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Que el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, acuda al rescate diplomático del dictador libio Muamar Gadafi, no es ninguna sorpresa.

Cuando Ortega volvió al gobierno, en enero de 2007, en el primer día nombró como su Secretario Privado, con rango ministerial, al libio Mohamed Lastar. Ahí está el Acuerdo Presidencial 13-2007, del 10 de enero de ese año, en La Gaceta, Diario Oficial.

Lastar, con origen en los servicios secretos de Gadafi, y que por influencia de Ortega recibió la ciudadanía nicaragüense, ha sido durante casi dos décadas el punto de contacto entre Ortega y Gadafi. Antes que Ortega volviera al gobierno, Lastar era como su sombra, viajando frecuentemente con él y haciendo los pagos de boletos aéreos, hoteles y desplazamientos, muy probablemente por cuenta del gobierno libio.

Y en algún momento apareció al frente de una empresa agropecuaria, con capital libio, en la parte norte del lago de Managua. Y se reporta que ha estado recientemente participando en negociaciones vinculadas con el creciente enjambre de empresas privadas del grupo Ortega, hoy por hoy probablemente el que maneja mayor liquidez en Nicaragua. Se trata de los nuevos ricos de Nicaragua, mientras la inmensa mayoría de sus partidarios permanecen en la pobreza.

Las relaciones de Ortega con Gadafi arrancan desde antes del triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, cuando Gadafi apoyó a los guerrilleros insurrectos con dinero, y al menos un  cargamento de armas. Y durante el primer gobierno de Ortega, en los años 80, Libia otorgó al gobierno sandinista un préstamo de $100 millones de dólares, muy grande entonces. Y durante los años que Ortega estuvo fuera del gobierno, visitó con frecuencia a Gadafi.

Cuando en febrero se inició la insurrección contra Gadafi, Ortega se solidarizó de inmediato con el dictador del país del norte de África. No debe sorprender, entonces, que ahora que aumenta el aislamiento internacional de Gadafi, al extremo que le han renunciado sus representantes ante la ONU en New York, Ortega en una confusa operación diplomática ha intentado acreditar como representante de Gadafi a quien fuera Ministro de Relaciones Exteriores del primer gobierno de Ortega, el padre Miguel D´Escoto Brockman.

Amistad aparte, la actitud de Ortega deriva de algo más profundo. Es su hostilidad con el mundo occidental, la cual se aprecia en sus discursos en que siempre está atacando al imperialismo norteamericano y al colonialismo europeo. Es la misma hostilidad que le llevó a ser de los pocos gobiernos del mundo en reconocer a Abjasia y Osetia del Sur, separadas a la fuerza de Georgia por el ejército ruso.

Ortega no es acompañada en su posición por la gran mayoría de los nicaragüenses, los cuales sufren del autoritarismo de Ortega. Es que Ortega también tiene profunda hostilidad a la democracia. Y con disgusto, tolera al mercado.

Estas veleidades, dizque revolucionarias de Ortega, las paga el pueblo de Nicaragua. Cada vez más países occidentales, cansados de Ortega, retiran su cooperación con este país, el segundo más pobre de América Latina. Y más pobre que cuando empezó este último gobierno de Ortega.

El caso de Holanda, que tan solidaria y desinteresadamente ha cooperado con Nicaragua, que anuncia el retiro de su cooperación, es el último resultado de la cruzada de Ortega para empobrecer más a los nicaragüenses.