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El imperio. Quiero aquí decir Estados Unidos y su furgón de cola, la Unión Europea, en medio de su crisis económica y su decadencia ética, demuestran que la única salida que avizoran para sostener una dominación que se les escapa, es el ejercicio de la fuerza bruta, la rapiña sin máscara y la promulgación de la ley de la selva en este planeta que tienen al borde del Apocalipsis.

Como les pregunta Fidel, ¿a quién creen que engañan? ¿Para qué sirve esa hoja de parra de la resolución del Consejo de Seguridad si quedan al descubierto todas las inmundicias de su desnudez? La cadena de genocidios no se detiene. Como en Kosovo, como en Irak, como en Afganistán, ahora están masacrando al pueblo libio. Con el mismo discurso cínico de la “intervención humanitaria”: masacrar civiles para salvar civiles.

A pesar de la manipulación mediática, quedó claro que el fenómeno Libia es cualitativamente distinto al de Túnez y Egipto. Un país con el más alto Índice de Desarrollo Humano de África, con elevados indicadores en educación y salud. Con un PIB/per cápita de 12 000 dólares. No se trata aquí como en Túnez y Egipto (al igual que en Yemen, en Jordania y en la ocupada Bahréin) de masas hambrientas y desesperadas que se levantan desarmadas contra el autócrata marioneta del imperio.

En Libia, estamos delante una fractura en la cúpula dirigente. Un sector del bloque que apoyaba a Gadafi, el más derechista (basta ver como ondea la antigua bandera monárquica), que muy bien armado y con un diseño cuidadosamente preparado, se rebela contra otro sector que sigue apoyando a Gadafi. Los dos bandos en conflicto logran incorporar y movilizar a miembros de las clases populares. Pero es indudable, por el éxito vertiginoso de la contraofensiva de Gadafi, que es su bando el que cuenta con mayor apoyo popular.

Es en este momento, que el imperio interviene para evitar la derrota del bando que ha apoyado, financiado y abastecido con armamento. Una historia que se repite más de una vez en los anales del imperialismo, y que a los nicaragüenses nos resulta familiar porque es casi un calco de la intervención yanki que tumbó al presidente liberal José Santos Zelaya, e impuso al gobierno títere de cipayos conservadores. Los genocidas que siguen considerando honorables a carniceros como Bush W., Blair y Aznar, acusando a Gadafi de genocida. La flamante Corte Penal Internacional (en la que nos quiere meter la Unión Europea con la firma del llamado Acuerdo de Asociación Centroamérica-Unión Europea) que no ha movido un dedo para castigar los crímenes de lesa humanidad cometidos en Irak, Palestina y Afganistán, presto ha manifestado que está dispuesta a abrirle un juicio a Gadafi. Los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, como en los tiempos de los saqueos coloniales, sin inmutarse se han robado 200 mil millones de dólares que pertenecían al pueblo libio, y que estaban como depósitos en bancos y acciones en empresas ubicadas en territorio gringo y europeo. Un robo que se hizo diciendo que eran bienes que pertenecían a Gadafi.

Gadafi no es un santo de mi devoción. No me gusta su sinuoso pragmatismo político. Y menos esa astucia con anteojeras de sus últimas décadas que lo llevó a cometer un error que hoy paga caro: creer que abriéndose al neoliberalismo e invirtiendo en el Norte las reservas monetarias del petróleo (especulaciones financieras y alianzas con transnacionales, sobre todo europeas), haría que los poderes imperiales se olvidaran de su pasado revolucionario. Con todo, Gadafi no era una marioneta del imperio (si lo fuera, no lo estarían escogiendo como rata de experimento) y espero que tendrá la dignidad suficiente para resistir con firmeza la agresión. Lo que augura una guerra larga, devastadora y sangrienta. Y de consecuencias impredecibles para los pueblos árabes y el mundo.

Se ha afirmado y con razón, que detrás de la intervención militar está la voluntad imperial de controlar el petróleo libio. Pero me parece que además, dentro de las motivaciones hay dos cuestiones más de fondo. Una, utilizar Libia como plataforma para controlar de manera más efectiva la orientación de los movimientos populares emergentes en el mundo árabe. Dos, anunciarnos con claridad intimidante a los pueblos de la periferia, que son las reglas del juego de la fuerza bruta las que USA  y la Unión Europea están dispuestos a hacer prevalecer en el mundo.

El hecho de que Obama haya dictado la orden de bombardeo desde la oficina de la presidenta de Brasil, no fue un acto casual y va más allá de ser una vulgaridad petulante. Fue un ejercicio premeditado con propósitos de representar un mensaje simbólico dirigido a los latinoamericanos, desde el país más importante de América Latina, para anunciarnos que la masacre que hoy vemos en Libia, también se puede repetir en cualquier momento en cualquier país latinoamericano.

¡Qué asco! Me producen vómitos los señores que gobiernan los Estados Unidos y la Unión Europea. Supongo, sí, que la lista de demócratas coloniales nativos estará de fiesta y con manteles largos. Con mi amiga Sofía a la cabeza.