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El régimen de Kadafi, en su momento, representó un importante bastión de respaldo a la revolución mundial, fuese a movimientos genuinamente revolucionarios que luchaban contra brutales dictaduras militares por la democracia y el cambio social, como el FSLN, como a organizaciones que optaron por el terrorismo como método de lucha. El terrorismo, venga de regímenes que lo implementaron como política de estado contra los pueblos o de organizaciones que se reclamaban actuar en nombre de las masas, es igualmente abominable, ya no digamos ilegal e ilegítimo. Tras el derrumbe del socialismo y los cambios que se venían operando en el mundo, unipolaridad estratégica y multipolaridad económica, Kadafi convocó a muchos líderes revolucionarios a pensar o repensar la revolución mundial a la luz de un nuevo mundo que emergía y de una nueva correlación de fuerzas.

Fue un tiempo también de reflexión íntima, personal, sobre la impronta que dejaría como líder en la historia del pueblo libio. Con el tiempo también vimos un Kadafi haciendo o intentando hacer las paces con occidente, con las potencias coloniales y neocoloniales, abjuró del terrorismo, entregó a ciudadanos libios que habían volado aviones civiles bajo los cielos de Escocia y fue moderando su confrontación directa contra el poder hegemónico mundial, se sumó a la aplicación de medidas restrictivas de la migración del Magreb a Europa, etc.

Occidente, no sin recelo, fue tomando nota de esa hoja de nueva conducta, fijándose siempre en los recursos que encierra Libia, hoy más importantes que nunca ante la multiplicidad de factores que agudizan la crisis energética. Pero la historia da sorpresas y los errores políticos cobran un elevado y, a veces, trágico precio. La sublevación del mundo árabe, que ha tenido como característica lo generacional, lo tecnológico, contenidos valóricos y socioeconómicos, su corto tiempo, pero fundamentalmente su carácter pacífico, alcanzaría al “León de todas las Áfricas” como le llaman sus simpatizantes en occidente.

Es ante ello, que se ubica el gravísimo error que sin lugar a dudas, le está costando el poder (Libia no será más la de entonces).

Al cuestionamiento masivo y pacifico a su régimen, respondió con la más brutal de las represiones, nadie puede decir que ese cuestionamiento masivo y pacifico era obra del imperialismo, a riesgo de caer en el más despreciable irrespeto a un sentimiento y movimiento de carácter y envergadura nacional o, que ese movimiento exista sólo en un imaginario mundo virtual, contrató mercenarios (2 mil dólares diarios) para que no tuvieran el mínimo escrúpulo de asesinar a mansalva a la gente que transitaba por las calles. El cuestionamiento era, es, a un régimen de 42 años, con pretensiones dinásticas, que ciertamente había logrado importantes avances en el desarrollo de Libia, pero también con los signos de todo poder que pretende entronizarse, la corrupción creciente (se calcula en 22 mil millones de dólares los depósitos libios en el exterior, pero de ellos, es difícil diferenciar los que corresponden a la propia familia gobernante) y un proceso progresivo de restricción de los derechos y libertades democráticas. Esta represión brutal y cobarde empezó a cimbrar al régimen, a tener sus costos, un proceso de desgranamiento del gobierno y desmembramiento de las fuerzas armadas, contingentes enteros se pasaron con todo y sus recursos militares al lado de la rebelión y con ello, el carácter de aquella lucha escaló a la violencia y a la guerra civil.

Un estadista con la experiencia y estatura de Kadafi sabía, debía saber, que a un problema político se responde políticamente, una elemental regla de oro. Fue en ese momento cuando debió abrirse al diálogo político, a una mesa nacional de negociación para responder, en sus palabras, a “las demandas del pueblo libio”, a la búsqueda de una salida pacífica, de la cual talvez habría salido con mayor legitimidad. Tuvo que darse la intervención de la fuerza multinacional aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU, con una China socialista y una Rusia tan cercana en sus intereses al Medio Oriente, que renunciaron a su derecho a veto, la Liga Árabe apoyó también, el eufemismo interventivo de la creación de un escudo de exclusión aérea y someterse a la actual destrucción y mortandad para acceder a un diálogo con la oposición, que garantice “una transición pacífica a la democracia” como se lee en la Declaración de la Organización para la Unidad Africana (OUA), ahora también, respaldada por Liga Árabe.

Es lógico pensar el objetivo depredador de las potencias mundiales, pero ello no habría sucedido cuando en su momento el gobierno de Kadafi hubiera escuchado a su pueblo. Un estadista tiene el deber no sólo de proteger, escuchar y gobernar escuchando a su pueblo, sino saber poner por encima de sus interés de gobierno o partido los de la nación y país.

El levantamiento nacional del pueblo Nicaragüense contra Somoza dirigido por el FSLN y apoyado por la comunidad internacional fue fundamentalmente en tanto el carácter dictatorial y dinástico del régimen, la violación sistemática de los derechos y libertades fundamentales de nuestro pueblo, la corrupción y también ausencia de todo signo de equidad en la distribución de la riqueza.

De ahí, que la más importante de las herencias de la Revolución Popular Sandinista fue haber heredado un país sin dictadura. Pareciera que en las revoluciones del siglo XXI, surgidas del seno de los pueblos, sin necesidad de los grandes meta-relatos, hoy marchitos, florecen los mismo anhelos de justicia, pero también de libertad que han acompañado a la comunidad humana.

América Latina no ha sabido articular una propuesta de paz creativa, viable y legitima para la crisis Libia, mucho menos para la crisis general del mundo árabe; sin embargo, debe respaldar y promover activamente la propuesta de la OUA, hoy también respaldada por la Liga Árabe de un “cese al fuego, diálogo, negociación y transición pacífica a la democracia”.

Apostar a ello, es luchar para que cese el derramamiento de sangre, alcanzar la paz, una nueva unidad nacional, y un gobierno de todos y para todos. *Director Instituto “Martin Luther King”- Upoli.