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Llegué a Santo Domingo, Chontales, el 3 de enero de 2011, cargando una caja llena de las últimas revistas, una maleta de ropa, mi cámara y mi computadora. El viaje en el bus se hizo eterno. Yo me sentía repartidor de encomiendas y, con tantas cosas en mano, a la gente debí parecerle un nuevo buhonero en la ciudad.

Con la edición 78 estamos concluyendo todas las micro-historias de los diez municipios del Departamento de Chontales, labor que iniciamos con la edición No. 8 de mayo de 1999, dedicada a San Pedro de Lóvago; luego, continuamos en la edición 21, dedicada a Juigalpa; la edición 42 a Acoyapa; la edición 43 a Santo Tomás, Chontales; la edición 44 a La Libertad; la edición 55 a Villa Sandino; la edición 58 a Comalapa; la 59 a Cuapa; la 61 a El Coral, y concluimos hoy con la presente edición dedicada a Santo Domingo.

Muchas veces viajé en mi hoy anciana camioneta por la mayoría de caminos, trochas y carreteras de los pueblos de Chontales. Conocí a buenas personas, hice nuevos amigos y consolidé las viejas amistades; sobre todo, aprendí en estos 12 años a conocer su geografía y la idiosincrasia de su gente.

Los Chontaleños son particulares, y llevan vida propia, no les gusta estar en la planilla del Estado. Su atraso cultural es bien arraigado y los ha convertido en cuidadosos y extremadamente conservadores de sus valores, la familia, la forma de ser y su trabajo. A casi 500 años de la conquista y colonización de Nicaragua, sus formas de producción ganaderas y agrícolas son medievales; tal vez solamente el 1 ó 2% de los ganaderos están tecnificados, el resto, no entiende nada de proteger el Medio ambiente y todos los días rompe la frontera agrícola, a tal punto que están por llegar a las aguas del Atlántico.

Lo que han aprendido, rápidamente, es a mejorar los pastos por la escasez de agua, cada vez más acentuada. Son labriegos.

Los chontaleños han sido históricamente olvidados por los gobernantes; esto ha contribuido a convertir a gran parte de su gente en individuos recelosos y a otros en “indolentes”, a tal punto que yo creo que si los cronistas viajeros del siglo XIX, Thomas Belt y John Hill Wheeler, volvieran a recorrer sus caminos y pueblos, encontrarían la misma imagen de su indolencia descrita en sus crónicas y hallarían todavía a la “vaca echada”. Lo anterior también ha provocado grandes desórdenes en la propiedad y una acelerada enajenación de las mejores tierras de Chontales, que ya están o están pasando a manos de extranjeros; son propiedades como: San José de Los Gómez, en Acoyapa; Palo Ralo, en Morrito; Hato Grande, en Juigalpa; Nueva Guinea y Kukra Hill en la RAAS y la RAAN, que ya están en manos de italianos, guatemaltecos y salvadoreños. Se puede decir también que ya existe una “chontaleñización” de la zona Este de Nicaragua. De tierra arrasada para la ganadería.

El gobierno debiera de implementar una pronta y acelerada política de apoyo técnico y financiero a los productores y ganaderos de Chontales, y del país, para que sus tierras no caigan en manos de especuladores y extranjeros, pues: “el que vende su tierra a extranjeros, vende un pedazo de su patria y de su independencia”.

El gobierno tiene que ayudar a levantar a la “vaca echada” para que camine, aunque sea despacio, pero camine para delante y no para atrás. También debe implementar en todo Chontales un plan de recuperación forestal en las vedas de los ríos y lo alto de los cerros y montañas. Debe obligar a los hacendados a tener una cantidad de tierra en bosques. Hay que volver a ser realidad el cuento de hoy que los “ríos de Chontales son de leche y que las piedras son cuajadas”.

Ojalá miráramos en los próximos años a gran parte de las tierras de Chontales llenas de árboles frutales, tubérculos y productos perecederos, como las tierras del Departamento de Masaya o, ¿por qué no?, una total “masayización” del Departamento de Chontales, para que así, mi buen amigo, el maestro  Guillermo Rothschuh Tablada, mire andar a la vaca aunque sea de bajada.