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La mañana de septiembre de 1986 regresé a la Coordinación de Ciencias de la Comunicación de la División de Postgrados de Ciencia Política y Sociales, y el maestro Julio del Río ya no estaba al frente de esa institución. En su lugar encontré a Rafael Rezéndiz, quien acababa de regresar de Francia luego de concluir sus estudios de doctorado. Estaba en el límite de presentación de mi tesis. Durante cuatro años había estado investigando, leyendo y sacando notas sobre el tratamiento que daba el sardo Antonio Gramsci al tema de la hegemonía y sus chispazos deslumbrantes relacionados con el campo de los medios de comunicación. Agoté casi toda la bibliografía existente en español. Autores de diversas lenguas y procedencias ideológicas analizaban entusiasmados su audacia creativa y sus aportes al marxismo. Su par en América Latina para mí, José Carlos Mariátegui.


Nicaragua vivía bajo el acoso de Estados Unidos y por mucho que uno se acostumbrara a sortear las vicisitudes, sacar tiempo para completar mi investigación era misión imposible, no había redactado ni una hoja. No estaba dispuesto a adoptar la posición asumida por algunos de mis compañeros, muchos de ellos igual que yo procedentes de otros países; que de forma inexplicable no concluyeron su monografía. ¿Invertir tres o cuatro años de estudios a cambio de nada? Después de inscribir mi tesis, platiqué con Rezéndiz. Se mostró amplio, muy receptivo. De acuerdo con el reglamento vigente tenía exactamente cinco meses para presentarla y defenderla. La otra visita de rigor fue al Instituto Mexicano del Consumidor, para comunicarle a Luis Lorenzano que estaba de regreso y deseaba fuese mi tutor; aceptó gustoso. Era un argentino atípico, con una hoja de vida multifacética.


A Luis lo había ganado una vez concluida la huelga decretada en mayo de 1983, por el Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM). Con rapidez me apropié de los códigos de la sociedad mexicana. La contribución de la argentina Delia Crovi fue decisiva. Delia, mi profesora de Políticas Nacionales de Comunicación y una amiga espléndida, con años de vivir en esa megalópolis, tenía la virtud de descifrarme con agudeza el comportamiento de la sociedad mexicana. La huelga se extendió del 31 de mayo al 28 de junio. Al regresar a clases, el profesor de Metodología de la Investigación, muy campante expresó, tenemos que repetir el curso. El paro se extendió demasiado. El primer reprobado soy yo, remató Lorenzano. Lo quedé viendo y reí maliciosamente. ¿De qué ríe el compañero?, preguntó. Discrepo de su afirmación. Una salida demasiado fácil. Ahora fue él quien sonrió.


Nos advirtió que existía una manera de saber si podíamos seguir adelante. Compañero, pase a la pizarra y habla un poco de los tres libros que pedí leyeran. Como yo había llegado a México a estudiar hice un breve recorrido por los textos, Luis exclamó, el curso continúa. Este fue el inicio de una amistad donde solo hubo un ganador: nadie influyó tanto en mis lecturas de esos meses como Lorenzano. Me dijo que podía llegar a su oficina; lo visitaba tres veces por semana en horas de la mañana. Tenía una memoria y erudición sorprendentes. Poco a poco fue desmadejando sus conocimientos. Conocía el desarrollo de los partidos y movimientos políticos de Nicaragua. Tenía un juicio favorable del Movimiento de Acción Popular Marxista-Leninista, (MAP-ML). Entonces supe que había sido trotskista durante una época de su vida, como también había sido maoísta. Jamás dejaba de sorprenderme.


Con el tiempo deduje que Luis era el clásico intelectual orgánico del que habla Gramsci. Por mucho que imaginaba cómo un hombre de su temperamento había ganado su cátedra en la UNAM, no lograba acertar. La única razón para mí era su sólida formación; con un vuelo intelectual muy amplio. Callado en extremo, desaliñado y con sus camisas siempre remangadas. No hacía vida política partidaria visible. Escéptico y apático con el rumbo de México, nunca cuestionaba su situación, tanto que eludía las críticas, pero se mostraba agradecido por la acogida que brindaba a los exiliados chilenos y argentinos. Para mí su figura antitética era el argentino Roberto Bardini, encargado de editar Cuaderno del Tercer Mundo, revista de Ciencias Sociales de prestigio continental. Se desplazaba a sus anchas por todo México. Tenía instalado su cuartel de operaciones en California 98 “A”, Cd. Parque San Andrés, Coayacán.


