Jorge Eduardo Arellano
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El 12 de febrero de 1809, en una cabaña de mala muerte cerca de Know Creek, Kentucky, asediado por avatares de la pobreza y los peligros del bosque, nació Abraham Lincoln, el paradigmático Presidente de Estados Unidos, quien frente a la dirección del Partido Republicano Abolicionista encabezó la Guerra de Secesión entre el Norte y Sur de la federación americana. Al salir avante, avanzó sobre en el primer escalón político social que marcaría definitivamente cambios en el entorno racial y parademocrático de la Federación: se trata de la famosa y sustancial proclama de libertad de los esclavos negros.

Llama la atención y reviste singular trascendencia que 199 años después del nacimiento de Abraham Lincoln, un hombre genéticamente coloreado –mulato-, hijo de Barack Obama Sr. negro, nacido en la república africana de Kenya, se proyecte en el complejo entramado político del más grande poder mundial, como eventual candidato a posesionarse de la Presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Quizá por vez primera en la historia, el votante norteamericano de cualquiera de los partidos: Demócrata o Republicano, responderá al reto de un dilema sobre el que alguna vez elucubró, pero quizá no había esperado tener en el dintel de la casa. Reviste mayor embrollo político el que una mujer aparezca como candidata presidencial para en enfrentar el fenómeno Obama: la señora Clinton, representando a los demócratas, es primera mujer en los EU que salta a la palestra política para disputar la candidatura a un paradigmático caballero de color, tallo y fruto del mismo partido. El señor Obama desde muy joven casi saltó con garrocha, desde la Universidad de Harvard a la curul del Senado, en donde es materia de decisión la política local y exterior, tanto económica como diplomática y militar de la Federación, que ha influido siempre, y ahora tiene mayor incidencia en el mundo globalizado. Las decisiones que se toman en Washington en alguna medida afectan al resto de países del planeta, de manera fundamental los que trastabillan todavía en búsqueda del acomodo para comenzar a desarrollarse.

Por supuesto, como todo ser humano que ha caminado entre los vericuetos de la fauna política, la candidata Clinton y el candidato Obama tienen su propia historia. Y como raras veces se ha visto y oído entre políticos del mismo partido que compiten por obtención del favor de los votantes primarios, uno que otro taparrabo sucio ha salido al aire, supuestamente en perjuicio del contrario.

Según el New York Time, Obama tiene mayores posibilidades de vencer a Jhon McCain, candidato republicano, que la señora Clinton. Algunos de los sectores proclives al candidato Obama han comentado que Hillary Clinton tiene más conciencia del valor del poder que de la moral en el gobierno; y la consideran una mujer fría y calculadora. Basan las críticas en la supuesta excesiva tolerancia que la hoy candidata fue capaz de observar, primero: cuando el señor Clinton fue gobernador de Arkansas; y más tarde: el “caso de la Lewinsky”, con los que critican a la senadora de mantener rostro de piedra, posiblemente pensando en la carrera por el poder. Estos sucesos crean desconfianza en algunos grupos de votantes. Por supuesto, la candidata Clinton es una mujer inteligente, lista, fría, calculadora –como son los políticos listos-, con la experiencia vivida dentro de las estructuras del poder, para saber hacer las cosas. Por algo, sin ser de New York, corrió por este Estado para lograr la Senaduría… y la consiguió.

El asunto es también un rompecabezas para el votante norteamericano. Así como por vez primera podrían votar por la escogencia de una Presidenta mujer que rompe la tradición, el fenómeno Obama plantea la disyuntiva de que por vez primera en la historia de los EU un negro requiere del consenso de votantes para que lo elija su Presidente. Por supuesto, Obama no es un negro cualquiera, y aunque muchos de los enemigos políticos consideran que procede de una selva racial con raíces en Kenia --la patria de su padre--, el candidato Obama, como en los días de Jackie Robinson, parece estar dispuesto a superar la heroicidad del beisbolista, impulsando inteligentemente la idea contra el racismo iniciada por Lincoln, integrando de manera total la conjunción de etnias, nacionalidades, razas, sentimientos y pensamientos, en una nación americana.

De acuerdo con los vientos que soplan en las primarias, el candidato Barack Obama marcha en la vía del triunfo. El quid de la cuestión para el candidato triunfante a nivel de nación será lo que vendrá después. La elección de un presidente negro en EU plantea un enorme reto tanto a lo interno como en el entorno y conducción de la política exterior, posibles malentendidos con problemas de tinte racial a lo interno; pero quizás una mejor percepción del imperio en la política exterior. Esto último podría viabilizar el espinoso asunto de Irak con salida de las tropas. De llegar Obama a la Presidencia, como parece probable, veremos lo que se le viene encima al Imperio, y por carambola al mundo, de manera especial al de nuestra casa, que sigue patinando en el lodazal de los absurdos políticos.

*El autor es narrador y ex Presidente del Partido Conservador.