Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Existen casos judiciales que para cualquier litigante resultan verdaderos hitos o mojones, puntos de referencia o “landmark cases”, como les denominan ingleses, australianos y norteamericanos, entre otros que ejercen la profesión legal bajo el sistema de la Ley Común.

En la práctica penal de nuestro modelo civilista, con la influencia de las escuelas penales italiana y alemana, entre otras, tenemos una miríada escalofriante de casos insólitos, algunos de los cuales he empezado a documentar y ordenar para una publicación compacta que nos motive a la reflexión, o a reírnos de nuestra tragedia. Cualquier parecido con casos, cosas, nombres o personas naturales o jurídicas es pura coincidencia.


1.- La coca del Caribe
Escuche en los pasillos judiciales la historia de una juez del Atlántico, que recibió la denuncia de una señora miskita que señalaba a su vecino como autor del delito de robo por haberle sustraído dos kilos de cocaína que guardaba bajo su cama.

El ladrón, para este propósito, quitó una tabla del piso de madera en la construcción sobre pilares.

La juez, muy diligente, levantó el auto cabeza de inicio del proceso y con éste, e iniciada la causa, tomó las declaraciones de la ofendida, del denunciado y de los testigos. También inspeccionó el lugar de los hechos y en uso de la sana crítica determinó por sentencia la existencia del cuerpo del delito, fulminando al vecino con un lujoso y seguro auto de formal prisión por robo, pues existió uso de la fuerza en la cosa, (el piso de la casa).

Cuando el asunto llegó ante el Tribunal de Apelaciones de la región, los magistrados anularon el proceso y arrastrando la causa en ambos efectos, sepultaron el expediente en la bóveda judicial junto al Santo Grial de la justicia.


2.- El premio mayor bajo arresto
Un treinta de febrero de mil novecientos noventa y pico, un joven comerciante capitalino del Mercado de Mayoreo compró a unos borrachitos dos cajas con cientos de paquetes de lotería La Raspadita. Al tratar de venderla entre los concesionarios o distribuidores fue capturado y acusado de robar las cajas de un vehículo en movimiento que las transportaba al Norte del país. El juez recibió el expediente policial y con la denuncia y las conclusiones, después del auto cabezas o auto de inicio del proceso, las declaraciones e inspecciones, el acusado pasó a la condición de reo cuando el juez lo fulminó con auto de prisión al encontrarlo culpable del delito de robo, pues para la sustracción de las Raspaditas desde del vehículo habían roto la carpa que cubría las cajas.

El asunto pasó al conocimiento del Tribunal de Jurados, el que valoró los hechos con la lectura rápida del expediente, oyendo sin escuchar la lectura, y cerrados los debates, con las intervenciones de la Fiscalía y la defensa, entraron a deliberar en un pequeño cuarto donde resolvieron con los dictados de su conciencia otorgar veredicto de inocencia o sobreseimiento a favor del reo. Éste al verse libre después de varios meses de cautiverio, pidió al juez la devolución de su lotería para cobrar los premios que podría tener y recuperar una parte del dinero invertido en tan mala compra, pero mayor fue su sorpresa cuando el juez dispuso que aunque él había sido encontrado inocente, se debía regresar a la Lotería Nacional lo robado.

El sorteo se corrió mientras el hombre se encontraba en prisión, y las cajas de lotería con los cientos de pedacitos quedaron en la bóveda de los juzgados con muchos premios pequeños y hasta el premio mayor en cautiverio, pues nunca se supo quién había sido el dichoso ganador de aquel sorteo mocho.


3.- El aire acondicionado
Un astuto y conocido abogado, político y ex candidato a la Presidencia de la República, rentó un local de oficinas a cinco bisoños abogados que se amontonaron para reducir su porción de la renta a doscientos córdobas mensuales.

Después de un tiempo sin pagar al arrendador y debiéndole por la renta y los servicios de agua, energía, teléfono y otros conceptos por “negocios jurídicos consultados al viejo”, decidieron abandonar el local sin pagar a su mecenas.

Sorprendidos en la huída, el viejo recurrió a sus conocimientos del Código Civil y aplicó sus derechos como arrendador del artículo 2835 de esa compilación, que le otorgaba privilegio de retención para el pago de la renta y demás cargas del arrendamiento sobre los muebles y utensilios de los arrendatarios existentes dentro de la cosa arrendada. Y bien enterado de su derecho, aseguró el local por dentro y por fuera, reteniendo también un aire acondicionado de ventana para obligar a los inquilinos a pagar.

Para sorpresa del arrendador y la memoria de los legisladores del Código, los bisoños recurrieron a la Policía, y con mejores artes y mañas rompieron cadenas y candados de afuera para quitar los muebles que aseguraban por dentro el local y sacar sus trastes, sin encontrar, por supuesto, el bendito aire acondicionado que el viejo retenía a mejor resguardo en otro lugar de la casa.

Los policías entraron al local violentado ante ellos por los pipiolos y dispusieron entre todos que el viejo se había robado el aire acondicionado y así armaron un expediente que enviaron a una joven y agraciada juez, que “en uso de una competencia que no tenía”, fulminó al arrendador con auto de segura y formal prisión por el delito de hurto agravado con abuso de confianza, pues esta vez, el viejo astuto cometió el error que nadie debe cometer: “Abusar de la confianza que se debe depositar en noveles abogados, policías y jueces sin experiencia”.

La úlcera del viejo sangraba del enojo cuando lo llevaron a prisión, y aunque un enjambre de médicos forenses recomendó su excarcelación para que no muriera de la arrechura, la juez prefirió renunciar al cargo que reconocer su error y ponerlo en libertad.

La libertad del candidito y la cancelación de la deuda de los bisoños es otra historia.