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No pretendo esgrimir con la consecución de mis escritos un discurso ortegacentrista, porque claro estamos que después de Ortega ¡hay vida! Ni mucho menos alegar que dicho fenómeno fue creado forzosa o sobrenaturalmente por hechizos esotéricos de su señora. Esto surgió por la paciencia de una ambición familiar que tras consecutivas derrotas electorales, sabían que tarde o temprano emergerían como corcho hacia las estructuras podridas donde espontáneamente se funda la miseria moral.

En el año 2007 muchos magos de la política pronosticaban una recomposición moral del mandatario recién estrenado, concediéndole, como si se tratara de un sorteo y no una obligación nacional, el derecho a la duda sobre el manejo de la administración y las libertades públicas. “Pero gallo/gallina que come huevo, ni que le quemen el pico.”

De tal manera, reconsidero el valor de denuncia de este fenómeno inmoral, por la complejidad de una Nicaragua entretejida de un pasado y presente confuso donde el tiempo ha perdido el valor. “El pasado como una parte del presente. Quizás eso sea lógico, pues como muestra la historia de América Latina, el presente no es básicamente distinto del pasado, ni los problemas prescindiendo de su forma de presentación son muy diferentes que aquellos que trataron de solucionar nuestras personalidades históricas.” (Alba).

En la apertura de nuestro actual capítulo histórico nos ronda el fantasma del somocismo, reencarnado en un orteguismo con pretensiones vitalicias, que mediante la antigua voz del provincialismo intelectual demanda en el intertexto su proclama “Ortega Forever”.  Y es que “Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.” (Nietzsche).

Por lo antes planteado, no es de extrañarnos que el actual mandatario haya apoyado a su colega dictatorial Muamar el Gadafi en las masacres populares, ni que recientemente  presentara  como compañero de fórmula a un ex general en retiro (de las fuerzas todavía aún no represoras), cómplice por apoyar con su presencia la reelección inconstitucional.

Cabe destacar, que la institucionalidad de las fuerzas del orden público manoseadas por un poder familiar, que obedecen mediante los halagos y regalías recibidos en calidad de mercenarios, se trasforman por excelencia en órganos represores que han dejado facturas impagables en la memoria histórica del nicaragüense.

El mensaje es claro, frío y calculado en un ambiente “yoquepierdista”, donde nos suben el rango de la miseria, donde no se dirime la falta de operatividad que en cualquier estado moderno poseen las instituciones encargadas de frenar el abuso público.

Este año, lejos de ser una fiesta cívica es una ópera bufa orquestada por un actor ya despojado de su careta histórica de “revolucionario”, harto conocida en costosos anuncios, dejando en evidencia cuál es la tierra prometida que heredará a su nación. Donde la carestía de la vida junto a la miseria ascienden paralelamente a los actos de corrupción que llenan las cuentas privadas que patrocinan la conformación de una nueva dinastía, y pareciera que en Nicaragua: “Todo es del César, menos el pueblo.” (EMS).

*Poeta, narrador, ensayista y abogado.