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Compañero de trabajo durante los primeros años ochenta en el IES (Instituto de Estudio del Sandinismo) y amigo mío desde su adolescencia, Jimmy Avilés Avilés se nos fue de este mundo el domingo 20 de marzo. Por tanto, ya no lo veremos más, ni disfrutaremos de su gratificante humor, en la tertulia sabatina que sobrevive en Granada. Convocada por Francisco de Asís Fernández, a ella asisten —además de “Chichí” y su esposa Gloria—, el ex alcalde Silvio Urbina, Fernando López (“Chinano”) y su “negra” María Cecilia Bravo, Ronald Puerto, Álvaro Rivas, Víctor Chavarría, Raúl Xavier García, Horacio Navas y otros intelectuales de la ciudad.

Poetas en su mayoría, los miembros de este grupo —unidos por una arraigada amistad a toda prueba—, conversan de todo, se burlan de todo; pero, ante todo, evocan un pasado más o menos reciente, donde se impone la anécdota singularísima, la nota chispeante, el chiste, la gracia, la alegría. En fin, la risaterapia: panacea contra la tormentosa depresión y la anonia  circundante.
Jimmy, entre todos estos granadinos de tiempo completo, era acaso el más grananidista, hasta el punto que consagró a la ciudad, a partir de los años 70, su pluma.

Así, con los años, llegaría a ser el cronista de Granada al referirnos a su permanencia histórica, viuda cotidiana, tradiciones culturales, personajes de todos sus estratos, descritos por él con acertada precisión. La Piedra Bocona, revista que comenzó a editar con “Chinano” en julio de 1991, contiene muchas de sus crónicas granadinas, dueñas de un estilo propio y destinadas, sin duda, al libro. Siete de ellas las incluí en el volumen  de autores varios Granada de Nicaragua / En el año del Quinto Centenario (1992).

Pero la escritura de Jimmy no sólo se circunscribía al ámbito local, o a la temática localista de su entrañable Granada. También se ocupó de temas que abarcaban la Nicaragua del Pacífico. Al respecto, sus dos ensayos de mayor aliento fueron “La religión como instrumento de dominación durante la época colonial en Nicaragua” (1976) y “Ephraim George Squier y las costumbres nicaragüenses del siglo XIX”; uno publicado en la revista Taller de la UNAN, en León; el otro, como uno de los capítulos de la obra colectiva: Nicaragua de océano a océano / Cinco semblanzas de Squier (2005), lanzada por la Colección UNO, dentro de la colección cultural de Centroamérica.

Asimismo, Jimmy Avilés Avilés incursionó en el análisis literario (especialmente de la obra en verso y prosa de Carlos Martínez Rivas), y en la investigación lexicográfica. Una de estas figura en la primera obra que edité sobre el Español en Nicaragua (1992), patrocinada por el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica; y otras (como “La locura en el habla nica”) en varios números del Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación.

Jimmy fue el principal colaborador de nuestra región oriental en el magno Diccionario del Español de Nicaragua (2007), dirigido por Francisco Arellano Oviedo. Sin embargo, para concentrarme en el título de las presentes líneas, nada mejor que insertar una de las crónicas granadinas de Jimmy: “Velas y entierros de barrios”. Es decir, de la Granada periférica, a la que tanto y tan bien describió con amor y humor. Sea esta reproducción un modesto homenaje a su memoria.

“Atención, atención... nota del duelo. El señor Pedro Pérez, cariñosamente conocido como ‘Cara de Palo’, ha muerto. Su esposa, hijos y demás familia doliente, los invitan a su vela esta noche en su casa de habitación en el barrio El Enredo, saliendo el cortejo fúnebre mañana a las 4 de la tarde. Por su asistencia, la familia doliente quedará profundamente agradecida”.

Módico el precio por hora de autoparlante. “Chocolate”, como ave agorera, repite y repite; anunciando el deceso, mientras en el interior de sus casas unos se preguntan o afirman, según han oído o no el nombre del muerto: “¿A quién andan ‘chocolatiando’”? Hacen un comentario favorable al difunto, porque “no hay muerto malo” y piensan cumplir con ese duelo.

En casa todo es “ajetreo”. Doña Pacífica se ha retirado del aposento del agónico que con oraciones ayudó a “bien morir”, cerró sus ojos y boca atando un pañuelo que sostiene la mandíbula. Vecinos ayudan a arreglar la casa para el duelo: acomodan sillas, visten al muerto, barren la sala, ponen cortinas, prestan enseres y hasta llevan de regalo comida para los deudos. Las hijas y mujeres más allegadas están pendiente de la viuda: agua florida en mano, previendo el desmayo que el rito exige. Los varones “dan las vueltas” de inscribir al muerto, sacar boletas en la alcaldía, preparar la bóveda en el cementerio, alquilar y transportar sillas, y arreglar el asunto de la funeraria; no olvidan el anuncio que son “sus amigas en el dolor”.

