Jorge Eduardo Arellano
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El fenómeno de la emigración de nicaragüenses y el impacto de las remesas en la economía familiar, popular y nacional, no ha sido, a mi juicio, suficientemente valorado en su verdadera dimensión por la sociedad y las instituciones del estado. Inclusive, hay muchas divergencias en las cifras del BCN, empresas encuestadoras e investigadores particulares sobre este tema. Según algunos datos públicos, se estima una población de unos 800 mil nicaragüenses radicados en el exterior, una mayoría establecidos en Costa Rica, en segundo lugar en los Estados Unidos y, el resto, disperso en otros países centroamericanos y Canadá y España. Por otro lado, es frecuente escuchar que la mayor oleada de emigrantes se dio en la década de los 80, como producto de la guerra desatada en el país, sin embargo, algunas cifras apuntan a un masivo éxodo a partir de los 90 y hasta la fecha, representando un 65 % de todo el flujo migratorio en este periodo, coincidiendo con el renacimiento de gobiernos neoliberales.

Los datos que circulan en el público muestran que más del 70 % de los nicaragüenses tenemos, por lo menos, un familiar en el extranjero y el 40 % recibimos un promedio de US $ 1,450 dólares cada año, producto de las remesas familiares contabilizadas. Aquí no se registran las encomiendas en especie (ropa, zapatos, cosméticos, electrodomésticos, etc.) y dinero en efectivo que otros familiares o amigos nos traen en sus frecuentes y nostálgicos viajes a su querido terruño.

En cifras brutas, este solidario, oportuno y sacrificado aporte a la economía popular y familiar se traduce en unos 950 millones de dólares al año, equivalente casi al mismo monto de todas las exportaciones del país, sin incluir zonas francas. En otras palabras, estos 800 mil nicas, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, profesionales, obreros y campesinos, forzados a vivir en el exterior (EU, Costa Rica y otros países), sostienen o ayudan a mantener las necesidades y demandas básicas de unos 2 millones de habitantes. No hay ningún programa o proyecto público o privado, o de la cooperación y ayuda internacional que alcance esta suma.

Aunque parezca contradictorio, un alto porcentaje de quienes reciben fondos son familias pobres del sector rural y urbano, ello explicaría en parte las razones por las cuales no han habido reacciones sociales y manifestaciones de masas frente a una deplorable situación económica y las continuas alzas de los productos de consumo, sobre todo de primera necesidad. En otras palabras, las remesas familiares constituyen un fuerte aliado de los gobiernos de turno, y sirven de colchón para amortiguar semejante crisis.

Hay quienes critican que estos recursos no ayudan en nada a la gente que, paciente y esperanzadoramente los recibe, y más bien fomentan el ocio y el consumo en dichos sectores, empujando aún más la inflación. Pero estos detractores no saben o no quieren entender que en otros países el BID y otras iniciativas de ONG han impulsado proyectos y acciones encaminadas a promover la inversión y el uso productivo de las remesas; el mismo Banco plantea que, a nivel mundial, los montos de las remesas superan en creces a toda la ayuda internacional y la inversión, para un mismo periodo.

En nuestro caso, si bien es cierto que una cantidad importante de las remesas regresan a sus lugares de origen vía consumo de productos que no son de primera necesidad (celulares, ropa de marca, equipos y accesorios innecesarios, etc.), otra no menos importante cantidad de recursos se destina a la inversión, ahorro y producción, aunque sea, en estos momentos, a pequeña escala. Reparación de partes de la vivienda, asumir gastos de salud, prestar dinero a un familiar o amigo en dificultad, instalar un pequeño negocio, abrir una cuenta de ahorro, cultivar la tierra, son entre otros, muestras de un uso orientado al bienestar socioeconómico, cada vez mayor, del esfuerzo de parientes en el exterior.

Muchos de nuestros coterráneos se han ido del país de forma ilegal y, si el fenómeno migratorio es por sí mismo angustiante, incierto y peligroso, lo es también, para muchos nacionales, evadir permanentemente a la “migra”, trabajar de forma casi clandestina, en oficios que requieren de un plus esfuerzo y con salarios extremadamente bajos. Aun en el marco de esta dolorosa realidad, la solidaridad fraternal y la responsabilidad familiar de quienes tienen parientes a quien asistir en algún lugar de Nicaragua, no se hace esperar y las cifras arriba expuestas son más que elocuentes.

Lo anterior no significa que esté de acuerdo con que nuestra gente, nuestro capital humano, nuestra mano de obra, tenga que buscar otros horizontes, pero es una realidad presente y mientras nuestro país no genere suficiente empleo, ofrezca salarios decentes y atención adecuada en los servicios sociales básicos, es de suma y vital importancia que las instituciones del gobierno y otros poderes del estado estén conscientes de este inigualable aporte de las remesas familiares a nuestra economía, a la mitad de nuestra sociedad --sobre todo la más vulnerable-- y priorizar en sus políticas, planes y programas acciones tendientes a mejorar el status de los nicaragüenses en el exterior, incidiendo en los países de destino en un trato migratorio justo, en igualdad de oportunidades de empleo y las autoridades nacionales deben empujar la cedulación, derecho al voto en el exterior, etc., así como promover y fomentar el uso productivo de los recursos de las remesas para sostener la economía popular y familiar, y generar empleo y bienestar social.

*Director ONG/Nacional