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Me duele leer los periódicos, pero no puedo evitarlo. No debo evitarlo, me digo diariamente. Cerrar los ojos no va a cambiar la realidad. Me duelen sobre todo las noticias que salen casi a diario sobre casos de violencia hacia mujeres, niñas y niños. A cada rato salen esas noticias horrorosas de infantes violados, de mujeres agredidas o asesinadas. Y cada vez que las leo me pregunto, ¿hasta cuándo la sociedad va a ser testigo de estas atrocidades y quedarse de brazos cruzados?

Y luego volteo la página y están las noticias de Daniel Ortega, de Arnoldo Alemán, de Roberto Rivas, y de otros, saqueando Nicaragua descaradamente. Robándole a un pueblo donde la pobreza es tremendamente dolorosa. Pero no sólo el robo descarado de esta yunta es lo que eriza los pelos, sino la impunidad flagrante, y la respuesta de la sociedad, que aguanta y aguanta con la cabeza gacha.

Entonces uno de estos días se me ocurría que hay similitudes entre estos dos fenómenos: la violencia contra las mujeres y la violencia contra la sociedad. Nicaragua es un país vapuleado, que recibe golpes y violaciones constantemente, y que como muchas mujeres, ha aguantado demasiado.

Alguna gente se preguntará por qué muchas mujeres no denunciamos más tempranamente a nuestros agresores, o por qué no dejamos a parejas abusivas, que son comúnmente (aunque no siempre) quienes nos agreden. La respuesta a esa pregunta es compleja.

Por un lado está el sistema legal de este país, que a través de muchos mecanismos hace que las denuncias no sean efectivas. Muchas veces los agresores son dejados en libertad, lo cual solo pone a las mujeres en una situación mucho más peligrosa. Muchas mujeres se harán la pregunta de para qué denunciar, si de todas maneras la ley está más del lado de los agresores que de ellas.

Otro tema importante es el estigma. Es tan aceptada la violencia, que a veces las mujeres son peor vistas que los hombres cuando los denuncian por agresión. La condena social es fuerte. En caso de abuso sexual es aún peor, pues en muchas ocasiones incluso se le echa la culpa a la mujer de que haya sido abusada, por andar vestida de una manera “sugerente”, o por andar en la calle en la noche. ¡Quien la manda! Y aún cuando la mujer es vista como víctima de violación y no como culpable, eso también tiene un costo social para ella, por el valor simbólico que se le asigna al cuerpo de la mujer en una sociedad tremendamente machista como la nuestra. La violación significa que la mujer ya no es virgen, que ya fue “usada” por alguien, que su cuerpo ya está “manchado”. Entonces muchas preferimos no hablar de eso, quedarnos calladas antes los múltiples abusos sexuales que vivimos, en mayores y menores escalas, durante toda nuestra vida.

Pero también hay otro elemento que yo siento que juega un rol importante en la actitud que asumimos algunas mujeres frente a la violencia. Y es que con el tiempo nuestro nivel de tolerancia va aumentando. Vamos dejando pasar un poquito más cada día, hasta que un día sin darnos cuenta los abusos ya hacen parte de nuestra rutina. Es tan constante el estímulo, que nos vamos desensibilizando. Quizá para protegernos, incluso, vamos dejando pasar cada día un poco más, hasta que la piel se rompe.

En una relación de abuso casi nunca el agresor hace muestra de su fuerza desde el inicio. Normalmente es un proceso gradual. Primero son malas caras, controles, revisarte las cosas en busca de pruebas de quien sabe qué. Luego los gritos, los insultos. Los forcejeos llegan con algo más de tiempo, luego el golpe. Y de pronto una se pregunta cómo es que llegó hasta ahí. El truco es que el evento de violencia nunca es muy diferente al del día anterior, y si una no denunció el día anterior, ¿por qué habría de hacerlo hoy? Y así se va dejando pasar, y nos vamos volviendo tolerantes, y nos vamos sintiendo cada vez más impotentes.

Yo pienso que eso ha pasado con la sociedad nicaragüense. El robo, la impunidad, los golpes  son tan seguidos, que ya uno ni nota la diferencia. Ya ni se inmuta. Ya hasta esperamos para ver qué es lo que viene. Nos hemos acostumbrado al maltrato. Y mucha gente se pregunta lo mismo que muchas mujeres ante el sistema legal del país: ¿para qué perder el tiempo y las energías denunciando a los corruptos que ostentan el poder en Nicaragua, si de todas maneras el sistema enterito está viciado?

Es muy difícil romper el ciclo de la violencia. Pero muchísimas mujeres lo hacen todos los días. Afortunadamente, a pesar del sistema legal deficiente, ellas encuentran la forma. Tenemos que aprender de estas mujeres, y apoyar a las que por muchas razones no han podido. Tenemos como sociedad que desaprender a sobrevivir, y aprender a vivir realmente. Sin golpes, sin abuso. Se puede, es un proceso, no se da de un día para otro, pero se puede.