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“El Triunfo de los generales romanos era una ceremonia cuya apoteosis se alcanzaba con el desfile en Roma repleta de ciudadanos que vitoreaban a los héroes. A la cabeza desfilaban los senadores. Precedido por los lictores, un carro en el que iba el general victorioso y a su espalda un esclavo sostenía sobre su cabeza una corona de laurel y le murmuraba continuamente al oído: “Recuerda que no eres un dios”.


Tenemos un déficit bestial y peligroso de líderes democráticos y patrióticos. La nicaragüense es una sociedad necesitada de iconos de conciencia, modelos a seguir en la vida cívica, patrones a imitar y buenos ejemplos que conservar. Todos los pueblos tienen paradigmas que como estandarte guían las conciencias en la vida nacional.


Unos son de carne y hueso, como fue estando en vida José Figueres para los costarricenses. Otros son leyendas históricas, como es El Cid Campeador para los españoles, para quienes El Cid representa la heroicidad y la identidad nacional. O producto de la imaginación de algún escritor inspirado como Cervantes y que sirven de ejemplo sus moralejas en la vida real como Don Quijote de La Mancha, el Ingenioso Hidalgo. Otros son personajes históricos, como es Churchill para los ingleses. Inglaterra tiene a sus primeros ministros y sus gobiernos por la grandeza del Estado británico, a Thomas More, autor de la Utopía, a Shakespeare y su producción literaria.


Alemania tiene a Goethe y su filosófica literaria, tiene a sus emperadores héroes, a Bismark que como jefe de gobierno produce la unión de Alemania, Austria a sus compositores que viven en el alma de la nacionalidad, de todos los cuales se sienten orgullosos y les dan una caracterización patriota-espiritual.
Italia tiene el renacimiento, su Divina comedia, los Médicis, a Garibaldi, a la Roma Clásica, a Cicerón, a Julio César, a Marco Aurelio, a Leonardo.


Francia a De Gaulle. Venezuela a Bolívar. México su revolución y sus cadetes héroes, a sus aztecas y su cultura. Los Estados Unidos de Norteamérica tienen a George Washington, a Jefferson, a Franklin, a FDR. En fin, cada pueblo tiene sus paradigmas a seguir según las circunstancias.


Para los nicaragüenses en general nuestros iconos y paradigmas populares son boxeadores o jugadores de baseball, lo cual estaría bien, si compensáramos y equilibráramos con ídolos cívicos en nuestras conciencias y nos dieran alguna identidad nacional. En realidad los otros héroes nacionales los guardamos en el olvido y a Andrés Castro solo lo mencionamos en las fiestas patrias.


Tenemos a Rubén Darío como un héroe de todos, pero en realidad Rubén no pasa de ser más que una vana ilusión, como: “La princesa no ríe, la princesa no siente; la princesa persigue por el cielo de Oriente, la libélula vaga de una vana ilusión”. Rubén es repetido, como repiten las loras, inconscientemente, mecánicamente, no como ejemplo a poner en práctica, no es más que una vaga visión lejana, intangible, una poesía, un verso, una gloria que flota en el espacio del tiempo. Es alguien, a quien, pueden repetir pero no imitar. Para nosotros el verso: “Si la patria es pequeña uno grande la sueña”, es una expresión vacía que repetimos sin consecuencias, muy diferente el caso de los japoneses con el “Gambarimasu”, especialmente ahora con los desastres naturales, que es uno de los versos más utilizados, se lo dicen así mismos o lo emplean para alentar a los demás y podría traducirse como “perseverar y dar lo mejor de uno mismo”, y condensa el espíritu colectivo de la sociedad japonesa.

Si uno viaja a otros países y le pregunta al chofer de un taxi sobre un poeta nacional, con facilidad le recitará unos versos. En Nicaragua eso no ocurre. Rubén Darío es totalmente ignorado por la mayoría de los nicaragüenses. No es un poeta que memorizan y recitan las masas. Tal vez, demasiado barroco, elegante, excesivos reyes, princesas y palacios con alabarderos, clarines y regios elefantes. Las mayorías empobrecidas, que son la mayoría de la población, no conservan en sus casas algún libro, librito o libreta, con poemas de Rubén. Los niños no son educados en la obra de Rubén como ocurre en otros pueblos con sus poetas o compositores.


Los pueblos deben tener paradigmas que admirar y ejemplos que sirvan de punto de referencia para orientar su conducta y afirmar su identidad nacional.


En una época cuando los valores éticos-políticos están por el suelo o no existen. Cuando prevalece en la política el chantaje, el vicio, la corrupción y la amenaza, Doña Violeta B de Chamorro, entre nosotros, debe ser un ejemplo cívico de buen gobernante que debemos exaltar. En el contexto general, Doña Violeta fue una buena presidenta. ¿Que su gobierno pudo ser diferente? Es posible. Es imposible fijar reglas generales para una materia como la política que es esencialmente imprevisible y varía según las circunstancias. Es una pena que los presidentes posteriores no imiten su estilo particular de gobernar con sencillez, humildad, desprendimiento y desinterés personal y sin querer quedarse con la presidencia para siempre. El suyo fue un gobierno donde ella puso en su desempeño sus mejores intenciones personales.


 A Doña Violeta le tocó ser presidente en el gobierno más difícil que alguien pueda desempeñar en cualquier época y en cualquier parte. Sin experiencia política, ella recibió el encargo de la nación para reconstruir el Estado después del desastre del FSLN y la revolución traicionada que destruyó Nicaragua entre 1979-1989, y además tuvo la tarea patriótica, pero ingrata, ingrata porque nunca es agradecida por nadie, de emprender la reconciliación nacional de una sociedad extremadamente dividida y polarizada.


Construir es más difícil que destruir. Se destruye con facilidad, pero se construye con dificultad. A Doña Violeta le tocó la dura tarea de colocar las bases para reconstruir y levantar Nicaragua de las cenizas como el Ave Fénix. Ella tuvo la virtud natural de ser un gobernante modesto, recatado, reservado y sencillo y puso en su gobierno la mejor buena voluntad y sus mejores intenciones personales.


En todo gobierno queda impreso el sello de la “actitud personal” del gobernante. Y así ha pasado a la historia de Nicaragua la presidencia de Doña Violeta, como un gobierno en el que prevalecieron la buena voluntad y las mejores intenciones de la presidente.


Doña Violeta estableció un precedente que debería ser tomado como base cívica para los requisitos que debemos demandar de cualquiera que quiera aspirar a la presidencia: 1) No querer reelegirse ni eternizarse en la presidencia. Después de ser presidente, le ofrecieron otra candidatura y ella dijo “Ya no mas, es suficiente”.Terminó su periodo y punto final; 2) En lo personal no ver al Estado como botín.