A la casa cural ya fue una sobrina y contrató los servicios religiosos del cura, de primera, con misa, sermón y repiques dobles.
Como escenario de “velada pueblerina”, al centro, el féretro: telón oscuro de todo, triste y mustio de suciedad. Crucifijo de hojalata sobresale por lo alto, extendidas ha manos, como indiferente a los de izquierda y derecha. Candelabros con luminosas bujías fijan y calientan la escena, haciendo visible rictus, gesto o mueca del muerto, escapada por el pequeño vidrio del ataúd.

Llegan ofrendas florales. Las primeras preludian, en el decir de la gente, lo bueno o malo del entierro. Alguien comenta: “son de la Flor de Abolengo” y otra suma a lo cursi de la frase: “como las que mandan a los entierros del Centro”.

Los preparativos auguran “buena vela”. Subsanado el problema económico por el prestamista, ya se han comprado varios cartones de cigarrillos, una caja de “ron Plata”, diez litros de guaro donde Payo Hurtado, ocho galones de leche, veinte libras de café, canastos con pan, rosquillas y otros aditivos complementarios.

Siempre hay gente en la casa, señoras vestidas de luto rígido o medio luto dando el “pésame”; el infaltable “siento mucho”, las “gracias” del deudo, acompañadas —según el grado de amistad— con sollozos, lágrimas, llanto o “grito partido” que rompen la monotonía y el rumor de “Padrenuestros” y “Avemarías”, inunda la sala, en voces quejumbrosas y leves de viejecillas especialistas en “rezos”.

La concurrencia va aumentando al ritmo de la muerte del sol, y la sala resulta pequeña para tanto gentío, que ya está acomodándose en sillas plegables, alquiladas a Bayardo Chamorro, en aceras y calles inmediatas a la casa.

Jovencitas —en un ir y venir— empiezan a “repartir”, primero agua helada, luego café con leche y por último sólo café negro. El plato, además, está compuesto de rosquillas, sandwiches y pan dulce. Los infaltables “borrachitos del barrio”, insistentemente, piden su “trago”; otros, con más recato, se han instalado a jugar “desmoche” o “casino”. Se hacen “ruedas” en torno a los “cuenta chiles”... Hay comentario sobre el muerto... De pronto entran los hijos ilegítimos, se oye un murmullo: inclinado sobre el ataúd le ven la cara, dan media vuelta y con gesto despreocupado comenta uno: “está igualito”, obteniendo de respuesta “genio y figura hasta la sepultura”.

Sigue el desborde de “café negro”, guaro y cigarros, mientras la madrugada se va helando y el sueño bota los párpados e los asistentes. La “vela”, especie de festividad luctuosa comunitaria, reminiscencia del ritual indígena llega a su fin, y, como en el teatro, cae el telón y se cierran las puertas de la casa.

La rezadera prosigue. Los Martínez toman por encargo las fotos del recuadro y en el barrio todos se disponen a prepararse para el entierro: limpian los zapatos, asolean el vestido que de guardado tiene olor a cofre y naftalina. Circula entre los varones la decisión de llevar el ataúd al hombro, aunque tengan los servicios de primera de “Chito Bustamante”.

El carruaje, lento dromedario del circo social granadino, negro, hueco, alto, transparente las puertecillas de vidrio. Pajarote azopilotado conducido por caballos blancos, cubierto el espinazo y adornada la cola. Por contraste cómico el jumento, vestido de gala, el hambre lo obliga a mostrar su vergonzosa osamenta al paso lento.

Presidiendo el luto, la viuda no cede su lugar como jefe de regimiento al frente del cortejo. Después del féretro, avanza, al centro de la calle, pañuelo en mano, exhibiendo su dolor que acuoso le brota de los ojos, mientras las campanas de Catedral destilan pesares y quejumbrosas esparcen notas que pellizcan la tristeza.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”. La frase del cura empuja a los acompañantes camino al cementerio sobre la Calle Real. Desde la perilla de Jalteva, subiendo la pendiente de los muros, se aprecia el entierro cual procesión religiosa interrumpiendo el tráfico vehicular en las “bocacalles”. La lentitud se acentúa, como evitando la recta final, el dolor de la última vez.

Pesado, muerto y “viaje” —sin discurso— de un solo tirón al mundo de Caronte. Entre hilera de palmeras, damas de compañía, agitan sus ramas, reverenciando, dándole la bienvenida al recién llegado. El estallido se desborda a la primera palada. El albañil continúa indiferente pegando ladrillos que, poco a poco, van cerrando la bóveda, imponiendo la distancia entre el que se deja y los que regresan a sus casas con sólo la ausencia y los recuerdos del muerto.