México era un hervidero de intelectuales venidos de distintos rumbos, una oleada como la que llegó huyendo de la guerra civil española, lo impregnaba con su sabiduría. La disociación entre la política interna y externa practicada por el PRI abría puertas y ventanas para que perseguidos políticos escogieran establecerse en el país. Todos se sentían acogidos, nadie se sentía extraño en tierras mexicanas. En una ocasión fui invitado por Bardini a dejar unos textos a la embajada de Cuba. Sonriendo dijo que todos sus movimientos eran registrados por los servicios de espionaje mexicanos y que no era remoto que frente a la embajada de Cuba hubiese cámaras registrando a quienes entraban y salían de la sede diplomática. Se parqueó unos metros delante de la puerta de entrada y entregó unos papeles a los vigilantes. Aquí no hay modo que escapes del espionaje. En México operan todos los servicios de inteligencia que podes imaginar, agregó.


A Mex-Sur Editorial debo la publicación de mi ensayo Anotaciones sobre periodismo y revolución en Nicaragua, (México, marzo de 1983). La estadía de Danilo Aguirre sirvió para estrechar lazos. Su cargo de Secretario General de la Federación Latinoamericana de Periodistas, (FELAP), tenía un peso significativo. El peruano Germán Carnero Checa, se había encargado de encumbrar a la  FELAP. Tenía prestigio y su combatividad periodística lo catapultaba a la fama. La organización era un frente de lucha. Danilo se encargó de presentarme a Bardini y así fue que pude enterarme que su verdadero oficio consistía en ser militante de la causa revolucionaria. La manera como se comportaba indicaba que sabía caminar como un virtuoso sobre el filo de la navaja. Lorenzano una vez dejó entrever que sesionaba con algunas células políticas.  Pocas veces hablaba de estos temas.


Sólo la profesora Tatiana Galván era mexicana, me impartía Teoría de la Comunicación. Alta, morena, ojos negros chispeantes, pelo corto, piernas largas, dejadas al descubierto al  sentarse, sonrisa fácil. Delia se encargó de presentar mis credenciales ante ella; estaba casada con un miembro del ejército mexicano, esa circunstancia jamás impidió que fuese crítica de la política llevada adelante por el PRI. Tenía una maestría en comunicación obtenida en la Universidad de Stanford. Me reveló que don Henrique González Casanova, así como lo ves, es un peso pesado de la política mexicana. El denominador común de mis profesores era su proveniencia de diferentes tierras y su interés especial por el estudio y la investigación. ¿Conspiraban? Nunca lo supe. Tampoco iba a preguntárselo. La comunidad universitaria de la UNAM se mostraba particularmente sensible por el destino de la humanidad.

   
Mis otros profesores, Jorge Calvimontes, boliviano, Carlos Villagrán Díaz y Armando Cassigoli, chilenos; Delia y Lorenzano, argentinos, andaban preocupados por escribir y publicar sus textos. Villagrán y Cassigoli, habían publicado en tres volúmenes, La ideología en los textos, (Ediciones Marcha, 1982), una recopilación de los autores más connotados en el tema. A ellos debo mi reencuentro con los libros de Ludovico Silva, el gran venezolano, un ave heráldica para explicar el marxismo, anti dogmático, iconoclasta y herético. El encargado de presentármelo fue el poeta Pablo Antonio Cuadra. Me obsequió su Antimanual para uso de marxistas,  marxólogos y marxianos, (Monte Ávila Editores, Caracas, 1975); una vacuna milagrosa contra el esquematismo y la arterioesclerosis conceptual. Lo invitaron a inaugurar un seminario en México sobre ideología y política; desde que llegó comenzó a tomar; solo comía manzanas. A la hora de la hora fue el mejor panelista. Sin duda.


Durante un seminario celebrado en el desaparecido Hotel del Prado (1983), bajo los auspicios del Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET), integrado en su mayoría por sudacas, conocí al argentino Máximo Simpson Grinberg, un entusiasta de la comunicación alternativa. Como me mostrara escéptico, al enterarse que estudiaba comunicación en la UNAM, me pidió inscribiera su asignatura. Indagué las razones y me dijo con la mayor inocencia del mundo: “Animarías la clase. Necesito un contendor que permita asentar mis planteamientos”. No había duda pretendía que le sirviera de sparring. Su compilación, Comunicación alternativa y cambio social (UNAM, 1981), versaba sobre un tema que había dejado de interesarme hacía mucho tiempo. La pregunta inevitable, ¿Alternativa frente a quién o frente a qué? Una vez en el poder, ¿En qué consistía lo alternativo? ¿No era lo otro lo alternativo?


El maestro Julio del Río y Rafael Rezéndiz, jamás hicieron sentirnos extraños. Luis Lorenzano, mi maestro de vida, trabajaba para una institución que se ocupaba del tema que lo llevó a escribir un texto pionero,  La publicidad en México, (Ed. Quinto Sol, 1985). México resultaba fascinante por la riqueza de tonalidades que brindaban al paisaje los millares de exiliados y estudiantes llegados del resto de América y Europa. En mis clases había colombianos, ticos, dominicanos, peruanos, argentinos, gringos, españoles, mexicanos. A veces coincidíamos en algunas asignaturas; dejaban a tu arbitrio preparar tu menú académico. ¿México para los mexicanos? Quién sabe. O tal vez.