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Durante casi un siglo a las personas se les ha medido por su cociente (o coeficiente)  intelectual, una puntuación que resulta de algunos tests diseñados para medir la  inteligencia. A mediados de los 80, apareció la teoría de las inteligencias múltiples, y  una década más tarde llegó la revolución con la inteligencia emocional. Desde entonces todo se ha querido cambiar en las prácticas laborales o educativas y en las relaciones familiares y personales.

Ya no se considera suficiente el cociente intelectual y la pericia para lograr del éxito en  la vida, sino que también es imprescindible el dominio de ese complejo psicológico al  que se denomina inteligencia emocional.

Durante décadas se aplicaron los test de inteligencia para ver cuál era el nivel de  inteligencia de las personas. El caso de Hitler, por ejemplo, nos habla de que tener un  cociente intelectual muy alto no nos convierte automáticamente en persona inteligente.  Se necesita algo más.

El antiguo “cociente intelectual” fue perdiendo poco a poco su carácter monolítico y ha  sido posible diferenciar los distintos componentes de la inteligencia, que hoy se  entienden como dimensiones independientes entre sí. Y está claro que la inteligencia de  las personas ya no se reduce a un número (el cociente intelectual), sino que pueden  existir en cada persona impresionantes capacidades de los diferentes tipos de  inteligencia.

La inteligencia personal (tanto la interpersonal como la intrapersonal) determina nuestra  capacidad de dirigir la propia vida de manera satisfactoria y conforma lo que se ha  comenzado a llamar la inteligencia emocional.

¿Pero qué es la inteligencia emocional? Podemos definirla como “la capacidad de  aplicar la conciencia y la sensibilidad para discernir los sentimientos que subyacen en la  comunicación interpersonal, y para resistir la tentación que nos mueve a reaccionar de  una manera impulsiva e irreflexiva, obrando en vez de ello con receptividad, con  autenticidad y con sinceridad.”

También podemos decir que es la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos  y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las emociones en nosotros mismos y en  nuestras relaciones.

El término de inteligencia emocional lo usó por primera vez en 1985 el estudiante  norteamericano Leon Payne en el título de su tesis. Pero quien difundió el término por  todo el mundo fue el escritor y consultor norteamericano Daniel Goleman, que en 1995  escribió el libro, Inteligencia emocional, en el que recopiló mucha información  interesante acerca del cerebro, las emociones y el comportamiento, y en el que formuló  su propia definición de inteligencia emocional.

Lo bueno de estas capacidades es que no son talentos naturales sino capacidades  aprendidas que, una vez incorporadas a nuestra vida, ya se mantienen para siempre. Se  parte de que el control emocional se puede y se debe enseñar. Y se piensa que cuanto  antes se haga, mejor. Por eso proponen pautas para comenzar la educación de las  emociones ya desde la primera infancia. Y por eso las organizaciones de todo tipo se  han lanzado a la formación de sus miembros y equipos directivos con programas que  ayuden efectivamente al desarrollo humano. Y por eso hay cada vez más asesores personales que ayudan a la gente a descubrir y gestionar sus propias emociones.  También abundan los decálogos con consejos específicos para toda clase de situaciones  (desempleados, por ejemplo) y de personas (padres, educadores, directivos…) y con  todas clase de recursos (las siete “eses” para llegar a actuar con competencia: saludable,  sereno, sincero, sencillo, simpático, sinérgico y servicial).

Todo ello ha supuesto una auténtica revolución que se hará notar cada vez más en los  distintos ámbitos de la sociedad. Está claro que ya no es suficiente el cociente  intelectual y la pericia para el logro del éxito, sino que también es imprescindible el  dominio de ese complejo psicológico al que se denomina inteligencia emocional.

*Periodista y escritor
www.telefonodelaesperanza.org