sus libros en prosa.

Rubén elevó la calidad literaria de la crónica y del reportaje periodístico, misión que cumplió con gran profesionalismo. Sus correspondencias sobre la situación de España, después de la derrota ante los Estados Unidos en 1898, son verdaderos ensayos, cuidadosamente preparados y documentados, sobre los más variados aspectos de la vida española de fin de siglo. Más tarde editó estos trabajos en un libro bajo el título “España Contemporánea” (1901), recibido muy favorablemente por la crítica de la época.

Rubén, con su genio renovador, innovó la crónica. Le dio una gracia y una sustancia de la que antes carecía. En las crónicas darianas, observa Jaime Torres Bodet, Darío hace gala “de una prosa clara, elegante y ágil. No faltan en ella ni las estampas pintorescas, ni las frases ingeniosas, ni las observaciones sutiles, ni los juicios literarios certeros y hasta duros en ocasiones”. Rafael Gutiérrez Girardot, en su ensayo sobre la obra en prosa de Darío, sostiene que el proyecto literario del poeta incluía introducir al español la “prosa poética”, tal como lo habían hecho antes los poetas franceses parnasianos y simbolistas en el idioma francés. A esto añade que la maestría desplegada por Rubén en sus crónicas se debió a su capacidad para dejarse absorber por el mundo exterior, especialmente en sus crónicas de viajes.

Cuando releemos, más de cien  años después, las crónicas de Rubén, escritas en 1899 y 1900, no podemos menos que admirar su genial capacidad para analizar tantos como variados aspectos de la vida española de fin de siglo. Casi no hubo actividad de alguna significación política, social, educativa, literaria, artística y hasta económica y comercial, que Rubén no describiera en sus crónicas, emitiendo juicios casi siempre muy acertados. Y también podemos constatar el profesionalismo, la seriedad periodística de Rubén, fiel a lo que había dicho en una de sus primeras crónicas: “...No he de engañar a los españoles de América y a todos los que me lean”.

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