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Ph.D. / Ideuca

El proceso educativo constituye una interacción sostenida entre personas siendo la dignidad una de las características más profunda de ellas. Quiere decir que el proceso educativo está íntimamente ligado a la dignidad de cada persona.
La necesidad de respetar, mantener y fortalecer siempre la dignidad humana está inserta en el interior de todo ser humano. La dignidad constituye el núcleo mismo de su ser como persona. Toda relación entre personas es una relación de la dignidad compartida entre cada una de ellas. El proceso educativo se mueve en esta relación de personas, por tanto esta relación es una relación con su dignidad.

En el proceso educativo debe estar siempre presente esa dignidad como lo más íntimo y propio de la persona, lo más suyo de ella, algo que nos obliga a enfrentarnos permanentemente con nosotros mismos para lograr nuestro sentido más radical. La educación es una forma de hacerlo.
En el mundo actual se hace muy difícil que la dignidad sea tenida como lo más íntimo y sagrado de la persona.

De múltiples formas la dignidad de las personas está ausente en las prioridades reales, prácticas, del mundo actual. Basta una mirada a nuestro alrededor y recorrer la calidad de vida de millones de seres humanos hechos de dignidad y exigiendo dignidad desde la satisfacción misma de sus necesidades básicas entre ellas la educación, siendo la dignidad la más importante de ellas.

Las ciencias humanas y en concreto la filosofía salen con fuerza en defensa de la dignidad de la persona. Ya Kant en su segundo imperativo categórico establece que todo ser humano como fin en sí mismo, posee un valor que no es relativo sino intrínseco. Este valor en cuestión que no se puede cuantificar es la dignidad. Hay que afirmar a la persona por sí misma, nunca como medio.
De una u otra manera uno ha leído u oído que existe en el ser humano algo que no tiene precio porque está más allá de todo precio. Ese algo se refiere al espíritu en el que radica la dignidad del ser humano como sustento de su identidad. Lo que en el ser humano es superior a todo precio y que por tanto no permite equivalencia alguna es su dignidad.

La educación es una actividad eminentemente humana, por tanto ética por cuanto la relación educativa debe siempre aceptar a la persona en su totalidad de persona y consiguientemente respetar y alentar su dignidad, su libertad siempre con el propósito de formar a la persona en su plena dimensión individual y social.

No obstante en ocasiones es en el proceso educativo, sobre todo en el sistemático y formal, donde se evidencian frecuentes expresiones que atentan contra la dignidad de los miembros de la comunidad educativa a través de peligrosos desencuentros.

La relación autoridad-director (a); director (a) – maestros; maestros-maestros; maestros-estudiantes, estudiantes-estudiantes, etc. ahí es donde a veces se insertan en forma de la violencia, el acoso, el rechazo, la imposición, etc. acciones todas alejadas de lo que es la persona y en ella lo más propio de ella, su dignidad.

El centro de estudios, la escuela, el propio sistema educativo, son fuentes permanentes de acciones conducentes a incentivar la dignidad de todo sujeto educativo. El director (a), el maestro, el estudiante, los padres y madres de familia, las autoridades educativas son todos ellos portadores de dignidad y por lo mismo generadores y promotores de dignidad.

Qué bueno que nos dediquemos con nuestro esfuerzo a crear calidad en los aprendizajes y en todo el accionar del sistema educativo.
En la misma medida y quizás con mucho más ahinco debemos dedicarnos a fortalecer la base original y permanente del aprendizaje para la vida que es la persona y en ella sus valores y su dignidad.

Tenemos una tarea excepcional que nos llama a la acción todos los días.