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Muerte magna
Contemplando las imágenes del terremoto y el tsunami del Japón, sentí encogerme en cuerpo y alma ante la descomunal fuerza de la naturaleza y la grandiosidad del horror de su impacto. En cuestión de minutos las ciudades y las obras de un pueblo milenario, disciplinado, laborioso y resistente, habían sido aplastadas por aquel prodigio de energía abisal que brotó del océano. Centenares de vehículos, botes y barcos, junto a edificios y personas, fueron aplastados por aquella muralla de agua negra y violenta que lo inundó todo y los arrastró consigo al abismo frío y oscuro de donde había salido. El agua, el fuego, la tierra, la madera y el metal, los cinco elementos que según los orientales representan los movimientos de la energía de la naturaleza, se combinaron en Japón en un extraordinario ciclo destructivo, desatando otra energía creada por humanos, la nuclear, que amenaza con envenenar al mundo. Una sensación de insignificancia, futilidad, intrascendencia, trivialidad e inanidad de la propia vida y la de todos los humanos es la respuesta no consciente de la emoción que nos embarga ante la inmensidad de la hecatombe, como si fuésemos reses sacrificiales para Susanowo, el dios japonés de los océanos. Estamos ante una muerte magna, como la cantó Delmira Agustini: “Allá junto a los amplios, profundos océanos, donde los soles mueren entre inefables sones, id a soñar. De vagas, exóticas visiones poblad los horizontes brumosos y lejanos”. ¿Cuántos fueron arrastrados hasta allá? ¿Diez mil, cien mil? ¿Encontrarán los sobrevivientes sus sombras en la playa?

Abbadon, el destructor

El cataclismo japonés ha llevado a la humanidad a contemplar el abismo donde no existe el tiempo histórico sino los incontables eones de la Tierra y los ritmos de la naturaleza: la eternidad, mil millones de años por eon, ante los cuales somos nada. Es desde el magma encendido del interior de  la Tierra y de la gélida negrura de la más recóndita de las fosas oceánicas que ha surgido Abbadon, ese ángel destructor que tiene tanto el poder de liberar las criaturas del abismo como de amarrar al mismísimo Satán. Ha puesto en el tapete el horror primigenio hacia lo desconocido, lo inmenso, lo insondable e incomprensible. El cerebro reptiliano de los humanos reacciona con el mismo estupor de los dinosaurios cuando los impactó el meteorito. Como ellos, nos sentimos deslumbrados, lanzados hacia adelante y amenazados por lo que se viene encima: la nube en forma de hongo de la explosión nuclear si ceden las centrales.  El paisaje japonés, una amalgama de hierros retorcidos, las posesiones personales convertidas en montañas de escombros y basura, los sobrevivientes desguarnecidos; con hambre, dolor y frío. Nadie puede ya reconocer la solidez o perennidad de las cosas. Casi parece absurda la lucha por transformar el espacio donde vivimos y pretender enjaezar las energías de la naturaleza. “Todo lo sólido se desvanece en el aire” dijo don Carlos Marx y llegó Abbadon para recordárnoslo.
 
Estoicos
Encerrados en sus islas por el océano y un entorno agreste, tapizado de volcanes, en las costas de Japón se aglomeran 120 millones de personas. Generación tras generación los japoneses han estado sometidos y enfrentados a grandes desastres provocados tanto por fenómenos telúricos como  por la crueldad y estupidez humana, como las bombas atómicas descargadas sobre Hiroshima y Nagasaki, que evaporó personas y ciudades y los puso de rodillas ante Estados Unidos. Verdaderos maestros ante la adversidad, provoca admiración su reciedumbre y autocontención ante la desgracia y el drama, así como la perseverancia y la porfía con la que se enfrentan a su entorno para levantar de nuevo lo destruido. Las antiguas creencias shintoistas y budistas que perviven en el sistema de valores de los japoneses pueden dar cuenta de la actitud estoica que asumen, pues supone reconocer que los humanos carecemos de control sobre el universo, pero podemos buscar una vida de armonía con él, mientras suceden la creación y destrucción cíclica del mundo, en un eterno retorno. Contrario a lo fatalista que puede parecer, en esta perspectiva el pasado y el futuro cobran sentido en el presente, en el que hay que actuar dotando de sentido el ahora, como momento de libertad y creatividad para un nuevo comienzo. Así, llevan la procesión del dolor, la pérdida, el duelo, el miedo y la impotencia por dentro, poniendo a raya a las emociones para enfrentar de manera fuerte y serena la realidad. Tal vez eso puede explicar el civismo, la disciplina y la cooperación que muestran entre sí los japoneses y que nos hace sentir al resto como bárbaros.

Haiku
Esa capacidad de hacer coincidir lo eterno con lo espontáneo, en el aquí y el ahora, está recogida plenamente en esa forma poética breve y sencilla organizada en tres versos que es el Haiku, que ha sido durante siglos forma privilegiada de expresión del espíritu japonés. Matsuo Bashô (1644-1694) considerado el mayor poeta de este género en Japón, lo definió diciendo que “Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”. Parece apropiado y esperanzador entonces darse cuenta con Bashô que “Los crisantemos se incorporan etéreos tras el chubasco”.  Uno de sus sucesores, Kobayashi Issa (1763-1827) que profesaba un profundo amor por el mundo y sus criaturas, nos señala que para efectos de la pena y la compasión, hay una hermandad entre la suerte de los humanos, los animales y las plantas.  Hoy que la contaminación es una amenaza y la incertidumbre nos invade, nos recuerda que “para el mosquito también la noche es larga, larga y sola”, reconviniéndonos a todos: “No lloréis, bichos, que sufren desengaños hasta los astros”. Indudablemente, podemos estar de acuerdo con Issa que “donde haya hombres, habrá moscas, y habrá Budas también”.