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Tres locos perdieron sus peleas en el ampuloso hotel MGM de Las Vegas, Nevada, la fatídica noche del sábado 12 de marzo de 2011. La noche de los presagios de lo que serán en Nicaragua las elecciones de noviembre de este mismo año. Los jueces que desempeñaban su trabajo alrededor de las cuerdas del ring, no pertenecían al Consejo Supremo Electoral, y sus fallos, contundentemente unánimes, fueron justos. Nadie, y mucho menos el púgil perdedor, los puso en dudas. Su pantomima de la mano doblada o del brazo supuestamente fracturado, así lo evidencia. El puertorriqueño Miguel Cotto no estuvo ni manco ni coto ni perezoso. “El matador” matado, como le pasará al “gallo ennavajado”, sucumbió a la hora de la verdad. La hora de la verdad es la hora de la razón, y no hay nadie a quien no le llegue, tarde o temprano, su hora. A todo chancho le llega su sábado, y el próximo mes de noviembre tendrá treinta sábados. Programaron en el Canal de las estrellas del danielismo la transmisión de una pelea subliminal, con comentarista, poemas y matador incluidos: La derrota fue sublime.

No es fácil pelear contra la razón, la cordura y la mesura. En la cordura se resumen todas esas virtudes y los tres locos le echaron la vaca, para salir mal parados. En primer lugar su propagandista de falsos nacionalismos –patriotero de su partido- se la pasó zarandeando a la crónica deportiva para sus evidentes propósitos publicitarios. Con insólito desparpajo y sin más armas que su rastrero compromiso partidario, su incontrolable verborrea, al igual que la de su Caudillo siempre que alguien contradice sus deseos, iba dirigida a fustigar a los nicaragüenses que siendo nicaragüenses no iban con el peleador nicaragüense. Argumento tan pobre y peregrino que igual se podría haber esgrimido para respaldar a los Somoza, y hoy para beneficiar a Roberto Rivas o a Arnoldo Alemán: Pinoleros para desgracia de Dios.

Lo histriónico era que conforme avanzaba la pelea y la falta de facultades boxísticas de “El Matador” se hacían tan evidentes como la cara de dundo que temerariamente le ofrecía a su rival, el periodista del Canal del danielismo iba deponiendo la virulencia de sus armas. Ya no despotricaba contra la efectividad de otros vencedores de “El loco”, y golpe a golpe de Cotto, se preparaba para el irremediable final. Sus arengas a “El Loco” olían a funeral, o encerraban el fúnebre tono de reproche al militante danielista que subió al cuadrilátero, o lo hicieron subir, con ostensible indumentaria partidaria. Su derrota fracturaba la mano pachona del partido, y así fue. Su derrota fue el adelanto de la derrota del danielismo. ¡Qué te pasa loco!, gritaba desesperado “el cronista del Canal frustrado. Y su lamento lo abarcaba y a los otros locos de su partido.

Entre round y round aparecía el Caudillo, en anuncios de propaganda política, como un arreglo floral de su pareja. Arregladito como un jarrón de flores en la enflorada mesa diseñada esmeradamente para su debut como declamador.

Aparecía, y de fondo, mientras recitaba, lagos y volcanes, lindos paisajes, pasando en la pantalla simultáneamente al primer plano de la mesa en la que, desde luego, destacaba la primera dama, como si alguien pudiera poner en duda que ella era la artífice de aquella surrealista coreografía. Mientras el periodista de su Canal sucumbía en su pelea contra el oficio de ser cronista deportivo y “El Loco” sucumbía ante Cotto, el Caudillo la arremetía contra Rubén Darío declamando escolarmente un poema.

Rubén, sin moverse de su esquina, al escuchar aquel poema en boca del Caudillo, dudaba de su paternidad. En aquella pelea, con tan solo su prestancia, vencía como el gran Caupolicán. Cuando ya se apagaban las luces del MGM de Las Vegas, fue levantado en vilo por la multitud. Con él se irguió la esperanza, como un canto de vida de todos los nicaragüenses. Le pidieron que hablara y dijo esto:

“¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?”

luisrochaurtecho@yahoo.com