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Ser o no ser

El orteguismo ha metido a la policía y al país entero en un atolladero, pero en particular a la policía, como se pudo constatar el 2 de abril con motivo de la marcha ciudadana. La famosa “ruta” de la marcha dejó en evidencia la pugna existente entre la jefatura de la policía y el rol de Lenín Cerna, ex jefe de la Seguridad del Estado en los 80 y actual jefe de organización del FSLN, pues es quien está detrás de la provocación de “acampar” en la plaza del fraude, punto de partida establecido por la UCD.  Las barreras policiales debían haber estado a la altura  del antiguo Sandy`s y sus bocacalles y en la desembocadura de la rotonda de Metrocentro, habiendo en ese trecho los metros suficientes de seguridad. Siendo así, ni la UCD tenía por qué variar su ruta ni tenía por qué haber chocado con la fementida “caminata por la paz y el amor” del  orteguismo, pues a las 9 de la mañana que se estaría concentrando la primera, la segunda estaría pasando a esa hora por la rotonda de Metrocentro hacia la de  Cristo Rey. Es obvio que la voluntad de Cerna era provocar un enfrentamiento y darle una paliza “disuasiva” a la ciudadanía anti-reeleccionista para lo cual necesitaba ocupar la esquina opuesta del Princess.  Impuso así una situación de facto a la Policía, que en lugar de desalojar a los provocadores, optó por presionar a la UCD para que cambiara de ruta y a la vez, someterse a los designios del antiguo capo de la seguridad. La actuación del capataz de Ortega, dejó en evidencia que hay de hecho un conflicto sobre quién conduce la policía: los mandos institucionales o la estructura paramilitar de Ortega conducida por Cerna. Los jefes policiales están en el dilema de “ser o no ser” como dijo Hamlet, pues deben escoger entre dos cosas contradictorias: el orteguismo o la legitimidad.

La medida de la marcha
Si de largo parecía, de cerca ya no quedan dudas. El miedo de Ortega y su mujer al desalojo del poder es tan grande como la magnitud del operativo policial para detener la marcha ciudadana y el descomunal gasto realizado a expensas de nuestros impuestos para financiar la falsa caminata del régimen.   Si uno toma en cuenta que el Estado prácticamente no trabajó durante una semana preparando a todo vapor la contramarcha, que bloquearon durante tres días el acceso al centro de Managua, que gastaron miles de dólares en anuncios televisados, que obligaron a participar a la casi totalidad  de los trabajadores públicos y que a la procesión de ministros, diputados, jueces y funcionarios de todo pelo, alcaldías y organizaciones parapartidarias, tuvieron que sumar barrios, cerrar escuelas, colegios y universidades y prometer el  regalo de notas, becas y rifas de lap top a cuanto chavalo participara, así como dar  estipendios, comida, transporte y gasolina regalada, el costo puede andar flojamente por el millón de dólares. Eso sin meter los costos de contratar el 70% de la flota del transporte colectivo, 4 mil taxis de Managua y 900 rutas interlocales, contra 120 buses contratados por la UCD y de los cuales sólo pudieron ingresar a Managua 50 por todos los bloqueos ya conocidos y que terminaron paralizando todo el país y la actividad económica. Entonces se puede justipreciar la marcha ciudadana del 2 de abril: la reacción desmesurada, el miedo pantagruélico de Ortega y el carnaval de abusos dan la verdadera medida del éxito.

Desobediencia civil
Lo que se manifestó el 2 de abril es el primer gran acto de desobediencia civil y de desafío al poder, así como la pérdida de autoridad de la Policía, que ha pagado un enorme costo político e institucional al mentir públicamente sobre el permiso previo de la marcha orteguista. Los mandos policiales no deben confundir el poder con la autoridad, puesto que son opuestos. El poder es cuando una voluntad se impone a otra por la fuerza, mientras que la autoridad está vinculada a la legitimidad y calidad de una institución o persona, por lo cual provoca respeto.   El mérito y la admiración de parte de los ciudadanos es la base del respeto a la autoridad cuando actúa de manera legítima, justa y digna, que consigue así la aceptación y obediencia voluntaria.

Ortega tiene el poder, pero no tiene autoridad. La Policía al plegarse a la arbitrariedad perdió la autoridad y se convirtió en mero mecanismo del poder. Por eso es que la gente le gritaba: ”¡La policía es nacional, no es de Ortega!”. El alegato utilitarista de “el máximo bienestar para el máximo número” usado por la Comisionada Aminta Granera de que impidió la marcha para evitar “un baño de sangre” no solo es una burla, sino que busca justificar el acto inmoral del abuso y obviar el incumplimiento de su deber.

Por eso le gritaron “traidora, traidora, traidora”, retirándole el respeto a la Policía y a sus vallas por su deslealtad a la Constitución, cuyo libro le restregaron en la cara. ¿Volverá por sus fueros institucionales la jefatura policial o profundizará su desgaste? ¿Cuál es su próximo paso?  ¿Organizar nuevas  “Brigadas Especiales contra Ataques Terroristas” (BECAT) para patrullar las calles como hizo Somoza e impedir que cualquier grupo de chavalos insumisos cuelguen mantas en un puente?

Cobardía, paramilitarismo y TICs
La bancarrota política del orteguismo se puede medir entre otros indicadores, por el tensionamiento al máximo de las fuerzas policiales y por la ridícula “vivarachada” de ponerle a la manifestación ciudadana un primer bloque de contención compuesto por mujeres del personal administrativo policial y estudiantes de la academia. El “enfoque de género” buscaba como ganar chayopuntos en la puja de las Comisionadas por permanecer en sus cargos o aspirar a ser parte del alto mando, pero también para obligar a la autocontención de los varones insumisos.  Fue un acto de cobardía de los jefes policiales, poner a señoras y jóvenes de uniforme como carne de cañón, así como destinar los antimotines a los ciudadanos en la segunda valla, en vez de enviarlos a la pendenciera contramarcha del gobierno. Los paramilitares de Lenin Cerna se dieron el lujo de andar en grandes pandillas motorizadas a los que daban vía libre y a los que se podía ver con walkie-talkies, seguramente para coordinar la persecución a los manifestantes tal y como hicieron en la concentración de protesta en la esquina del Princess tras el fraude electoral del 2008.También andaban vestidos de paisano pidiendo identificación a los transeúntes y tomando fotos a los marchistas, igual hacía la policía de uniforme. La gente a su vez sacó sus celulares y tomó fotos de unos y de otros fiscalizando la arbitrariedad. ¿Qué para qué sirve un celular? En manos de la ciudadanía, para  observar a los vampiros del orteguismo a la luz del sol. Si no me creen, den una vuelta por facebook y youtube.