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Además de lo falso de sus mensajes, la forma excesiva de la propaganda orteguista, provoca saturación  y asco. La mezcla de anuncio y mensaje ideológico de la propaganda electorera de Ortega –con cuatro años de duración—, se ha vuelto tóxica. No llega, como suponen, a la conciencia de amplias masas para convencerlas, si no para cansarlas.  

Sus propagandistas persiguen adormecer el discernimiento para que se adopten sus mensajes como verdades. Ellos no tratan de educar sobre nada, sólo de convencer, y de ahí que lo reiterativo de sus mensajes no lo vean como un derroche de recursos, sino como un mecanismo necesario, al estilo gobeleano, de repetir las mentiras, pensando que los receptores terminarán aceptándolas como verdades. Su problema es que la gente sabe preguntar.

¿Cómo ser “pueblo presidente”, si el pueblo no es nadie en concreto, sino en abstracto? ¿Y cómo Ortega puede ser “pueblo presidente”, si su cargo real es fuente de privilegios que sólo él y unos pocos alcanzan? Esa realidad no cambiará nunca, así la pregonen por todos los medios, a todas horas, en todas partes. Y no es que ellos lo ignoren, es que no les cuesta, y la propaganda es uno de sus innumerables negocios familiares.

¿Cómo podrán creer que su mentira es más poderosa que la realidad, y que no es difícil para una persona normal descubrir el engaño? Claro que no lo creen; si lo creyeran, no usaran el chantaje laboral para obligar a los empleados públicos a demostrar que se engañan. Y si estuvieran convencidos de su efectividad, no tendrían que recurrir a la represión de las manifestaciones cívicas. La inutilidad de su  propaganda la compensan con la contundencia de las piedras.  

Si soy parte del “pueblo presidente”, ¿por qué no estoy enterado de cómo se gasta o distribuye la colaboración venezolana ni tengo la oportunidad de informarme, porque son recursos que no pasan por el Presupuesto General de la República? Si no me lo informa nadie, y el “pueblo presidente” ficticio y sus allegados cada día acumulan más riquezas, viven en mansiones que antes no tenían, ¿no será que lo están haciendo a costa de los recursos nacionales que escamotean para no abrirme fuentes de trabajo ni para rebajar el costo de los alimentos

¿Por qué si soy “pueblo presidente” colectivo, no tengo la libertad de movilizarme en las calles de mi ciudad por dónde y cuándo el “pueblo presidente” ficticio hace acto de presencia?

Si yo, y millones como yo, siendo “pueblo presidente”, trabajando o medio trabajando toda la vida, no puedo adquirir lo básico para alimentar a la familia, ¿de dónde saca tantos millones el “pueblo presidente” ficticio, sus familiares y sus allegados para invertir en grandes negocios, si no han trabajado para contribuir a la producción nacional en toda su vida?  

Si las condiciones de vida del “pueblo presidente” ficticio y las del pueblo verdadero son tan incomparables, ¿a qué Dios le agradece Ortega por derramar sus bondades desde el subsuelo venezolano sobre Nicaragua? ¿Será el mismo Dios que le permite darle al pueblo migajas en forma de dádivas, y pretender que se las agradezca, y se lo demuestre votando por su ilegal reelección?
Son infinitas las preguntas que el pueblo puede hacerse al respecto de tantas contradicciones del pregón orteguista con los hechos expresados por sí solos tal cual, sin la muleta de la manipulación (iba a escribir “manipulación mediática”, pero no lo hice, porque esa es una palabra estúpidamente abusada por el oficialismo para defenderse de las verdades reproducidas por los medios de comunicación).

Hay otros ángulos en la propaganda de los cuales se comenta poco. Nos referimos al mensaje propagandístico destinado a que las personas piensen y se sientan co-partícipes de sus temores a perder el poder político y, con ello, el poder económico acumulado.

A eso se orientan cuando propagan que se pretende “derrocar” a su gobierno de “unidad y reconciliación”, para hacer desparecer las conquistas sociales, entre ellas la  salud y la educación gratuitas. Los propagandistas parecieran no imaginar que los receptores de esos mensajes experimentan diario que la supuesta gratuidad no se expresa en buenas escuelas ni en las medicinas en centros de salud y hospitales, y que las “conquistas sociales” son dádivas a su clientela partidaria.

Otro pregón orteguista, en la búsqueda de quienes compartan sus temores, es publicitar que si gana “la derecha”, volverían los robos en el Estado… ¡como si alguna vez se hubieran ido! Para ello, y como demostración de su verdad, citan la corrupción de Arnoldo Alemán en la Alcaldía y en la presidencia. No hayan cómo borrar de la conciencia colectiva –nunca podrán hacerlo— que este político es su mejor aliado, e igual que ellos ha saqueado al Estado, y son co-autores de la crisis de institucionalidad que vive el país.

Con su propaganda han saturado calles, carreteras, pueblos y ciudades, pero no pueden ocultar con sus rótulos las mansiones construidas o compradas de la noche a la mañana. Su propaganda que atiborra las instituciones del Estado, no puede ocultar los robos ni a sus autores en esas mismas instituciones.

Otros recursos utilizados por la propaganda orteguista son unas verdades a medias, otras retorcidas y unas más desfasadas, aunque también funcionan como un bumerán. Los políticos opositores, dicen,  buscan el poder para defender sus intereses; tienen capital acumulado de la explotación de grandes negocios, productos de su saqueo del Estado; nunca sus gobiernos se interesaron en desarrollar programas sociales, etcétera.

Bien, muy cierto, pero eso no le da derecho a Ortega a eternizarse en el poder, menos fraudulentamente. Con el poder en sus manos no reivindican a ningún sector del pueblo, y éste no necesita de intermediarios oportunistas para conquistar algo, ni tener que perder su autonomía ni su dignidad ante nadie. La naturaleza egoísta, usurpadora y antisocial de los capitalistas salvajes, sobre los cuales Ortega vive alertando, él no los está descubriendo, si no reemplazando. Cobrándonos caro, además, porque está usurpando derechos democráticos y desestabilizando al país institucionalmente como sólo Somoza lo había hecho.

No son pocos quienes observan que este gobierno actúa a favor de los corruptos de una manera franca, como si con la actitud de omitir, callar o ignorar las denuncias sobre la corrupción –bien documentadas, por cierto—, pudiera borrar los hechos. Su lógica funciona así: si no los castigo, demuestro que no delinquen, y si los corrijo, admito que delinquen. Entonces, mejor lo ignoro todo.

Es inútil hasta intentarlo, porque cómo sea presentada, la contradecirán los hechos. No hay sutileza que valga para despertar solidaridad en el pueblo con la cúpula corrupta. No basta que recuerden que los gobiernos anteriores han sido corruptos. El pueblo lo sabe y no ha sido co-partícipe de ninguno de ellos, por lo tanto, tampoco va a cargar con las culpas de este gobierno.