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Lo he recordado muchas veces para tratar de explicármelo. Y aún hoy me parece increíble aquella tarde que un sacerdote entró en nuestra aula y se quedó mirando con ojos de lince buscando una presa sobre la que abalanzarse.

-A ver, díganme cuántos de ustedes quieren ser sacerdotes.

La mayoría de nosotros tenía nueve años. Era un colegio de padres salesianos, ya modernizados, pero con aquellas pláticas en las que insistían que lo más bonito que había en el mundo era hacerse sacerdote y misionero. Nos llenaban el aula con imágenes sobre África y los enormes esfuerzos por la Evangelización. Así que era difícil no sucumbir a ese ímpetu de entregar tu vida al sacerdocio, sobre todo en un colegio donde todo era bullicio, alboroto, alegría.

De inmediato, un bosque de brazos se alzó en la clase ante la mirada satisfecha del sacerdote. Pero pronto se le ensombreció el rostro, aguzando aún más su mirada y observando en uno de los pupitres del fondo que dos niños no levantan el brazo.
Corrió hacia donde estaban sentados y les gritó, furioso, si acaso no habían oído la  pregunta. Pero los pequeños seglares hundieron más la barbilla en el pecho y se enroscaron en su negativa a levantar la mano.

El sacerdote se tranquilizó y adoptó un nuevo modo mucho más sosegado pero con  aquella tensión indescriptible en la voz, como un cielo que se está cerrando y sólo se espera el trueno.

-Les voy a decir algo – advirtió dirigiéndose a toda la clase -. A la edad de ustedes, en un colegio como éste, lo normal es que se quiera ser sacerdote. No es normal un niño que no lo sea.

Y repitió el “no es normal” alzando la voz varias veces. Luego salió del aula, y mandó que los dos niños le siguieran. No los volvimos a ver hasta el día siguiente.

Es difícil, muy difícil no influir en la vida de un niño de nueve años, pero es aún más difícil adivinar qué matiz, que secuencia, qué escena se quedará grabada en la memoria caprichosa de ese niño y que perdure por mucho tiempo en su vida. Pero la lucha de ese sacerdote era una de las más viejas que existen, la misma de los padres que obligan a sus hijos, mediante la sugerencia o la manipulación que elijan una forma u otra de vida.

Lo mejor es que luego sucede otra de las cosas más viejas que existen: que los hijos se  rebelan contra el deseo de sus padres y termina haciendo lo que les da la gana. Eso puede ser muy bueno, pero también muy malo. Una cuestión de azar que surge de una intento de imposición.

Cuando se me pasó la fiebre del sacerdocio y comencé a buscar por mí mismo lo que  quería ser, o mejor dicho, a lo que quería dedicarme, fui comprendiendo que pocas cosas hacen tan infelices como las de dedicarte a aquello en lo que no crees o que no amas.

Recuerdo que mi padre tenía la casa repleta de libros y nunca me dijo, “mira, toma, lee  este”: Pero sí recuerdo que una vez, un tío nuestro, quizá sabedor de mis dudas sobre lo del sacerdocio, tenía yo entonces diez años, se apareció con un librito titulado San Manuel Bueno Mártir, de Unamuno, una historia desconcertante de un hombre que pierde la fe y sin embargo continúa evangelizando al pueblo en el que vive durante mucho tiempo con una gran convicción. La razón de su proceder se justificaba según aquel sacerdote incrédulo en que si creyesen, serían más felices.

No puedo acordarme de las sensaciones que me produjo la lectura de aquel libro, salvo  la de la extrañeza, pero sí admiré mucho la forma valiente de la duda, la de enfrentarse a una pregunta, y la de reconocer que no se puede contestar. Nunca supe si es mejor educar a un niño con certezas o con dudas para que el niño/hombre sea capaz de tomar sus propias opciones.

Lo que no me cabe duda es de que la peor forma de marcar la vida de alguien es la de  forzarle a hacer aquello que a nosotros nos gustaría que hicieran. Ni una persona ni un pueblo entero soportan el peso de una orden durante mucho tiempo, a no ser que se trate de un ejército.

Y por otro lado, hay momentos en los que se prefiere tener al frente a un líder nato, a un  tipo de esos con las ideas claras, aunque esas ideas no siempre sean las nuestras. Somos extraños. Por un lado, tenemos una vocación innata por la libertad y por otro, buscamos a veces que alguien nos “baje” orientaciones, estar a la orden, y no pensar demasiado. Eso es el verdadero poder, el verdadero control, y es entonces cuando no hay espacios para las dudas y mucho menos para la libertad. Es entonces cuando la hemos perdido, y a veces sólo para parecernos a los otros,  a los que llamamos normales. He aquí la palabra que causa todos los problemas: “normal”. Ni lo soy ni he conocido una sola persona ni una sola cosa que coincida exactamente con la definición de normal. Para mí, que se trata de una palabra inventada. Y no existe.

franciscosancho@hotmail.com