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“Los matáis y los echáis
en fosas comunes.
Que no quede vivo ni uno,
¡ni siquiera uno!”(*)
Elena Ceauşescu

 

El conflicto en Libia surge como una lucha abierta por el poder. La crisis radica en que la forma de gobierno personal, absolutista de Gadafi, se ha vuelto inestable, y ha creado un vacío de poder. Esta dictadura, ahora, es cuestionada por todas las clases y estamentos sociales de Libia; básicamente, por el desgaste que produce en los estratos productivos de la población la prolongada falta de perspectivas de desarrollo nacional independiente.

El régimen de Gadafi, toma el culto a la personalidad como punto de partida para construir desde lo alto hasta el más bajo peldaño de la estructura estatal un orden vertical de lealtades serviles, compensadas con jugosos privilegios. A contramarcha de la historia, ha impuesto por la fuerza su función parasitaria, y sin sustento ideológico en el sistema económico, pretende hacerla hereditaria, como una enfermedad genética en las células germinales de la sociedad.

No obstante, aunque la caída del régimen corrupto de Libia termine como el de Rumanía, con un juicio militar al depuesto dictador, esta declinación no encierra la misma relevancia ideológica del final del último sistema stalinista de Europa. El fin de Gadafi, para sus aliados europeos, es ideológicamente insignificante, no sirve más que para acallar la recriminación de los ciudadanos, por una relación de rapiña compartida - demasiado evidente - con un tirano criminal (valga la redundancia).

Durante esta crisis extrema en Libia, el apoyo fundamental al régimen dictatorial de Gadafi reside únicamente en fuerzas paramilitares mercenarias. Por ello, centrado en el objetivo exclusivo de mantenerse en el poder, al borde del precipicio Gadafi cree, como Elena Ceauşescu, que la única acción lógica para contener su caída sea acumular al pie de su balcón una montaña de rebeldes masacrados.

Entontecido por 42 años de poder omnímodo, el dictador es incapaz de un análisis de las tendencias sociales que determinan la evolución de la situación política en Libia. Su vanidad personal le veda la flexibilidad elemental de la maniobra táctica, y no es capaz de distinguir los cambios en la correlación de fuerzas, ni de diseñar alianzas, que de forma dinámica aíslen a sus adversarios más radicales. No tiene, tampoco, la habilidad de promover aquellos cambios políticos que le permitan conservar un poder indirecto.

Así, cualquier estudiante de ciencias sociales le miraría con desprecio, como un simple genocida dominado por la molicie y la crueldad. Gadafi, sin otra política que la supremacía bélica sobre las fuerzas sociales, ha facilitado a las grandes potencias (sus aliados naturales, en la expoliación de las riquezas de Libia) que lo aíslen jurídicamente en el orden nacional e internacional.
El arte diplomático de las grandes potencias, refinado por siglos de engaño ideológico, encubre con banderas humanitarias fines de dominación y de control. Gadafi ya no es más el régimen adecuado de dominación de las grandes potencias en Libia, y éstas, desde la ONU, intentan efectuar el recambio que conviene a sus intereses.

La resolución 9073 de la ONU, más que ilegítima, es una intervención colonial, opresiva que, obviamente, violenta la soberanía de Libia, aprovechando el vacío de poder, propio de una guerra civil. Es una contradicción manifiesta, asumir un rol hegemónico sobre un Estado del tercer mundo, y afirmar que se respeta su soberanía. Una guerra civil contra un dictador fantoche, lleva en ciernes el nuevo poder político que encarna a la nación. La soberanía radica en el poder político aceptado por el pueblo, no en el gobierno virtual sostenido por una organización militar supranacional.

El Consejo de Seguridad, mediante la resolución 9073, autorizó a los estados miembros, a título nacional o mediante la cooperación con organizaciones regionales, a adoptar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles que estén bajo amenaza de ataque en Libia.

Los civiles no son cosas que proteger, son ciudadanos en grado de darse su propio gobierno, y de luchar abiertamente por ello. Cuyos intereses no coinciden, ni antes ni ahora, con los intereses europeos. Menos ahora, que el pueblo libio, en busca de sus derechos, se rebela contra la dictadura que estos Estados, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, apoyaban (Estados Unidos, Inglaterra, Francia).

La resolución ordena hacer cumplir la prohibición de todos los vuelos en el espacio aéreo de Libia. Lo que, a su entender, constituye un paso decisivo para el cese de las hostilidades. Así mismo, exige que se garantice la estricta aplicación del embargo de armas, y se impida el suministro de personal mercenario armado.

