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Este viernes 25 de marzo asistí a un desayuno-conversatorio sobre la inminente destrucción de lo que quedó de la Reserva de Biosfera Bosawas. Como familia recibimos dos invitaciones por la Comisión Nacional de la Unesco, una dirigida a mi hijo Nolan, Ingeniero en Sistemas de Agro-producción, quien internándose por casi un mes en Bosawás elaboró un estudio resumen para la Unesco, enfocado en los actores relevantes para prevenir el colapso de la Reserva, la otra era para mí, como colaborador externo de la Comisión desde años. Mi hijo declinó la invitación, diciendo que no quería asistir a un entierro, en el entendido de que según su opinión se conoce hasta al detalle los orígenes y causas de la destrucción inminente del núcleo de la reserva, sin embargo, más allá de discursos, estudios y sermones, nadie estaría dispuesto a atacar esos orígenes. Y que precisamente eso iba a manifestarse una vez más en el conversatorio. Tengo que aceptar, después de mi participación, que el hijo tenía toda la razón.

La parte central del evento la ocupó una cátedra verdaderamente magistral del Dr. Edward Müller, Rector de la Universidad para la Cooperación Internacional y Vicepresidente para México, Centroamérica y Caribe Hispano de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas. Se presentaron en forma extensa y profunda las causas y consecuencias del Cambio Climático, vinculando sus aspectos globales y manifestaciones locales, y dentro de ese panorama el papel destacado de las Reservas de Biosferas como vitrinas de otro desarrollo posible, que conjugue la conservación del medio ambiente y el bienestar humano. El Dr. Müller vinculó en particular la cultura de avaricia y del consumismo individual con la destrucción del hábitat para todos, la Tierra. Hasta logró contraponer en cifras el aporte posible de esas reservas al bien común versus las, en comparación, pobres ganancias al destruirlas en aras del lucro privatizado.

Al fin se mencionó los compromisos que Nicaragua adquirió a nivel institucional al registrar Bosawás y otras dos áreas como parte de la Red Mundial de Reservas de Biosfera del la Unesco, compromisos por cierto incumplidos por Nicaragua. Sin embargo, en la parte operativa, práctica y política, la cátedra se quedó corta, limitándose a una apelación dramática de tomar más conciencia, primero, promover la educación, formación profesional e investigación ambiental con un enfoque holístico, segundo, y crear las instancias de concertación multisectorial previstas en el Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB por su acrónimo en inglés), de la Unesco, iniciativa reforzada por el Convenio sobre la Diversidad Biológica aprobado en Nagoya, Japón, en octubre de 2011.

En el caso concreto de Bosawas, la base material de su destrucción no es la invocada cultura de avaricia y del consumismo individual, sino el deseo tanto de los habitantes mismos de la reserva, los Miskitus y los Mayangnas, como de los colonos mestizos invasores; los dos pueblos por ganarse una vida simple, quizás mejorada un poco en sus condiciones desde la alimentación, las chozas, las vestimentas hasta la expectativa de vida, es decir no morir antes de cumplir los 50 años ni perder 1 de cada 4 infantes antes de cumplir los 5 años. Tan poco, pero muy, muy lejano.

Obviamente hay sus aprovechadores de esa situación, desde madereros ilegales, quienes pagan miseria por cada tronco, pasando por ganaderos ricos y no tan ricos, que mandan su ganado a pastas en el periodo seco desde Boaco, Chontales y hasta Honduras, al fin abogados inescrupulosos, funcionarios públicos coludidos y políticos detrás de votos, quienes todos sacan su tanda, y tanda mayor que los mismos afectados, sin olvidar que los narcos también ya detectaron al área como terreno de aterrizaje, tránsito y reabastecimiento.
Ante esa situación, me atrevo a postular que ni el discurso ético ni la invocación de la espiritualidad aún existente de los Mayangna contribuirán mucho a evitar la defunción de Bosawás, más bien son como los sermones anticipados a presentarse en el entierro cuando se lamenta la perdida definitiva de algo tan valioso. Tampoco sirve mucho redactar mas leyes, para que no se cumplan, reactivar gremios nacionales que nunca pasan del palabrerío a la acción, ni mucho menos más investigaciones o diagnósticos. Ya conocemos la enfermedad, entonces si se quiere evitar el deceso, hay que combatirla, más si las raíces son económicas, entonces hay que atacar el problema económico de fondo.

En cuanto a los Mayangna, que durante siglos han conservado esas riquezas, hay que pasar de la apreciación ideal a la apreciación real, facilitándoles condiciones de vida más dignas y menos penosas, y cuando corresponda también a los Miskitu. En concreto, la Nación, Nicaragua, debe garantizarle a cada Mayangna un ingreso y acceso a bienes, materiales y servicios equivalente al promedio nacional. Suponiendo unos 28 000 habitantes Mayangna resultan al inicio unos 28 millones de dólares al año, más o menos el equivalente al subsidio del transporte en la capital, Managua, o un cuarto de lo que se gasta anualmente en las Universidades del CNU.

En la mecánica de implementación se define ese “pago por servicios ambientales” en consenso con cada comunidad del territorio, descomponiéndolo en aportes en forma de bienes, materiales y servicios más el pago del equivalente al salario mínimo rural para las personas en edad a trabajar. En cambio las comunidades se comprometerían a cuidar lo que aún queda y reforestar lo que ya fue destruido. A parte del presupuesto nacional, programas internacionales como REDD podrían aportar los fondos requeridos.

En cuanto a los invasores y colonos, consta que a los ganaderos grandes y los comerciantes de carne bovina actualmente les resulta económicamente más beneficioso destruir el medio ambiente y sus riquezas –no les cuesta nada- que invertir en sistemas de cultivo de forraje. Cobrarles por los daños causados re-establecerá un equilibrio económico más sano. Para no castigar a unos y en su lugar beneficiar a otros en el mismo ramo, se establecería un gravamen nacional de recompensa por daños ambientales a la exportación de ganado en pie y al procesamiento de la carne, impuesto que se reduzca hasta que se exima por completo, cuando se pueda demostrar que el producto proviene de una ganadería sostenible. Se cobra al final de la cadena, tal que exportadores y mataderos tengan un incentivo para presionar a sus ganaderos- proveedores.

Se controlaría a la proveniencia del ganado por medio del Sistema Nacional de Trazado del Ganado, cuyo costo de implementación -unos 7 dólares por animal o 35 millones en total al máximo- es irrisorio, comparado con los beneficios mencionados y tomando en cuenta los ingresos por exportación ganadera anual, según los ganaderos ya más que 400 millones. Además es un sistema cuyos certificados desde ya exige la Unión Europea y también los Estados Unidos están por exigirlos. Los ingresos servirán para iniciar un programa masivo de reforestación y de manejo silvopastoril sostenible, dándoles así una alternativa real a los invasores del núcleo y a los colonos en la zona de amortiguamiento.

Igual como antes, los ingresos en concepto del gravamen podrán complementarse por programas internacionales de preservación y restablecimiento de bosques tropicales.
Como mostrado con esas dos propuestas concretas –y por cierto habrá más- hay alternativas viables a la destrucción de Bosawás. ¿Qué nos impide pasar como país de un réquiem anticipado, como lo fue ese evento, a una misa de alegría por la resurrección de Bosawás?

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