Jorge Eduardo Arellano
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Uno nunca sabe si vuelve. No existe el mañana en nuestra agenda. Son gajes del oficio. Hay que ignorar el destino y lo demás. El martes pasado un grupo de periodistas abordamos un helicóptero militar para visitar la Costa Caribe Norte, el paraíso perdido. Había buen tiempo, pero a mitad de camino el helicóptero ya nos llevaba aturdidos por el ruido de su antiquísima maquinaria y mareados por el zangoloteo que provoca el viento. Ni siquiera pudimos acomodarnos bien en las bancas duras y relajarnos porque cuando lo quisimos hacer nos dimos cuenta de que frente a nosotros había un gigantesco tanque de gasolina que podía explotar en cualquier momento.

Pero el amor al trabajo hace que perdamos el miedo. ¿Cúantos de nosotros abordamos todos los días estas naves militares, sin ningún seguro que nos proteja. Porque, al igual que los policías o los militares, una familia nos espera en casa. Sin embargo, los periodistas no tenemos seguro de vida. Eso sí: tenemos seguro de muerte. Pero aún así nuestros camarógrafos, jóvenes e imprudentes, se disputan la puerta abierta del helicóptero para captar la mejor toma desde quince mil pies de altura: las verdes montañas, los ríos contaminados, la tierra árida devolviendo la sombra del helicóptero y las nubes pasando frente a nuestros ojos. Ninguno de ellos piensa en la muerte. Ya en el aire, todos somos inmortales. Piensan en el paisaje inédito que captará la cámara y que el editor desechará porque el tiempo es oro en televisión. Pero no importa. Ellos se deleitan haciendo el trabajo, y se sientan a pocos centímetros del abismo, como ingenuos acróbatas, desafiando la vida y la muerte. La adrenalina se les sale por los poros. No tienen nada que perder. Para ellos la toma perfecta es lo que cuenta.

Ésta es apenas una cara del oficio periodístico. El rostro genuino y agradable de este trabajo. El de los camarógrafos y periodistas que viajan a zonas inhóspitas del país en busca de la noticia por varios días, con pocos viáticos, pero con pasión. Ellos no saben si volverán. Ni creo que piensen en eso. Son demasiado jóvenes para pensar en la muerte. Les gusta lo que hacen y están dispuestos a pasar todos los riesgos posibles con tal de llevar la mejor toma, el mejor ángulo, la imagen inédita que sus compañeros no captaron. Aunque sus empresas al final no valoren ese esfuerzo y su pasión, con el tiempo, se vaya apagando de sus corazones.

Ahora veamos la otra cara del oficio periodístico: la del periodista incomprendido. El que pierde amistades y hasta el empleo por denunciar a políticos corruptos, y luego es abandonado a su suerte. El que sólo sirve de caja de resonancia de algunos intereses empresariales y políticos, y deshonra a la profesión. El que cree que puede transformar el mundo, y termina siendo transformado por las circunstancias.

¿Cuántas veces creí ingenuamente que una nota periodística o un reportaje investigativo podía cambiar la vida de una comunidad, o salvar la vida de unas personas, o cambiar, incluso, el sistema político de mi país? Qué iluso fui. Qué ingrata es la realidad. Pensar que por denunciar irregularidades sería premiado por la sociedad, o al menos que los culpables serían castigados por el régimen y sus leyes? Pero, bueno, al menos éste es el periodismo que volvería a practicar si volviera a nacer.

Por eso digo que ser periodista es nacer loco. Ni los doctores, ni los ingenieros, ni los administradores de empresas tienen los problemas que nosotros enfrentamos. Y no me refiero a los salarios, que son escuálidos. Ni tampoco a nuestras noticias, que son intangibles y peligrosas, porque hablan del comportamiento de los seres humanos. Me refiero a que mientras todas estas profesiones amasan sus buenas fortunas vendiendo al mejor postor sus conocimientos, los periodistas nos peleamos con el mundo, con nuestros amigos, hasta con nuestra familia; nos creemos dueños de la verdad, apóstoles de la justicia. Algunos, los más locos, adoptamos aires de mesianismo y vivimos la utopía de la libertad y la igualdad social. Eso somos los periodistas: profetas incomprendidos, pensadores con hambre en nuestros estómagos, pero llenos de esperanza y dignidad. Hombres que arriesgaron su futuro por ayudar a construir el presente. O al revés: Hombres y mujeres que arriesgaron el presente para ayudar a construir el futuro.

Todo esto pensé mientras venía volando hacia Managua, y los colegas ya no se disputaban la puerta del helicóptero y las cámaras estaban apagadas y todos dormían cansados por el viaje y por el ruido, y por las incomodidades y el riesgo. Pero a pesar de estar dormidos, bajo el ruido infernal del helicóptero y frente a la bomba letal de gasolina, estoy seguro de que volverían a viajar, a disputarse la puerta o la ventanilla, a soñar con la toma perfecta, con la primicia periodística. A morir si es necesario con una estrella anónima en sus manos.