¿Según cuáles intereses la NATO interfiere en la guerra civil?
Europa no tiene una política exterior unitaria, de modo, que en Libia, con la resolución de la ONU, diseña simplemente acciones militares represivas básicas, para restringir el poder militar aéreo de Gadafi, asegurándose el rol de gendarme del Mar Mediterráneo.

Esta resolución declara que la situación en Libia representa una amenaza para la paz y la seguridad internacional. De manera, que el Secretario General, el 16 de marzo de 2011, llama a cesar el fuego inmediatamente y a poner fin completamente a la violencia y a los ataques contra civiles.

En Afganistán e Irak, así como en Palestina, ¿no hay una amenaza contra la paz y la seguridad internacional? ¿Por qué el Secretario General no llama a que cese el fuego en Palestina, Afganistán e Irak?
Conforme al derecho internacional ¿qué hacen los Estados Unidos en Irak y Afganistán?

Líderes y representantes de la Unión Europea y de la Liga Árabe se han reunido el 19 de marzo de 2011, en el Palacio del Elíseo, para definir la estrategia diplomática y militar, a fin de definir una solución a la crisis que responda a las demandas legítimas del pueblo libio.

¿El método y la solución de la guerra civil en Libia debe darse cómo y cuándo lo determine la ONU? ¿Qué gobierno de la NATO sabe más que el propio pueblo libio insurrecto, sobre la solución que responde a las demandas legítimas del pueblo libio?
La guerra civil no es una controversia internacional. Europa ha armado y fortalecido una tiranía. Los derechos humanos, en la guerra civil, están vinculados al triunfo de quienes luchan contra esa tiranía, hija de Europa.

La resolución 9073 de la ONU trata a Libia como colonia compartida por Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Desconoce al gobierno de Gadafi, es más, lo ataca de genocida, pero, de forma incomprensible, no se decide a apoyar y a reconocer a las fuerzas insurrectas.

Militarmente hay un vacío estratégico incoherente, si la ONU impone una zona de exclusión de vuelos a la aviación militar de Gadafi (que lleva a las grandes potencias a bombardear con cohetes Tomahowk los hangares, los radares y la artillería antiaérea libia), sin imponer, a su vez, una zona de exclusión a la marcha de la infantería mercenaria tras la artillería móvil de lanzamiento múltiple de 40 misiles Grad en 20 segundos, de 122 mm, armados con alto explosivo de fragmentación, cabeza incendiaria y componente químicos, con un alcance de 30 kilómetros. Con lo cual, Gadafi bombardea a su antojo las ciudades capturadas por las fuerzas rebeldes, reducidas a una defensa pasiva, estática, ante la amenaza mercenaria de pasar a cuchillo a la población.
La intervención coherente en la guerra libia debería llevar al derrocamiento inmediato del régimen de Gadafi. Salvo que en lugar de apoyar la lucha del pueblo por sus derechos, el objetivo militar de la intervención de las grandes potencias sea el de regular a discreción los tiempos y los alcances de la guerra, para condicionar a ambas partes a aceptar acuerdos sobre un modelo de gobierno diseñado por Estados Unidos y Europa (del cual no haría parte Gadafi).

Por respeto a los derechos humanos, Europa debería regresar al pueblo libio el dinero por las armas vendidas a Gadafi (que ahora ellos mismos destruyen en las razzia aéreas). Anular todos los contratos petroleros firmados con el dictador, y hacerse cargo de los refugiados que produce el conflicto.

En lugar de la resolución de la ONU, cargada de visión colonial, las fuerzas progresistas del mundo deberían colaborar con el triunfo de la insurrección, declararle la guerra a Gadafi, y someterse a la conducción política y militar del pueblo insurrecto.

Desafortunadamente, las fuerzas insurrectas en Libia carecen de organización, de logística y, sobre todo, de independencia política frente a los grupos proimperialistas (compuesto por militares y exfuncionarios del gobierno de Gadafi), que se han constituido en gobierno de transición.

No obstante, vencido Gadafi, el pueblo armado debe convocar a una Asamblea Constituyente que cree el marco legal necesario para adelantar las transformaciones democráticas que respondan a las demandas de los obreros y campesinos de Libia.

*Ingeniero Eléctrico

(*) Órdenes de Elena a la policía, para frenar las manifestaciones en Bucarest, el 22 de diciembre de 1989. Tres días antes que los Ceauşescu fuesen capturados mientras huían en helicóptero, e inmediatamente enjuiciados y ejecutados por miembros del ejército rebelde de salvación nacional.