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En su libro, “Del Estado Conquistador al Estado Nación: de la resignación a la ciudadanía”, Andrés Pérez-Baltodano, interpreta el impacto político de la visión providencialista que domina la cultura política nicaragüense.

Devela el impedimento que el providencialismo ha representado para la generación de conciencia ciudadana. Demuestra la persistencia en una cosmovisión religiosa providencialista, dando lugar a una cultura política pragmático-resignada, antepuesta a la razón y la modernidad.

Según Pérez Baltodano, continúa vigente en grandes sectores ciudadanos y políticos, el paradigma religioso medieval que destina al ser humano un papel pasivo, obediente y sumiso a la voluntad de la divina providencia.

Por eso, a veces vemos expresiones como: “La oración salvará a Nicaragua".

El providencialismo tradicional inculcado por las enseñanzas de la Iglesia Católica tienen su cuota de responsabilidad histórica en el fracaso del proyecto nacional en Nicaragua. No es casual la correlación directa entre providencialismo, autoritarismo, carácter sumiso, dependencia y empobrecimiento generalizado.

Podemos asumir que la religión, como se enseña, ha sido responsable, en cierto sentido, porque ha inculcado el hábito de resignación y ha impedido el progreso moral de la sociedad nicaragüense, al forjar un sentimiento de “impotencia aprendida o enseñada”, que resulta en culpable indolencia, bajo el orden jerárquico, bienhechor-paternalista, con lo cual se ha inhibido la iniciativa y el criterio independiente con el que los ciudadanos alcancen participar como iguales, así como se ha reducido, como ante una escalafón religiosa, la visión y capacidad de la sociedad, para participar activamente en la acción del Estado y controlar el poder de los gobernantes.

Una visión paralela a la de Pérez Baltodano de la relación; iglesia-Estado, pueblo-religión, tradiciones, procesos políticos, hábitos y costumbres formados por generaciones y que han terminado modelando el carácter de los pueblos, de la conquista a nuestros días, han sostenido, en diferentes épocas, diferentes autores y analistas del atraso del proceso ciudadano en América latina, la pobreza de los pueblos y el autoritarismo dictatorial. Uno de esos autores fue el argentino, José Ignacio García Hamilton, autor de “El autoritarismo hispanoamericano y la improductividad” y “Por qué crecen los países”.

Según García Hamilton, quien se refiere también a la influencia de la iglesia en la resignación ciudadana, hay elementos, propios de los países de tradición católica en cuyos procesos políticos intervienen representativos religiosos, que los distingue de las sociedades protestantes, como por ejemplo, la aceptación o tolerancia colectiva de la corrupción y el abuso en el gobierno, que no suele registrarse en las comunidades de origen puritano.

Es a partir de cuando comienza a rodar nuestra historia, con la fusión de cultos y dogmatismos, de conquistadores y conquistados, caciques y caudillos, supersticiones y religiones, que la nueva raza formó una  mentalidad, hábitos y costumbres, que nos diferencian de otros pueblos y crearon la particularidad nicaragüense. De ahí la valides del Cardenal sentado en la tarima. No es la iglesia, pero es una apariencia de la iglesia. De ahí la importancia de las tejas de zinc.

Providencialismo, hábitos, mentalidad, costumbres sociales torcidas, carácter que debemos cambiar. La herencia cultural es el peso que arrastramos y por el que pagamos un precio bastante alto.

Nuestra circunstancia, es como dijo Jorge Luis Borges: “El hombre se confunde gradualmente con la forma de su destino; un hombre es a la larga sus circunstancias”, y nuestras circunstancias, son las que a diario vivimos en Nicaragua y hacen que estemos como estamos porque somos como somos.