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Los jóvenes de nuestro tiempo manifiestan claramente en estudios recientes y bien  documentados que no les interesan los políticos, que les aburren, que no confían en  ellos, que en su vida personal juvenil tienen otras prioridades, otras opciones para  conseguir una existencia más plena y realizada.

Están convencidos de que a los políticos no les interesan sus problemas, no quieren en  el seno de sus partidos gente joven que pueda aportar ideas nuevas y renovadoras;  piensan que los políticos se acercan a ellos cuando llegan las elecciones, prometiéndoles  mil proyectos maravillosos, con el único fin de conseguir su voto, pero, en cuanto pasan  los comicios, ya no se acuerdan de sus propuestas y promesas.

Predomina el concepto de que la política va unida al poder, al dominio, al juego de los  pactos y conveniencias, al dinero. No es extraño que muchos jóvenes se sientan  desilusionados y perdidos, no se sienten identificados con los partidos políticos, a los  que acusan de jugar con sus votos. Valoran mucho más otras instituciones que a la clase  política, la cual ocupa el último lugar de sus preferencias, según el reciente informe  Juventud en España.

En el informe del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS), se habla de una  verdadera y preocupante “alienación política”, ya que los jóvenes piensan que la política  es un “ámbito ajeno a sus intereses y preocupaciones”, que les aburre y les irrita, que no  creen en ella, porque “no da soluciones”.

Para el 71% de los encuestados “los políticos buscan antes sus propios intereses o los de  su partido que el bien de los ciudadanos”. Asimismo, el 66,7% considera que los  gobernantes “anteponen los intereses de las multinacionales, los bancos y los grandes  grupos de presión a los de los ciudadanos”. Solo el 1% de los jóvenes opina que los  políticos tienen en cuenta sus ideas e inquietudes.

Muchos jóvenes piensan que los políticos buscan sólo su medro personal y asegurarse  un buen sueldo para el presente y para el futuro. Por otra parte, manifiestan algunos,  “muchos de estos líderes no tienen una preparación intelectual ni técnica adecuada para  dirigir al Estado, a la sociedad”, no trabajan lo necesario para mejorar la comunidad en  la que viven, los ha votado y les paga.

Los jóvenes piden a los políticos preparación, experiencia, dedicación, honradez, y  prefieren que en las filas de los partidos haya gente joven que pueda comprender mejor  sus problemas y darles solución. El político no debe olvidar que lleva sobre sus  hombros una gran carga que nunca puede tomar a la ligera.

No cabe duda de que la imagen negativa de los políticos que, día sí y día también, nos  ofrecen los medios de comunicación (enfrentamientos ridículos, descalificaciones  continuas, frecuentes casos de corrupción,  protagonismos egoístas, búsqueda ansiosa  del poder por encima de lo que sea, alejamiento de las bases…) incrementa el pasotismo  juvenil, su falta de compromiso político, su poca implicación participativa en la marcha  y gobierno de la sociedad, como lo demuestran las últimas encuestas y estadísticas, con  lo que esto implica de gravedad para el futuro de las democracias.

Hay jóvenes que sí creen en que los políticos pueden cambiar la sociedad, pueden  contribuir a forjar un mundo mejor. Hay un sector minoritario que se siente  representado por los partidos políticos y sus grupos juveniles, aunque afirman que hay  que cambiar muchas cosas.

No cabe duda de que hay jóvenes-ciudadanos que están pidiendo a gritos a los políticos  actitudes ejemplares: credibilidad, sinceridad, transparencia, honestidad, austeridad,  cercanía, preparación y trabajo riguroso.

La vuelta a la buena política es urgente y necesaria: va en ello el futuro de la   humanidad. “Es hora de aullar, de protestar, porque si nos dejamos llevar por los  poderes que nos gobiernan y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que  nos merecemos lo que tenemos… ¿Qué mundo es este que puede mandar máquinas y  artefactos a Marte y no hace nada para detener la muerte por hambre o sed de un ser  humano?”, decía José Saramago.

*Catedrático de Filosofía